Además de los nombres citados en la columna anterior, aparecen otros que se salen del molde del futbolista y ya, pues encontraron, en la lectura de su realidad, un pretexto para empuñar la bandera de la justicia social, cual sociólogos, filósofos e ideólogos de una problemática determinada.
Claro que más adelante veremos que las mujeres merecen un capítulo entero sobre la defensa de los derechos de los y las deportistas (Cata se va a reír por este giro). Mientras tanto, recordemos otros nombres. En la década de los 70, la época de los anni di plomo (años de plomo) en Italia, Paolo Sollier jugaba fútbol, era zurdo, siniestro y prometió que no firmaría autógrafos, además, aparecía con el puño en alto para saludar a sus seguidores en el estadio. Era un estudiante de Ciencias políticas declarado comunista dentro y fuera de la cancha y, como se dejó seducir por la lectura, regalaba libros en lugar de licor, autógrafos o flores. A unos les dio El Capital, de Marx, a otros les donó las obras de García Márquez. Los de más allá recibieron los poemas completos de Jacques Prévert y a su nuevo entrenador lo premió con la antología poética de Cesare Pavese, con una dedicatoria muy parecida a su forma de ser y de estar en el mundo: “No se vive sólo de fútbol”.
En España, dos meses antes de la muerte de Franco, dieron la orden de fusilar a 11 integrantes de Euskadi Ta Askatasuna, ETA y, gracias a la mediación del Papa Pablo VI, se salvaron dos mujeres embarazadas y tres hombres por peticiones internacionales expresas. Dos jugadores del Racing de Santander, Sergio Manzanera y Aitor Aguirre, consideran que deben hacer algo antes del partido y deciden lucir un brazalete negro, algo que estaba prohibido sin la autorización de Franco. Querían convencer a todos los jugadores del equipo, pero únicamente ellos dos siguieron con la idea. Jugaron el primer tiempo y al segundo aparecieron en el campo de juego sin brazalete. Al otro día fueron citados a la Comisaría para que dieran las explicaciones por salir con un brazalete negro sin las autorizaciones. Capítulo aparte merecen algunos jugadores y técnicos con sus posturas frente al golpe de Estado de Jorge Rafael Videla en marzo del 76 en Argentina. (Algunos dicen que hubo un silencio absoluto, otros sostienen que algunos jugadores, como Kempes, lloraron cuando supieron la noticia).
En Brasil aparece Sócrates, el jugador de Corinthians, quien hizo del fútbol un experimento en relación con la política. Le decían el Doctor porque estudió medicina y filosofía: soñaba morirse un domingo en la tarde siempre y cuando su equipo, el Corinthians, quedara campeón. Exactamente se cumplió el sueño. Un domingo, con padecimientos severos por la cirrosis, dejó este mundo, con el puño en alto y con una sonrisa de quien ya se puede morir porque su equipo logró el Olimpo.