“¿Cómo sería posible que la infidelidad de la mujer deje de estar cargada de dilemas, de culpas, vergüenzas y castigos condenándola a ser criminal de la sociedad?
Tocaría crear otro planeta”.
Primero estuvieron los sentidos, luego los sentimientos, y más luego aún la novela de las magnolias. Se detuvo la frialdad del clima tras la desaparición de los segundos, la calle se hizo silenciosa y la existencia se concentró en la vista. No, no era una visión que se disfrazara de pesadilla, no, no era una equivocación, ni era una ficción, no, aún no.
“Yo creo en la literatura, es lo principal en lo que creo, en la capacidad que tiene de mostrar lo que no se quiere ver, lo que los demás no quieren ver, y creo que la literatura es mágica porque va más allá de todos los conocimientos y es capaz de hacer visible lo más hondo del ser humano, que otras formas de conocer no podrían. Pero también creo en el amor”.
Ella, sin nombre, los vio, quiso dudar, volvió a mirar, ¿eran ellos dos?, segurísimo que eran ellos dos. Seguía ahí, pas-ma-da. ¿Qué hago? La respuesta no podía ser “nada”. Entró. El corazón marchó cada vez más rápido. Los pasos, de la entrada a la mesa más lejana, duraron una eternidad para ese corazón apresurado. Se sentó, me imagino que temblaba. Confundida, preocupada, la desesperación se adueñó de ella: trepó desde lo más bajo de sus pies hasta lo más profundo de su pensée.
En el lugar desde donde los veía tampoco la veían, ellos en su rollo, ¿cuál rollo? Ni se percataron de ella. Los vio otra vez, por si las dudas, sí, eran ellos, seguía viéndolos, no dejaba de hacerlo, sus ojos se imposibilitaron a sí mismos de mirar a otra parte, se alteró más, pidió café, pidió vino, contradictorio, ¿no?, a lo mejor sentía un gozo de estar así, a lo mejor creía que luego abriría la puerta de escapatoria a ese sinfín de mentiras.
Nada cambió, salvo que el instante cobró más fuerza, lo sabía porque se eternizó la intensidad del momento en su memoria, y así, de a poco, creció su necesidad de despojarse. Confundió sabores al unísono con la confusión mental entre la preocupación devenida en desesperación.
Había un revoltijo en la mesa y en sus papilas gustativas, servilletas, un pocillo, una copa, blablismo; un revoltijo en su cabeza y en sus palpitares, suposiciones, nerviosismo, miedo, blablismo. Echó azúcar. Se calmó un poco. Emprendió un viaje hacia adentro.
Ella desde siempre había estado encerrada en la idea de necesitar un amor para sobrevivir, pero, todavía confundida, no sabía entender si fue una imposición cultural la que la encerró o si fue su propio deseo, sólo entendía su necesidad de enamorarse, enamorarse hasta el fin, hasta que murieran todas las muertes que soportó de su propia vida y que seguiría soportando, eso era: muriendo, siempre muriendo, pero amando.
“El amor tiene esa pequeña fuerza que, aunque no puede salvar a la gente de la muerte, la salva de las pequeñas muertes que se van dando a lo largo de la vida”.
Tuvo un instante de lucidez, ¿cuándo? ¿Sentada allí? ¿Quizás después de haberse ido? Pero ¿se fue de ese café sin problema? ¿Escapó a la quietud del tiempo? El tiempo había desaparecido, sí, pero hubo lucidez: quería contar, sí, contar para descubrir, como la literatura, curiosa, como la literatura, esa que al igual que la mujer ha sido censurada, quemada y mal juzgada desde que las palabras existen, ¿por qué? Si, como la magnífica Simone de Beauvoir dice, no se nace mujer, se hace. En fin, eso era, sí, contar para volverse literatura, para despojarse del miedo a ser descubierta, para ¿entender?
“Literatura es una forma de conocimiento que tiene la habilidad de buscar entre lo racional, lo irracional, lo consciente, lo inconsciente, en todas las diferentes frecuencias del ser humano, en su pensamiento mágico, en su pensamiento moral, en todo, y es capaz de iluminar lo que no vemos, es capaz de contarnos eso que culturalmente queremos evitar y de mostrarnos las verdades de cada época, de cada ser”.
Quería entender lo que vivió. Cómo llegó a esa situación, por qué se dejó arrastrar a ella o por qué se arrastró a ella. Quería descubrir qué más preguntas hacerse para encaminarse, entender por completo, sólo así iba a sanar, ¿qué? Sólo sanar la preocupación. Entonces las coincidencias en el mismo tiempo inexistente, sin respondernos a un cuándo, se apiadaron de ella y una sucesión de errores, eso que algunos llaman destino, la llevó hacia la posibilidad de reivindicarse consigo misma en la transformación del conversar en literatura.
“Nunca se imaginó que sentía vergüenza y con él se dio cuenta que sí sintió vergüenza. Él la pone a pensar en que el hombre que ella busca nunca lo va poder encontrar”.