El amor y el instinto se convierten en dos gotas de agua bajo la pluma ardiente y honesta de D. H. Lawrence, el inglés que se atrevió a enfrentar los convencionalismos de su época y que usó la palabra para tejer los alientos y suspiros de los enamorados en El amante de Lady Chatterley, su obra maestra que vio la luz en 1928.
Constance Chatterley se hace mujer en la animalidad de un amor que rompe clases sociales. No es virgen al casarse, disfruta de la sexualidad con su marido antes de que la guerra lo deje lisiado y tiene un amante frágil para calmar sus pasiones adormecidas, pero no se ha hecho mujer hasta que la toca el amor verdadero, el que tiene la carga del corazón y del instinto.
“Tuvo el valor de entregarlo todo, entregar su persona íntegra, dejarse llevar por la marea (…) hasta que de repente, en una suave y temblorosa convulsión, Connie misma sintió el contacto, el vivo núcleo de todo su plasma sintió el contacto, hasta ella llegó la consumación, y Connie partió, se fue, desapareció. Se fue. No estaba, había nacido, era una mujer”.
Aunque intentó prescindir de las pasiones para acompañar a su esposo paralítico, la rutina llenó sus días de vacío. “Vagamente, Connie se daba cuenta de que, en cierta forma, se estaba desintegrando. Vagamente sabía que había perdido el contacto, la conexión con el mundo real, vital”.
Apareció Michalies, un amigo de su esposo, pero pronto descubrió que “pertenecía a esa clase de amantes trémulos y nerviosos cuyo éxtasis llega y se acaba rápido”. Después de esa fútil aventura decide que no quiere saber nada de hombres.
Pero es en ese escenario de insatisfacción en el que aparece el amor verdadero, el de Mellors, el guardabosques. Lo vio por primera vez, desnudo hasta la cintura, y sintió una extraña sensación en el centro de su cuerpo. Se amaron en la cabaña muchas veces, con la huella eterna de esa primera vez que marca el amor. “Había algo en él, una especie de cálida e ingenua dulzura, curiosa y brusca, que casi forzó a su vientre a abrirse a aquel hombre”.
Con la historia de Constance y Mellors, Lawrence le pone sello a su teoría: el hombre nace con un pene que se vuelve falo por intermediación de una mujer y la mujer brota como mujer cuando es capaz de explotar el poder fálico del hombre.
El amante de Lady Chatterley es motivo de agrios ataques. La prensa lo califica de “letrina” y prohíben su venta en Inglaterra y Estados Unidos. Hasta su muerte, en 1930, Lawrence es señalado de pervertido, pero aun así, enfermo, defiende la idea de que la sexualidad es la comunión de dos corrientes sanguíneas.
* Escritor y subdirector de Noticias Caracol.