¿A dónde va uno cuando no se quiere estar en ninguna parte? era la pregunta que constantemente se hacía Pauleth Domínguez fuera donde fuera. El suicidio fue una idea que se le presentó de forma tentativa en más de una oportunidad, pero Pauleth le temía a la muerte con la misma intensidad con que le temía a la vida, después de todo, nadie podía garantizarle que estando muerta realmente pudiera encontrar la paz mental que estaba buscando. Entonces, si debía de escoger entre alguna de las dos, prefería vivir, aunque fuera arrastrando la vida fuera de la cama todos los días, arrastrándola para meterse a la ducha, para vestirse, para comer, para trabajar. Pauleth no vivía, Pauleth sobrevivía al mundo, a todos y a sí misma.
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Se sentía un cliché de su generación, demonios mentales, andar con un par de pesos en el bolsillo porque su trabajo de periodista vende clics no le daba para más, la asfixia de pagar la renta y la certeza de nunca poder conseguir un sitio propio, la presión social, los amores mentirosos sin responsabilidad afectiva, los sueños desvanecidos, la voluntad decaída. Simplemente la rutina de despertarse, arrastrar la vida, dormir y despertarse para seguir arrastrando la vida.
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Pauleth solo encontraba la paz cuando dormía, en ese corto periodo de tiempo durante la ausencia de la vida consciente, encontraba lo que buscaba: no sentir absolutamente nada, ni bueno, ni malo, la nada; como si no se existiera, como si se soltara un gran peso con el que se ha vivido mucho tiempo maltratando con su carga los hombros, los brazos, las piernas, un peso que dobló el cuerpo, que lo hinchó, que se le abrazó como una giba. De repente, en la ilusión de que se apaga la vida con el sueño, ese peso desaparece, ese peso ya no se siente, se quedó en la nada; pero el despertador con su ruido estridente, por más melodioso que sea el timbre, el solo sonar con el objetivo de despertar al cuerpo y la mente, lo hace un ruido chirriante y casi mortal que lo convulsiona todo. Y ahí se empieza otra vez, el peso vuelve, vuelve recargado, se aferra al torso como un chaleco de púas que lo penetra todo y no queda más que arrastrar la vida.
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