El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Del fuego, el humo de la historia

Reseña de “Del fuego, el humo” (Panamericana, 2016), una mezcla de novela psicológica y de aventuras situada en un país remoto y en el marco de un conflicto económico, político y armado.

10 de abril de 2017 - 10:00 p. m.
PUBLICIDAD

Del fuego, el humo, el primer libro de Carolina Rudas, egresada de la Maestría de Escrituras Creativas de la Universidad Nacional y experta en relaciones internacionales. De allí la experiencia e inteligencia que reflejan estas páginas, en las que predomina la visión de la mujer contemporánea decidida a hacer lo suyo dentro de la construcción de la nueva sociedad contemporánea sin ninguna limitación de género. Hace más de cincuenta años Indira Gandhi, como heredera del gran legado de su padre, dijo que la mujer debe ser la protagonista del mundo moderno contra grandes males como la guerra, la corrupción y la miseria.

Me parece que con autores como Carolina Rudas comienza otro camino en la literatura colombiana. Se trata de una novela de un estilo seguro y lleno de gran poesía con el lenguaje que le va permitiendo a la autora su revelación. Veamos: el laberinto de pecas de tus mejillas… tus ojos sin luz en la sala… tecleaba furiosamente un computador portátil… su mano ganchuda… Más allá de la incertidumbre de las primeras obras de muchos autores, este libro se halla escrito a manera de diario de quien debe inevitablemente llevar a cabo una catarsis por su choque con la realidad que da lugar a una historia que parece una pesadilla constante y en la que predomina la certeza de salir adelante en medio de las dificultades.

Así ha sobrepasado tópicos como la forma del texto que empieza y termina, contra el mito de las primeras novelas que también fallan en su final porque no saben cerrar la historia. Con su comienzo de mucho significado, dice: Mi nombre es Sara. Este me hace pensar en el inicio de Moby Dick de Herman Melville, que empieza de una manera similar: Llamadme Ismael. Ello me parece importante porque la literatura nace de la literatura misma, incluso sus innovaciones parten de allí mismo. Pero la cita de Melville también tiene que ver con la tremenda aventura de esta obra. Por eso la inspiración del gran maestro parece estar allí como punto de partida para este relato. Además, miremos cómo termina: Una cosa más: No me llamo Sara. Allí se encuentra el símbolo que debe desentrañar el lector. Es un punto de partida y un cierre simple que demuestra la manera como la narradora asume su historia de un modo esencial y profundo.

Cuenta la protagonista que llegaba cada noche a su cuarto, pedía un domicilio y salía en la mañana. Por eso dice: soy yo misma hablándome al oído, tratando de recordar. Hay que resaltar que en medio de todo se encuentra un ejemplar de Cien años de soledad que parece otro símbolo de su encierro. La impresión inicial es que esta narradora parece dominar el mundo dentro de un contexto hipérbolico como base de esta realidad, y que es una de las claves de la obra consagratoria del Nobel colombiano. De hecho, el relato de Carolina Rudas se pasea por el mundo entero como algunos personajes del universo de Macondo que también tienen necesidad de reconocer su realidad. La protagonista de la novela que comento, un tanto catártico, huye de una realidad para hallarse con otra semejante como parodiando el verso de Kavafis, adonde vayas la realidad te seguirá.

Digo un tanto catártico porque el relato se sale de allí para hablar de los hallazgos de su mirada a la manera de los narradores que asumen la función de desentrañar su contexto histórico. Según Carpentier, el arte debe dar testimonio de su tiempo como la manera de señalar los caminos de la historia. Así plantea un contexto hiperbólico que parece jugar entre la realidad y la ficción.

Se creería que realidades como esta no ocurren en el mundo moderno. Es la vida en la medida en que la historia ocurre, y ficción en cuanto que los hechos se pueden considerar también imaginarios, hasta el personaje que cuenta su historia. Entre una gran ironía, habla de funcionarios siempre extremadamente ocupados mirando el mar, mientras su país se deshace en una guerra cruel. Así mismo, cuenta de otra persona dedicada a inventarse el código penal para su nación.

En otro aspecto, Sabato dijo un día que no le gustaban las novelas en segunda persona porque es la forma más difícil de narrar. Agrega el maestro argentino que son demasiado intimistas y como tales llegan a ser ilegibles y que le parecían una gran simulación. Pero en esta novela no ocurre nada de eso porque la segunda persona enriquece el relato hasta el punto de convencer al lector y se siente tan verdadero que el lector parece concluir que se debe escribir de ese modo, porque en su caso la segunda persona determina la fantasía del relato. Debo anotar que durante más de un año pude hablar con ella en la Maestría de la Universidad Nacional. No sé si hablar sea la palabra, porque Carolina no hablaba.

Era una persona callada que apenas respondía las inquietudes necesarias, quizá por la historia que llevaba encima y que se proponía aprender a escribir. Ahora la encuentro con los ojos llenos de felicidad. Tiene en las manos su novela y sabe que este libro le ha abierto un camino en esta ruleta rusa de la literatura. Sin embargo, un libro no es solo una senda, sino también una gran aventura que concluye y que siempre llama a nuevas aventuras.

Conoce más
Ver todas las noticias