Estos días hay uno que está de moda. Se llama Un poco perdido; narra la historia de un buhito, que se queda dormido y se cae del nido, entonces, con la ayuda de una ardilla explora el bosque para buscar a su mamá. La ardilla le muestra diferentes posibilidades de mamás, hasta que una de ellas lo lleva a reencontrarse con la mamá búho y todos terminan muy contentos comiendo galletas. Esta mañana le he leído este cuento por milésima vez (a los niños les encanta la repetición), y me di cuenta que en la anteportada hay una cita textual que dice:
“Nunca valoramos el verdadero estado de nuestra situación hasta que la contraria no lo demuestra, ni sabemos apreciar lo que tenemos hasta que lo perdemos”. Robinson Crusoe, Daniel Defoe.
Nunca antes, había tenido tantas ganas de salir a dar una vuelta a la manzana como en estos días de encierro. De hecho, en los memes que circulan por mis chats españoles, ya hay parodias de familias que se pelean para bajar a tirar la basura o sacar al perro.
A media mañana, le dije a Miquel (mi esposo) que necesitaba dar una vuelta y que aprovecharía que teníamos la basura orgánica desbordada. Cuando me estaba poniendo la chaqueta, bufanda y gorrito, Miquel y Martí (nuestro hijo) se entusiasmaron por mi expedición al mundo exterior y decidieron acompañarme. En lo personal me pareció buena idea, no es sano para un niño estar tantos días encerrado. Terminamos haciendo un minipaseo familiar (que, aclaro, no está permitido por la ley). Solo puede salir un adulto de la familia para comprar comida y medicinas, o para ir a su lugar de trabajo. El contenedor de la basura orgánica está a cuadra y media de mi casa y el plan era ir y volver muy lentamente. Cuando llegamos hasta el contenedor, al percibir la alegría del niño que pedaleaba su triciclo, nos extendimos hasta la panadería, una cuadra más lejos. Allí, nos compramos unos cruasanes, que luego nos comimos en una banca de un paseo peatonal, ubicada entre la vegetación y unos edificios. Estuvimos un rato hablando entre nosotros, mientras Martí recogía ramitas secas y las apilaba, simulando una fogata en la que asaba salchichas. Estábamos emocionados por recuperar algo de la cotidianidad anterior al confinamiento. Ese pequeño gesto de comer y jugar en la calle tenía un tinte heroico, que contrastaba con la actitud de la poca gente que nos habíamos cruzado en el camino. Todos llevaban consigo bolsas de mercado y caminaban con cierta prisa, como si cada minuto innecesario en la calle sumara puntos a un posible contagio.
El niño había cambiado de juego, ahora tenía un pequeño palo con el que azotaba suavemente el pavimento, la banca, el tronco de los árboles, su triciclo. Ya habíamos pasado allí más de media hora, era momento de volver, se estaba acercando el medio día y no habíamos cocinado nada para el almuerzo. Obviamente, a ninguno le hacía gracia regresar al encierro, pero dentro de mí sabía que la transgresión debía llegar a su fin.
Caminábamos en dirección a casa, estábamos en una calle paralela al mar, justo al otro lado de la avenida que nos separa de la playa. Miquel, mirando en dirección a la franja azul, me propuso que nos acercáramos un momento a ver el mar de cerca. Paramos ante un semáforo en rojo, aunque la calle estaba desierta de personas y coches. Solemos pararnos siempre desde que tenemos al niño, es difícil enseñar algo si luego hacemos lo contrario. Desde que habíamos salido de casa tenía miedo de toparnos con la policía, pero no le dije nada a Miquel. Simplemente lo seguí. Supuse que la playa estaría desocupada, es decir, que no representábamos una amenaza para nadie. El semáforo se puso verde y cruzamos la avenida semivacía.
El más contento de los tres era el niño. La playa para él es juego, es espacio, es su casa. Cuando vimos de cerca la playa y el mar Mediterráneo, un escalofrío me sacudió. Siempre hay gente en la playa de Barcelona, no importa la hora del día. Hoy estaba soleada y bonita, como habitualmente, pero todo estaba cerrado y los accesos precintados. Daba una sensación desoladora que nos devolvió a la realidad. La sensación de normalidad que habíamos tenido hasta el momento, se esfumó. Caminamos un poco en silencio. Solo se escuchaba el roce de las ruedas del triciclo con el pavimento y el sonido de las olas. De repente, un homeless que estaba detrás de unos matorrales, salió para pedirnos papel de liar cigarrillos. No teníamos, no fumamos. Seguimos nuestro camino. El niño empezó a subirse y a bajarse del triciclo y en un momento dado nos pidió descansar en una banca para contemplar el mar. Complacidos, nos sentamos a su lado. Pese al choque inicial, el mar es para nosotros el mejor calmante del mundo, por eso vivimos a una avenida de distancia de él. El niño nos preguntó por qué no había nadie en la playa. Ya le habíamos explicado sobre el coronavirus con un cuento que me habían enviado por WhatsApp en un chat de madres. También le habíamos dicho que ninguno de sus amigos había vuelto a la escuela y que todos estábamos en casa. Estábamos explicándole la situación cuando, de repente, nos percatamos de que una patrulla de la policía venia por el paseo. En seguida nos dispusimos a andar con el niño y el triciclo en brazos. Cuando nos alcanzaron, nos pidieron que paráramos.
—¿Qué hacen aquí? No saben ustedes que tienen que estar en su casa. Estamos en Estado de Alarma —dijo con voz grave el policía que estaba sentado en el puesto del copiloto—. Entre ayer y hoy han subido un 18% los contagios en España. ¿No se han enterado? —nos miró con cara de desaprobación. Negaba con la cabeza. Guardamos silencio. El niño los miraba con curiosidad, nunca antes había visto a un coche de policía y a un policía tan de cerca.
—Tiene razón señor, ya estábamos volviendo a casa —respondió Miquel. Yo me quedé paralizada, con el niño en brazos. Cuando eres inmigrante la policía es el gran monstruo burocrático a quien hay que dar cuentas. Todos los inmigrantes les tenemos respeto y, porque no, miedo. Nos pueden hacer añicos en un instante la vida que hemos construido con esfuerzo lejos de nuestro país. En ese momento sentí pánico, no había traído mis papeles. ¡Yo solo había salido para tirar la basura! Había olvidado completamente que hacía un mes me había hecho española en el Registro Civil y ya no debía tener miedo nunca más. Había vuelto a mis orígenes de inmigrante latinoamericana.
Si está interesado en leer el tercer capítulo de esta serie, ingrese acá: Diario del confinamiento III: Cuidarnos y cuidar (Tintas en la crisis)
—¿Qué hacen aquí? —volvió a preguntar con impaciencia.
Mi esposo no sabía que responder y dijo torpemente: —Hemos salido a tirar la basura y hemos aprovechado para estirar un poco las piernas.
Esa respuesta desató la ira del policía, que se bajó de la patrulla. Se acercó a Miquel y le pidió los documentos. Nos miró a todos con cara de enfadado. El niño me preguntó qué estaba pasando con el policía. Le respondí que en casa se lo explicaría.
Miquel le dio su DNI. El policía sacó un papel del bolsillo y, mientras buscaba un bolígrafo, le dijo a su compañero: —Por gente como esta nos merecemos extinguirnos como especie, joder. Apoyó el papel en el asiento y anotó los datos del DNI. Nos preguntó nuestra dirección de casa y nos dijo: —En unos días llegará la denuncia a su casa. Las multas oscilan entre 600 y 30 mil euros. Y váyanse para su casa inmediatamente, está prohibido salir —se subió al coche y se fueron sin despedirse.
Mientras la patrulla se alejaba, no podíamos creer lo que acababa de suceder. Caminamos un rato en silencio, hasta que mi marido, que es capaz de traducir al humor incluso la situación más escabrosa, me dijo:
—Definitivamente, somos los protagonistas de una novela de Saramago. —Nos reímos nerviosos. Entre 600 y 30 mil euros. Seguimos el camino de vuelta a casa estupefactos, golpeados por el hecho de que por primera vez tendríamos que pagar dinero por ejercer nuestra libertad de movimiento. Definitivamente, como le pasaba al buhito del cuento de mi hijo, estamos todos un poco perdidos.
Entramos a nuestro edificio después de la excursión al contenedor de la basura orgánica más cara que hemos hecho en nuestra vida. Miquel rompió el silencio y dijo:
—Pero es que no estábamos poniendo en riesgo a nadie. ¡La playa estaba vacía! Es que yo no lo entiendo. Es como la norma de ponerse el cinturón de seguridad. ¿Por qué te tienen que obligar a proteger tu propia vida. ¿Cada quién, no?
—Yo creo que la ley tiene que ser así, rígida y contundente. Sino todo el mundo la interpretaría a su manera. Nosotros la hemos reinterpretado esta mañana. Y creo que así no se podría contener a una población tan numerosa en sus casas —le respondí mientras abría la puerta y todos entrabamos a nuestra casa.
—Mmmm, puede ser. Esto sería similar a lo que sucede con los antivacunas, me dijo.
—¿Qué pasa con ellos? ¿Qué lugar ocupan en esta situación?
—Pues que sus hijos no se enferman porque los demás niños cumplen la norma y están vacunados.
—Sí, tiene sentido, de hecho creo que es una buena forma de entenderlo. Nosotros estábamos en la calle seguros, o sin poner en riesgo a nadie, gracias a que todo el mundo estaba en casa, cumpliendo la cuarentena —le dije mientras nos quitamos las chaquetas y los zapatos.
—Sí, por ahí dicen que uno solo aprende a las patadas —sonrió, no muy convencido de sus palabras.
—Bueno, ya está, lo que pasó, pasó… como la canción.
Fuimos todos a la sala, encendí el Spotify y puse un poco de música para aligerar el ambiente. El grupo Niche nos amenizó las siguientes horas de encierro, frente a una playa vacía e inasequible.