“Compatriotas:
Me llamaban el monstruo, el loco, el Robin Hood criollo, el patrón, el papá. Hoy me llaman presidente y tengo una única certeza, soy el personaje más importante del mundo…. después del papa”.
La silueta, que se alcanza a dibujar detrás de la tela iluminada, rapea el discurso de posesión de un Pablo Escobar ficticio que hace unos días se hizo presidente de Colombia encima de las tablas del Iberoamericano de Teatro. El dueño de la silueta quizá solo comparta con Escobar el lugar de nacimiento y el llevar en la espalda pedazos de la historia de una Medellín agresiva.
Jeison Alexander Castaño nació hace 27 años en Cuatro Esquinas, un barrio de la Comuna 13, en el que desde que tiene memoria las armas de todos los bandos se han rozado con los niños que caminan hacia el colegio o se tropiezan con las señoras que se dirigen a la tienda del vecino.
A finales de los 70 las montañas de Medellín comenzaron a poblarse de construcciones informales a las que llegaron decenas de campesinos en búsqueda del progreso y otros cientos, que sin quererlo, terminaron dejando la tierra por miedo a los violentos que amenazaban con sacarlos a las malas. Las familias se multiplicaron y las paredes verdes que protegían el Valle de Aburra comenzaron a pintarse color ladrillo, los caseríos se hicieron barrios ausentes de ley y, cuenta Jeison aludiendo a la memoria colectiva del barrio, que fue a finales de los 80 que aparecieron los primeros dispuestos a impartir ‘orden’. “Al principio eran bandas de campesinos armados que se convirtieron en milicias, los Comandos Armados del Pueblo (Cap)”. Llegaron las Farc, el Eln y la subversión se apoderó de la Comuna por dos décadas. “Mediaban en los conflictos vecinales, mataban al que supieran que consumía marihuana, hasta arreglaban las riñas de los partidos de fútbol”. Comenzó el 2000 y los paramilitares, con su política contrainsurgente, comenzaron a ganar espacio en la Comuna 13, “Ser joven era un riesgo, habíamos crecido con la guerrilla al lado y ahora, con más bandos, todos tenían intereses en nosotros los pelados . De un lado querían reclutarte, si decías que no eras enemigo. Era amenazante si te parecías al duro o te llamabas igual. Las balaceras eran frecuentes, los muertos, en la calle, nosotros, en la mitad”.
Siendo adolescentes, Jeison y sus amigos del barrio se habían dejado tentar por el estilo de vida noventero que MTV regalaba a través de la pantalla: malosos raperos a quienes les colgaban cadenas incandescentes que andaban armados y abrazaban morenas esculturales. Reyes de las esquinas que cantaban estribillos callejeros. Los raperos de La 13, y del resto de comunas de Medellín, eran sinónimo de malevaje.
A principios de 2002 el barrio amaneció empapelado de avisos que convocaban a los hiphoperos a una reunión con la ONG Asociación Cristiana de Jóvenes (ACJ). “No entendíamos por qué si ‘los malos del barrio’ nos estaban citando. Solo por curiosidad llegamos 60 raperos incrédulos a una reunión. Nos bajaron de la mentira que nos habíamos creado. Nos hablaron del sentido social del rap, de la lucha de las minorías que querían hacerse escuchar a través de letras incómodas”. Vino una y otra reunión y Jeison, ahora estudiante de bibiliotecología en la Universidad de Antioquia se convirtió en Jeihhco – Jeison + hip hop + Colombia- y comenzó a liderar un movimiento que se volvería revolución.
El 2002 fue un año oscuro para la Comuna 13. La Fuerza Pública quiso retomar el control de la zona, campo de batalla entre guerrilla y paramilitares, y puso en marcha dos operaciones de las que los habitantes sólo guardan imágenes de terror. En mayo la operación Mariscal, en octubre, Orión. Un centenar de desaparecidos, vecinos asesinados por balas de lado y lado. El recuerdo de un barrio cobijado de sábanas y trapos blancos colgados en las ventanas y los ruidos con los que la gente le respondía a las balaceras. El barrio clamaba el cese al fuego, los capos, huyendo, las balas alcanzándolos. Y un casete en el que Jeison registró la mezcla de los sonidos de las balas y los bombazos y el llanto de sus primas en la habitación contigua.
La Comuna se militarizó y los raperos alzaron la voz, “queríamos decirles que esa arremetida violenta no era el camino, que si necesitábamos una revolución, sería una que no incluyera muertos. Creamos el festival de hip hop para decírselos rapeando, y para dejar memoria de lo que había ocurrido ese año en la Comuna”.
Revolución sin muertos
En septiembre de 2002, un mes antes de Orión, bajo el lema de “En la 13 la violencia no nos vence”, nació el que luego se convertiría en el segundo festival de Hip Hop más concurrido de Colombia. Lo nombraron festival Operación Élite Hip-hop, que en 2004 terminó convertido en Festival Revolución Sin Muertos, un festival que comenzó reuniendo en la cancha de fútbol de El Salado a los grupos de rap de la comuna y a los aficionados que querían unirse a la protesta, y que hoy incluye a invitados internacionales y reúne a más de 30 mil asistentes.
Al festival se le sumó la idea de formar una escuela de hip hop’Colacho’- que recibe el nombre de uno de los raperos asesinados por los violentos- como opción para ocupar el ocio de los adolescentes , “herederos de Orión que probablemente no podrían tener otra opción que las armas”, más de 200 jóvenes que aprenden las técnicas del rap, el grafiteo y el break dance.
“Sabemos que solo impactamos a un 1.5 % de los 25.000 jóvenes que viven en la Comuna 13, por eso necesitamos que cada quien ponga su 1.5% para que la revolución continúe. Sé que no podemos traerle la paz a Medellín, pero estoy seguro de que nuestros niños, incluyendo a mi hijo Juan David, que tiene siete años, van a respirar un aire más tranquilo y ni los duros, ni Pablo Escobar serán sus referentes”.