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De cuando Lenny Kravitz cargó consigo a Bob Marley y Michael Jackson en una maleta rumbo a Bogotá

El 23 de marzo de 2019, Lenny Kravitz se presentó por primera vez en Colombia, como parte de la gira Rise Vibration Tour, que se inició en la capital del país y finalizará en el O2 Arena de Londres, el 11 de junio.

03 de abril de 2019 - 05:08 p. m.
La gira «Rise Vibration Tour» de Lenny Kravitz se terminará el 11 de junio en Londres. / EFE
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Nacido en Manhattan, Nueva York, en mayo de 1964, hijo único de Sy Kravitz y Roxie Roker, Leonard ‘Lenny’ Albert Kravitz, nombrado así en honor a un tío suyo fallecido en la Guerra de Corea, es hoy uno de los artistas afroamericanos de mayor influencia en los Estados Unidos y en gran parte del mundo. Con tan solo 5 años, tocando la batería, ya daba muestras de su talento musical y comenzaba a explorar lo hecho por grandes hombres del jazz como John Coltrane, Miles Davis, y Duke Ellington. Más tarde, aprendería a tocar el piano y el bajo, y entraría en contacto con la música de artistas como Jimi Hendrix, Prince, Michael Jackson y David Bowie.

Sus primeros coqueteos con la industria musical se darían en la década de los 70 cuando, influido por el estilo de Prince, decidió adoptar el nombre de “Romeo Blue” y explorar los terrenos del funk y el blues. Las discográficas no encontraron al joven Lenny lo suficientemente fuerte, su música no era ni negra ni blanca, y así se lo hicieron saber en más de una ocasión. Esto le sirvió para entender que debía encontrar una voz propia, rescatando lo mejor de los artistas que admiraba y abriéndose camino siendo fiel a sí mismo.

Hacia 1984, Kravitz comenzaba a experimentar con sonidos provenientes del rock y el reggae. En 1989, lanzaría su primer disco, Let Love Rule, que alcanzaría el puesto 61 en el listado de Bilboard 200 y vendería más de 2 millones de copias en Europa. Después de esto, todo iría en ascenso para él. No ha dejado de redefinir su sonido, siempre intentando entregar algo distinto de sí en cada álbum. Entre 1999 y 2002 ganó el premio Grammy en cuatro ocasiones, de manera consecutiva, rompiendo todos los récords.

Lenny Kravitz es uno de los músicos de rock más preeminentes, cuyo sonido, rico en influencias del soul, el blues, el jazz, el R&B, el reggae y el funk, ha trascendido géneros, estilos, razas y clases. Su actitud ante la vida y la música, le han investido de un encanto artístico incomparable, y de esto ha sabido dar cuenta en una de sus apariciones más recientes, llevada a cabo en el Movistar Arena de la ciudad de Bogotá, como parte de su gira Rise Vibration Tour 2019.

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Movistar Arena. 23 de marzo, 9pm.

Habíamos esperado el momento por mucho tiempo. La radio y los noticieros en la televisión anunciaban que Kravitz se presentaría en el país por primera vez. Lo había intentado ya en el 2011, tras lanzar su disco Black and White America, pero por razones aún desconocidas el artista jamás tocó suelo colombiano.

La primera vez que escuché una de sus canciones fue en 2007. Estaba en mi habitación y el vecino tenía el volumen de su música lo suficientemente alto como para que en las casas contiguas lo escucháramos todo. Recuerdo los primeros tonos de esa canción, con la batería como eje de la melodía que se vendría, y luego el coro, ese coro… All of my life / Where have you been / I wonder if I’ll ever see you again. Fue suficiente para que me sintiera cautivado y, no exagero al decirlo, completamente abstraído. “Mamá, ¿quién canta esa canción?”, pregunté. “Es Lenny Kravitz”, dijo.

Crecí en una casa con una influencia musical variopinta en la que se escuchaba desde bolero hasta vallenato, salsa y son cubano, norteña y rancheras, rock en español y alguna que otra cosa de moda que la radio traía de otras partes. No llegué a saber de Prince o David Bowie sino hasta la adolescencia, y ni mencionarlos a Ray Charles o John Coltrane. Sin embargo, mi infancia estuvo iluminada por uno de aquellos artistas, lo que determinaría mi gusto musical en los años venideros y, sin dudarlo, terminaría por salvarme la vida. Las tardes lluviosas en ese barrio del sur de la ciudad eran mejores cuando Beat it, Thriller o Billie Jean se oían en la sala de la casa, esa casa grande y enorme en donde todos éramos conocidos y extraños a la vez. Michael Jackson fue mi primer contacto sincero con la música y a través de él llegué a conocer el legado inmenso de Motown Records y los artistas que surgieron a su alrededor.

No era usual que un niño de 10 o 12 años renunciara a la música de su país o a los artistas de moda por preferir la música que habían hecho sujetos con nombres exóticos en años anteriores. Bueno, qué se puede hacer. De un momento a otro, me vi absorbido por aquellos sonidos que habían sido nutridos por toda la herencia gigante del jazz y el blues. Entonces, conocí el trabajo de Duke Ellington y Telonious Monk, Miles Davis y Charlie Parker; luego, Frank Sinatra y Nina Simone, Louis Armstrong, Janis Joplin y Billie Holiday. Con el tiempo, me tropecé con Elvis Presley y Chuck Berry, James Brown y Stevie Wonder, evitando seguir una línea cronológica entre uno y otro. Queen y The Beatles, y otros tantos artistas y bandas completaron el ciclo y me encontré rodeado de tantos registros, tantos géneros y estilos diferentes que no sabía qué escoger. Evidentemente, no podía no escogerlos a todos. Eso fue lo que hice.

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Este sendero de sonidos revueltos me llevó, entonces, a explorar caminos diversos, aceptando algunos y descartando otros, hasta llegar a Kravitz en esa tarde de 2007. Por aquellos días, si había dinero en casa para comprar los útiles escolares, no lo había para otras cosas, así que no podía pensar siquiera en comprar discos. La única forma que encontré para acercarme a su música fue a través de los vídeos musicales que transmitían en canales como MTV o PlayTv. Decidí que no podía pasar cada tarde frente al televisor esperando a que apareciera un vídeo del artista para escucharlo, entonces, tomé una vieja grabadora de casete que mi madre conservaba desde sus días en la universidad y comencé a grabar los sonidos cada vez que podía. Llegué a recopilar más de 100 canciones y gasté más casetes de los que tenía en mente. Así empezó todo…

El 23 de marzo llegó en menos tiempo de lo que esperaba. Sin embargo, la ansiedad estaba por los aires y solo deseaba cruzar las puertas de aquel lugar para escucharlo a Kravitz y cantar así los temas que con tanto fervor decidí aprender durante mi adolescencia. Entre las 20:00 y las 20:30, la agrupación MNKYBSNSS se presentó como telón al plato fuerte de la noche, con unas mezclas interesantes en los terrenos del tecno y la música electrónica, vinculando sonidos del rock y algunos géneros más tropicales. Hubo una participación aceptable del público que los despidió con aplausos y se llevó un buen sabor de boca con lo realizado por el dúo barranquillero.

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Entre las 20:30 y las 21:00 el tiempo corrió demasiado lento, o no corrió, y la expectativa estaba por los cielos. La gente seguía entrando y buscando sus lugares, algunos aprovechaban para ir al baño o comprar algo de comer, y otros nos comíamos las uñas a la espera de ese primer acorde. Entonces, se apagaron las luces. A las 21:06 el Movistar Arena vibró con las primeras notas.

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Muchas personas esperaron por 30 años para verlo en el escenario, en mi caso fueron 10 años, pero igual es mucho tiempo. Cuando escuché esas líneas, puedo jurarlo, me transporté a otro lugar, a alguna área inexplorada de mi mente. Estaba, simplemente, extasiado. Y canté, canté con todo. ‘Wish that I could fly, into the sky, so very high, just like a dragonfly’. De ahí en adelante, y durante dos horas, todo fue pura fiesta, buena música, baile y alegría.

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Con toda la energía y el carisma que lo caracteriza, Kravitz se conectó con el público desde el primer momento y la noche surgió desde su guitarra. Con canciones como ‘Dig In’ y ‘Bring It On’, los sonidos electrónicos se hicieron presentes y sirvieron como antesala a uno de los grandes temas del artista: ‘American Woman’, que fusionó con uno de los pasajes más emotivos de la noche, cuando a la banda se le dio por invocar al gran Bob Marley con ‘Get Up Stand Up’. El tema hubiese sonado como un cover más de no haber sido por la gran presentación de Harold Todd, Michael Sherman y Ludovic Louis, los tres magos del saxofón, el saxo barítono y la trompeta, que derrocharon talento durante toda la jornada.

Tal y como lo dejó dicho en algunas entrevistas, la dinámica del espectáculo era combinar algunos de sus sonidos tradicionales con los del disco más reciente, y así lo hizo Kravitz al permitirnos escuchar las mezclas entre temas como ‘It’s Enough’ o ‘It Ain’t Over ‘Til It’s Over’, y apreciar el crecimiento que ha tenido como artista y su firme convicción por no repetirse en ninguno de sus proyectos. Tras interactuar un poco con el público, llegó el que para mí fue uno de los momentos más intensos, cuando ‘Low’ se tomó la noche y todos nos movimos al ritmo de esa música medio Funky, medio Rock, con un toque de Blues. Y al final, el apoyo absoluto a uno de sus maestros, con el grito: “¡Michael Jackson!” Aplausos y algarabía total.

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Hacia la mitad del concierto, Kravitz tomó un respiro para cambiarse de ropa y regresar con un atuendo más sobrio, completamente de negro, y con su guitarra acústica a la espalda. Derecho a los años 90 con ‘Can’t Get You Off My Mind’, ‘Believe’, una de mis favoritas de siempre, y ‘I Belong to You’, con una Gail Ann Dorsey inmensa (ex bajista de David Bowie). La canción ‘Always on the Run’ nos llevó a la década del 2000 con Craig Ross, el guitarrista, que se hacía cada vez más gigante, haciéndonos participes de una alucinante descarga de rock. Luego, vinieron ‘The Chamber’, para bailar otra vez, y la entrañable ‘Again’, que parecía anunciar el final de la noche, y así fue. Con la euforia a flor de piel, las luces se apagaron, Kravitz se despidió y la banda bajó del escenario. Todo sucedió tan rápido. Apareció el ‘encore’ y todo indicaba que era momento de irse, pero después de unos minutos, la banda regresó para cerrar el concierto a lo grande.

‘Let Love Rule’ resonó con una fuerza impactante y fue aquí cuando el artista completó la que sería una presentación memorable. Se quedó un rato viendo el lugar y dijo: “I need to feel these people” (‘Necesito sentir a esta gente’), bajó del escenario y se mezcló con el público desde diferentes lugares. ¡Impresionante!  Todos cantábamos con el ánimo acelerado y embelesados por el cariño infinito que nos demostraba el niño de Manhattan. El final de la noche, tras esa descarga tremenda de emociones, llegó con ‘Are You Gonna Go My Way’, y el suelo tembló, simplemente tembló.

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Una venia al público, un rezo al borde del escenario, y un beso al aire, fue lo que nos dejó Lenny Kravitz después de un espectáculo magistral, con la promesa de volver a pisar estas tierras para hacernos recordar que la vida es bella, y el amor es poder. A las 23:20 todos comenzábamos a despertar y el Movistar Arena quedaría vacío, con el rumor de las guitarras y las trompetas entre sus paredes, y la voz de un hombre resonando por los pasillos.

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