“No existe, entre las profesiones modernas, un poder de seducción superior al que tienen los cantantes”. Con esas palabras Héctor Abad recrea su relato sobre Juanes. Y lo dice para explicar, no sólo el trivial encanto que despierta en las mujeres, sino también para exponer cómo su deseo por la hermandad de los pueblos lo llevó a organizar el concierto por la paz en Cuba, al que asistieron más de un millón de personas y por el que Washington y La Habana armonizaron por un momento: un hito que sólo logró la música.
Por su parte, la periodista Diana María Pachón nos introduce al mundo “traqueto” y “mañé” que rodea la piedra más preciosa del país: la esmeralda. Su relato, acompasado y detallista, permite evidenciar la maldición que encierran estas gemas nacionales. Así narra una escena de Víctor Carranza, el zar de las esmeraldas: “Sus 73 años no son ningún impedimento para que mueva las caderas al ritmo de la música, agite su sombrero de un lado para otro y flexione las rodillas hasta quedar en cuclillas. Su pareja aplaude, sus divas lo alaban y rodean. Él es el rey y todo el mundo le respeta su corona”.
De otro lado, Francisco Santos, testigo en primera fila del histórico 5-0 contra la selección argentina, cuenta cómo fue el antes, durante y después del episodio. El relato deja ver la tensión y la impotencia de los 1.500 colombianos asistentes ese 5 de septiembre del 93 al estadio Monumental de River. Uno de ellos era el entonces senador Samuel Moreno Rojas, que le confesó a Santos la frustración más grande de su vida: “Tener que tragarse el alma por no poder gritar ninguno de los cinco goles que metió Colombia”. A esas alturas todos sabemos que la mayor frustración del exalcalde no es precisamente deportiva.
El tema gastronómico no escapa al nacionalismo. Por eso el antropólogo Julián Estrada recrea la historia de la arepa, pues para él —a quien podría acuñársele el título de historiador gastronómico— “la cocina colombiana es como la guerrilla, todo el mundo sabe que existe, pero nadie sabe dónde se encuentra”.
Con un tono ensayístico, colorido y folclórico, Alberto Salcedo Ramos habla de la parranda. Su relato parece una puya loca que se distorsiona, poco a poco, en un melancólico paseo cuando relaciona el jolgorio con la muerte. Dice el maestro: “El parrandero conoce mejor que nadie sus propios límites. Sabe que, como bien lo anota el viejo proverbio español, ‘cada hora nos hiere y la última nos mata’. Por eso, no aspira a inmortalizarse sino tan solo a ser eterno mientras dura la parranda”.
Un personaje infaltable en esta compilación es el dueño de Conchita, el rostro del café más famoso del mundo, Carlos Castañeda o mejor dicho, Juan Valdez. Él es desmenuzado por la pluma de Marta Orrantia. La escritora y periodista cuenta cómo este ícono es obligado a moverse desde la sencillez de su condición hasta la exuberancia que le impone las grandes fiestas y los eventos internacionales de los países ricos, en donde se toman a Colombia en pequeñas tazas.
Otro relato nutrido en detalles y datos, que confirma a la crónica como un género informativo, es el de Simón Posada. El periodista narra el impacto de Betty la Fea, si acaso, la figura más importante de la historia de la televisión colombiana. Por el periodista nos enteramos de que el presidente Andrés Pastrana, Gustavo Bell Lemus, su entonces vicepresidente, y Carlos Ardila Lülle, propietario del Canal RCN, llamaron a Fernando Gaitán, el creador de Betty para evitar que la fea cometiera un delito. Una frase de la actriz Celmira Luzardo condensa lo que significó ese fenómeno mediático que llegó a permear las esferas políticas colombianas: “¡Cómo estará de mal el país que tiene que buscar la reivindicación en los personajes de la ficción!”.
Una amistad histórica también engalana estas páginas. El reconocido periodista Plinio Apuleyo Mendoza cuenta cómo tejió su relación con el Nobel de literatura colombiano, su compañero de copas, de disertaciones y con quien escribió a cuatro manos un libro, El olor de la guayaba, que fue traducido a más de 15 idiomas.
Y como si esta galería de milagros y personajes benditos fuera escasa, en Dios es Colombiano también hay espacio para los héroes del balompié. Se trata de una crónica de alto vuelo narrativo, de esas que cuestan días y meses enteros: el escrito que Sergio Álvarez le dedica a Carlos El Pibe Valderrama, el futbolista más querido por todos los colombianos. La pluma natural, pero eficaz de Álvarez exhibe joyas como esta: “Empieza el partido, el Pibe grita, exige esfuerzo, da órdenes, Franklin corre en busca del arco contrario, Deibis defiende y los otros corren, marcan, dan codazos, meten pierna y ruedan por el suelo como si en los partidos jugados en aquella estrecha calle se decidiera el destino del mundo. La bola de caucho va y viene, salta, rueda, se deja llevar con armonía y cariño o huye intransigente si alguien chambonea y le pega con más rabia que talento. Es caprichosa aquella bola, no le teme a nada, pero es esquiva, no entra tan fácil en la portería contraria y se muestra silenciosa e indiferente cuando alguien, por fin, consigue un gol”.