Roma. Marzo 16 de 1978. En un cruento asalto, las Brigadas Rojas secuestran a Aldo Moro, presidente del Partido Democracia Cristiana. Los cinco escoltas mueren en el acto. Italia queda en vilo. Y el estado de zozobra no parará, aun después de los 55 días de cautiverio que conducirán al fatídico desenlace del dirigente político.
Acaso este acontecimiento aún refulja en la historia política reciente de Italia. Pero es en el despliegue de Leonardo Sciascia, a medio camino entre novela y periodismo, cuando asistimos a un vívido hecho literario que siembra preguntas que no tienen una respuesta definitiva: ¿Puede y debe un Estado de Derecho negociar con grupos subversivos para intercambiar prisioneros?
Cruzando hilo a hilo, a modo de trenza, Sciascia se apoya en el recuento cronológico, el informe de investigación presentado por la comisión parlamentaria y el análisis de las cartas escritas por Moro durante su cautiverio, para reconstruirnos la figura de un hombre que vivió por y en el poder durante 30 años y que, en su última vicisitud de prisionero político, ve como este le vuelve la espalda. Es precisamente ese flujo de cartas, hecho público con el consentimiento de las Brigadas Rojas, el elemento que puntúa el ritmo de toda la historia. Allí el Moro lúcido y calculador. El político católico agudo, capaz de poner lo nuevo al servicio de las reglas antiguas. Pero allí, también, el Moro que poco a poco se derrumba ante el abandono y la inminencia de su asesinato. Dice Sciascia: “No creo que lo alegrara nunca el poder. Lo amó, pero también sufrió por él. Ser el mejor y tener que despreciar a los demás quizá le daba la medida cristiana de su miseria. Y esto era lo que lo diferenciaba de los demás, y la razón por la que entre todos, y en cierto sentido por ellos, fue elegido para morir”.
Las cartas, repito, ritman la historia. Y, a la vez, es en la lectura detenida de ellas donde Sciascia se nos presenta como el lúcido y singular periodista de la posguerra que es. Su capacidad para desdoblarse en el otro y para captar los signos al vuelo, dibujan la intensa desesperación de un poderoso político que ve cómo su clamor por el canje se ahoga entre las discrepancias internas de las Brigadas Rojas, la cerrazón del Congreso, en cabeza de Andreotti, y el tímido y tardío intento de la Santa Sede por una negociación.
A medida que avanza, Sciascia sortea con tino el mínimo margen de libertad que Moro se juega en sus cartas; es allí donde el libro cobra toda la agudeza: no indagar por la literalidad de los pronunciamientos, antes bien, desentrañar lo no evidente de lo dicho. En lugar de interpretaciones apuradas, la incisiva atención a las “contradicciones” y los “sin sentidos” en el lenguaje taimado de Moro, que ya daba indicios de su lugar de cautiverio y de la tensión y nerviosismo de sus captores.
En el límite, la verdadera paradoja y desconcierto vendrá por donde menos se le espera. Muy a tono con la coherencia de los partidos políticos actuales, los copartidarios y viejos amigos de Moro harán viso de su “comunión cristiana” para anular la voz de su otrora líder: trocando los llamados al canje en delirios y enajenación de prisionero político. Quizás, a modo de cierre, sea este el momento definitivo aprehendido por Sciascia para mostrarnos una humana verdad: Moro no fue más que un objeto de relevos en el aberrante y feroz periplo del poder.
Leonardo Sciascia
Tusquets,2010
186 págs. $ 56.000