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Desplazados: un rostro de la errancia y el desarraigo

Presentamos una reseña de la miniserie Desplazados de Netflix.

17 de agosto de 2020 - 12:43 p. m.
Latinoamérica también ha vivido olas migratorias importantes. Aquí, un grupo de hondureños emprendiendo su camino hacia Estados Unidos.
Foto: EFE - María de la Luz Ascencio
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Hace dos meses se dio licencia para la construcción de un muro flotante que evitará la llegada de más inmigrantes por el mar Mediterráneo a Europa. El muro será instalado en la isla de Lesbos y tendrá más de un metro de altura y tres kilómetros de largo.

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La decisión se dio en medio de la crisis entre la Unión Europea y Turquía; este último país alberga alrededor de 3,7 millones de refugiados y en marzo, en desacuerdo con el pacto de retener los inmigrantes que pretenden entrar a Europa por presuntos incumplimientos de la Unión Europea, permitió el paso de inmigrantes a Grecia, lo que ocasionó ataques por parte de la policía griega y el arresto de más de 200 personas.

La migración fuera de Europa

Mientras esto ocurre en Europa, en Colombia los inmigrantes venezolanos que intentan regresar a su país están muriendo de hambre en zonas fronterizas, por delincuencia común o porque caen en rutas de narcotráfico.

A 16.237 kilómetros de distancia, en Australia, las problemáticas y los debates con relación a la migración son otros. El país ha instaurado unos centros de detención de inmigrantes que piden protección como refugiados; mientras que grupos defensores de derechos humanos acusan estos centros como una violación al derecho internacional. El gobierno de Australia argumenta que los centros son una regulación del flujo migratorio.

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Desplazados, exiliados, refugiados: el drama humano de la migración

Desplazados (2020) de Netflix se lanzó con la expectativa de ser una potente serie sobre los conflictos contemporáneos a los que se enfrentan los refugiados. Fue creada por la actriz Cate Blanchett, junto a Tony Ayres y Elise McCredie. La trama pretende juntar tres historias principales: la de Sofie, la de Ameer y la de Cam.

Sofie personaliza la historia en la que fue inspirada la serie. Ella es una australiana que tiene conflictos con sus vínculos familiares. Sus padres y su hermana le reprochan constantemente que no se ha casado, no ha tenido hijos y juzgan su trabajo de azafata. Sofie llega a un centro de autoayuda que a la vez es una escuela de danza. En ese lugar no le brindan elementos que la lleven a sanar sus vínculos, sino que la pareja de directores la alejan paulatinamente de su familia; el director la viola y la amenaza con matarla si llega a contar algo, entonces Sofie entra en una crisis nerviosa y su familia -que no sabe nada de lo ocurrido- le quita su pasaporte y sus tarjetas de crédito, por lo que ella termina huyendo y llegando por equivocación a un centro de detención de Migración.

Con Desplazados conocemos un esbozo de la realidad que viven los inmigrantes que piden protección en Australia. De hecho lo hacemos por equivocación, pues Desplazados no es realmente un llano encuentro de tres historias de vida. El foco es la historia de Sofie, quien, de algún modo, se encuentra con las desgracias de los desplazados; sin embargo, en vez de terminar en un centro de detención de inmigrnates, perfectamente habría podido llegar a un centro psiquiátrico o a una cárcel. De modo que insospechadamente la serie emana cómo es concebida la situación de inmigración en Australia: cómo un país cuyo presente está atravesado por la vida de los inmigrantes, o de enfermos, o de delincuentes.

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Ameer es un hombre del que se conoce poco. Se sabe que escapó de Afganistán con su familia y que estuvieron en Pakistán hasta que lograron reunir dinero para irse. En un primer barco se fueron su esposa y sus dos hijas. Cuando Ameer logra llegar a Australia, pregunta en el centro de refugiados por su familia, pero nadie puede responderle. Pasados unos días, Migración lo reúne con su hija mayor, Mina. Su esposa y su hija menor murieron ahogadas. Mientras esto ocurre, Sofie asustada y desesperada se hace pasar en el Centro por una alemana que perdió su pasaporte y pide constantemente que la deporten a Alemania.

Por el lado de Cam, él es un oficial que cuida el Centro y que, contrario a dos de sus compañeros de piel morena, está en contra del trato que se les da a los inmigrantes allí. Su hermana tiene contacto con algunos de los refugiados encerrados y con unas monjas ayuda a planear una fuga. De modo que la serie pretende mostrar que Cam se debate entre su moral, su trabajo y su hermana.

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La serie pone sobre la mesa dos cartas cruciales: la identidad de los refugiados y las políticas de migración de los países de acogida. Esta última, por ejemplo, con la decisión que toma el Gobierno australiano de regresar los barcos que vayan llegando, que iría de la mano con la decisión de construir un muro en el mar de Lesbos.

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En cuanto a la identidad, cuando Ameer se está preparando para partir de Pakistán, los organizadores del barco exigen que los tripulantes entreguen su pasaporte y así se olviden de su pasado. Al llegar a Australia son identificados con un código y si no tienen apellido, les toca inventarse alguno para abrir el proceso de la solicitud de visa.

Cabe aquí la pregunta de qué pasa con su identidad si, siguiendo con la serie, la entendemos como un concepto sujeto a una colectividad y a unas referencias de historia común, como la nación. Ameer y su hija pasaron de ser afganos a ser refugiados. Llegaron a Australia pero no viven en Australia, viven el encierro que corresponde al limbo de ser un código, hasta que se defina si serán deportados o aceptados en Australia.

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Desplazados muestra que las seis semanas de formación de los oficiales del Centro, contempla la instrucción para defender la dignidad de los refugiados de formas apropiadas cultural y lingüísticamente, que respeten su salud, su sexo y su edad. Pero esto se cuestiona cuando Ameer le pregunta a otro interno: ¿por qué nos encierran? –Porque somos terroristas.

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La serie presenta la vida de otros personajes en el Centro, como una señora mayor que tiene una huerta, una joven que está sola y hace parte de la fuga, un hombre cuya esposa e hijos están libres en una casa custodiada por el gobierno mientras él está encerrado.

Desplazados no es tanto una representación conmovedora, empática o de buena fe. Obliga la pregunta esencial sobre cómo hablar del dolor de los demás y cómo representarlo. Acaso sea muy ético tratar a los migrantes como una masa de refugiados sin pasado y emproblemada, bajo la complejidad de una australiana traumada. Ya el palestino y crítico literario Edward Said lo había advertido en su libro Orientalismo: el orientalismo habla más de Occidente que de Oriente.

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