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Déspotas del placer

Esta es la historia de un hombre que amaba las pieles y las ligas de las mujeres porque con ellas no solo alimentaba una profunda perversión, sino que además lograba consumar sus desbordados encuentros sexuales.

10 de diciembre de 2015 - 11:01 p. m.
Leopold von Sacher-Masoch (1836-1895), escritor y periodista austriaco. / Dominio público
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El austriaco Leopold von Sacher-Masoch sólo encontraba placer en la humillación y el maltrato. Por eso con su apellido se armó la palabra masoquismo para referirse al que disfruta de la intimidad cuando es golpeado.

Fue tan consecuente con su perversión, que las mujeres de su vida debían someterse a estos desvaríos. Incluso, con una de ellas firmó en 1869 un contrato en el que se comprometía a ser su esclavo. “Don Leopold de Sacher-Masoch se obliga a convertirse en sirviente de doña Fanny Pistor y a responder, sin restricciones, a sus deseos y órdenes. Por toda falta cometida, el ama tiene el derecho de castigar a su sirviente como le parezca”.

Esa singular forma de erotismo quedó dibujada en su obra La Venus de las pieles, un relato que arranca con un sueño. Su protagonista habla con la diosa del amor, cuyo cuerpo de mármol está cubierto por un abrigo de pieles.

En medio del diálogo, el hombre asegura que las mujeres son crueles e infieles. Ella responde: “Nosotras somos fieles mientras amamos, pero lo que vosotros exigís es fidelidad sin amor y entrega sin placer. (…) merced a la pasión del varón, la naturaleza lo ha entregado a la mujer, y la que no sabe convertirlo en su esclavo, no es una mujer inteligente”. Antes de despertar, el hombre reconoce que “no hay nada que pueda excitar tanto al varón como la estampa de una déspota bella, voluptuosa y cruel”.

Mientras le relata el sueño a su amigo Severín, un cuadro que muchas veces ha visto, lo sorprende: una hermosa mujer, envuelta en un abrigo de pieles, carga un látigo en una mano y con su pie somete a un varón enamorado. “Así la vi en el sueño”, dice. Severín reconoce que también la ha visto en la realidad, pero que hoy él lleva las riendas. La llegada de una joven guapa con comida, confirma su sentencia. La amenaza con un látigo por traer huevos muy cocidos y la joven corre a salvar el error. “Si la hubiese halagado me habría puesto la soga en el cuello, pero como la educo con el látigo, me adora”.

La historia recoge el pensamiento de Sacher-Masoch: el poder de la mujer reside en la pasión del varón y él no tiene más opción que ser tirano o esclavo. Hulda Meister, su última mujer, fue su última esclava. Con ella, su perversión se volvió locura. Se creía gato y la arañaba sin piedad. El escritor encontró la muerte en un manicomio.

* Subdirector de Noticias Caracol y escritor .

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