Era un mochilero en busca de historias, y nada más. Su decisión tenía en parte el rostro del azar y en parte el placer de la curiosidad. Malik Bendjelloul tenía 29 años cuando partió a Sudáfrica a eso: a buscar historias con un bolso terciado al hombro. Había sido actor en su niñez, reportero en su juventud, y ahora fungía como documentalista de un canal sueco. Por entonces no había filmado una historia que durara más de 25 minutos ni trabajado en ella más de seis meses: documentales sobre músicos que transmitían en televisión. Por entonces era sólo un creador de documentales quizá pasajeros.
En Sudáfrica, sin embargo, una historia lo encontró: él jamás se propuso buscarla, pero la historia llegó. Sugar, dueño de una tienda de discos en Ciudad del Cabo, le habló de Rodríguez, un hombre que nadie conocía pero cuyos temas todos habían escuchado. Bendjelloul pensó que su juicio, y el de otros tantos que recordaban a Sugar Man, era parcial. Reticente en principio, Bendjelloul salió a las calles y preguntó a la gente, a cualquiera: ¿conocen a este hombre, a este Rodríguez? “Y todo el mundo decía —cuenta Bendjelloul en una entrevista con The Independent—: ‘¿Cómo así que si he escuchado algo sobre él? Eso es como preguntarme si he escuchado a Jimi Hendrix. Claro que he escuchado a Rodríguez’. Entonces escuché su música desde otra perspectiva”.
No: esta no sería ya una historia de 25 minutos, muchos menos de seis, tampoco un segmento inicial de un programa cultural. Este era un filme largo, complejo, amplio: la historia de un hombre que se había convertido en ídolo y que nadie conocía más que a través de sus letras, en partes proféticas y en parte terrenales.
Hasta ese momento, Bendjelloul devengaba un salario por su trabajo en televisión; a partir de ese momento, y por cuatro años, no se sostendría más que por su propia voluntad, por su obsesiva curiosidad sobre una historia que era más que una mera anécdota. Bendjelloul sometió su vida a su oficio, a su pasión, sin interesarle nada más que el modo en que dicha pasión se convertiría en imágenes. Pedía un dólar aquí y allá y al mismo tiempo editaba, filmaba, buscaba que hasta las peores escenas fueran retratos épicos de un artista esencial. Filmó los últimos segmentos con su iPhone. Sin quererlo, o tal vez apenas previéndolo, Bendjelloul se convirtió en artista por efecto de su propia terquedad.
Buscando a Sugar Man revela una sensibilidad abierta, como una herida que se va curando a sí misma. Bendjelloul solía decir que Rodríguez era un hombre distinto a todos: que no le interesaba el dinero, que su vida no partía de consumir y consumir, que era un ser extraordinario. Esa descripción es la más exacta de su propio trabajo; sólo un hombre que da la vida por su obra merece ser llamado artista. En concepto, Rodríguez y Bendjelloul parecen confundirse: el primero sometió su voz a un canto profético; el segundo expuso su propia voz para rescatar ese canto profético. Ambos dejaron su vida en el arte.
“Este es mi primer filme —dijo en Screen Daily en julio de 2012, cuando presentó Buscando a Gugar Man—, de modo que he aprendido bastante. No creo que exista ninguna verdad. De seguro la próxima vez no lo haré más rápido; cada filme toma tanto tiempo como sea necesario y cada filme es único en muchos sentidos. Tienes que adaptar tus ideas a la historia. Aprendes que puedes hacer algo; por mi parte, en mi habitación en Estocolmo, me di cuenta de que podía hacer algo. Todo fue hecho de una manera muy primitiva: las pinturas fueron creadas en la cocina, y la música costó 200 dólares. Todo fue muy simple y hecho de una manera inspiradora. Del mismo modo en que lo haría Rodríguez”.
Sería difícil, dijo, encontrar una historia tan buena como la de Rodríguez, con todo ese drama y esa sorpresa. De cualquier modo, en esos cuatro años, Bendjelloul anotó 45 ideas en sus cuadernos: cuando un artista termina, apenas comienza.
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@acayaqui