Liberado de las obligaciones de contar su realidad —una demanda que parecía no encorsetar a los de su generación—, el escritor brasileño João Paulo Cuenca se aventuró desde el principio, a través siempre de novelas, a hablar de esos temas presentes entre los que quieren un bautizo literario. Una literatura del apego a lo terreno, a la carne, del amor como antídoto contra la muerte, contra la finitud, así eran sus novelas, que a pesar de no ser traducidas al español le valieron para ser elegido en el grupo de los 39 autores menores de 39 años cuando Bogotá se convirtió en la Capital Mundial del Libro.
Su narrativa también se llenó de mundo. No fue difícil para este escritor carioca descubrir que viajaría más que sus propios libros. Ferias de libro, festivales internacionales, apuestas editoriales, lo llevaron a caminar lejanas latitudes, en donde hablaba de libros que quizás nadie en el auditorio había podido leer. Pero el viaje no sólo trajo la revelación de esas nuevas funciones casi interpretativas del escritor, trajo consigo también un cambio radical de mirada. En ese estar afuera, en el destierro de lugares anónimos como hoteles y aeropuertos, Cuenca experimentó un tirón de patria y volteó su atención a su país, a la comprensión de su compleja realidad, a la revelación de los procesos que tenían lugar en la sociedad de Río de Janeiro, que se desdibujaban cuando se estaba caminando entre la imponencia bella de sus calles.
Fue justamente un viaje, uno a Jerusalén, el que le dio el aventón final para que su literatura se tornara, como lo habían hecho de algún modo sus crónicas periodísticas, incómoda. “Siempre quise dejar claro que no tenía ninguna necesidad ideológica, ni de hablar de mi realidad social. Podía hacer una novela sobre los límites del amor en Tokio si así lo quería. Pero un día me fui de viaje a Jerusalén, estaba en Madrid en el aeropuerto de Barajas y los oficiales israelíes empezaron a acosarme con una cantidad de preguntas. Pasé tres horas solo en una sala sin pasaporte. Un oficial se me acercó y me dijo: ‘¿Usted, qué hace?’, le dije: ‘¡Ah, yo soy escritor!’. ‘Y ¿qué escribe?’, me replicó. ‘Yo escribo ficción’, le dije. ‘¡Ah, ficción es mejor, es mejor!’. Esa frase del policía me dio un escalofrío, un sacudón”, recuerda Cuenca, y empezó entonces un proyecto de novela que aún no termina.
En las más de 50 páginas que el narrador ha escrito de esa novela, su personaje, que habita en un tiempo futuro, mira al Río de Janeiro de estos días. “Este es un momento muy importante para la ciudad, porque va a acoger la Copa del Mundo, las olimpiadas. La inversión de dinero es descomunal y la gente está histérica, obnubilada y acrítica de todo el proceso. Hay proyectos urbanísticos que son una tragedia para la gente que vivía en los lugares; algo más de 150 mil personas van a ser echadas de sus casas, por donde van a pasar avenidas o edificios, y para ellas no hay opciones claras de reacomodación. Estamos gastando 1.000 millones de reales para reformar un estadio que ya fue reformado dos veces en los pasados 15 años”, dice Cuenca. Para su historia, ha indagado profundamente y ha sido testigo de un pasmoso silencio por parte de los medios, que sólo parecen alentar esos aires de optimismo, de bonanza que se experimenta en todas las esquinas de las grandes ciudades brasileñas.
En esta novela, Cuenca hace un paralelo con lo que pasó en la primera década del siglo XX, con las reformas urbanísticas que desplazaron a muchas personas que vivían hacinadas en el centro de la ciudad y que dieron origen al fenómeno de las favelas. “Empecé a releer a Lima Barreto, un escritor negro de principio de siglo que fue muy crítico sobre lo que pasaba en ese entonces en la ciudad. Un escritor maldito. Intento hacer una conversación con sus libros y con lo que pasaba en ese momento”, explica Cuenca, que escribe siendo testigo de esos depósitos humanos en los que se están convirtiendo las afueras de Río, a donde van a parar todos los que no encajan con los proyectos de desarrollo.
“Mi personaje observa de forma profética esos procesos de gentrificación que van a suceder en las favelas de la zona sur. Un barrio deprimido, popular, muchas veces podrido, empieza primero a ser ocupado por los artistas, luego empiezan a llegar estudiantes nacionales e internacionales, las rentas se hacen caras y llegan los empresarios y expulsan a los pobres sobre los que nadie habla ni piensa. Escribo sobre eso; es profético, es una ficción urbana distópica”, concluye Cuenca con una voz crítica que parece retumbar y revolcar el universo literario brasileño entre voces más complacientes o más comprometidas con las penurias del pasado de la dictadura.
Sus historias, sus gritos provocadores que quieren sacar del letargo a sus compatriotas, pero también su literatura, a la que bautiza más bien terráquea que latinoamericana, podrán ahora ser leídos en español. La editorial Lengua de Trapo trabaja desde España para presentar en mayo su primera novela en castellano.
Por lo pronto, la Feria del Libro de Bogotá se convertirá en un lugar privilegiado para que las novelas de João Paulo Cuenca desborden las cadencias del portugués y, con su perfecto español, se pueda conocer algo más de ese Brasil particular que narra.