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El artista del instante

Estrella de filmes como ‘Lawrence de Arabia’ y ‘Becket’, O’Toole es recordado también por su labor en el teatro inglés y su humor.

16 de diciembre de 2013 - 04:54 p. m.
Peter O’Toole por los tiempos en que filmó ‘Lawrence de Arabia’ (1962). / Flickr – classic film scans
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Habían arribado a España con el pretexto de filmar una serie de secuencias de Lawrence de Arabia, en cuyo rodaje gastarían dos años; ciertos parajes de Sevilla, por entonces, para efectos de la producción, se asemejaban a El Cairo y Jerusalén. Peter O’Toole, de 28 o 29 años, protagonista del filme, fue invitado por el productor Sam Spiegel a pasar un tiempo en su yate. Ambos no se la llevaban muy bien: habían trabajado en un filme anterior y en esta oportunidad fue Spiegel quien de tajo rehusó la participación de O’Toole en el filme. “No puedes traerlo —dijo a David Lean, director del filme—. Por el amor de Dios, David, no puedes traer a ese hombre horrible, a esa vida espantosa”.

Por eso, Spiegel había preferido a Marlon Brando o a Albert Finney. Ambos rechazaron la oferta, sin embargo: el primero porque ya había encontrado otra salida más decorosa, y el segundo porque no creía que el filme —que rememora la aventura de T.E. Lawrence en Arabia durante la primera guerra mundial— tuviera éxito. Spiegel, entonces, hubo de aceptar la elección de Lean: un actor casi desconocido, nacido en 1932 en Connemara, Irlanda, o en Leeds, Inglaterra, según otras lenguas; actor de la compañía Bristol Old Vic y recibido como artista de la Academia Real de Arte Dramático ocho años atrás.

Cuando le propusieron interpretar a Lawrence, Peter O’Toole —de un metro noventa y dos centímetros de estatura, ojos azules rodeados por tonos grisáceos y rostro flemático— actuaba como Shylock, el avaro comerciante de El mercader de Venecia de Shakespeare, en un teatro de Stratford upon Avon. Lean lo llamó; dijo que lo había visto en The Day They Robbed the Bank of England, donde hacía de soldado inglés, y que necesitaba eso. “¿Quién es el productor?”, preguntó O’Toole. “Sam Spiegel”, respondió Lean. La respuesta vino de inmediato: “Ni loco”.

Y, a pesar de todo ello, Peter O’Toole estaba allí, en el yate de Spiegel, luego de nueve meses de grabación. Nadie sabe, él nunca contó, sobre qué hablaron. O’Toole descendió del yate con un sentimiento horrible. “Su juego era la destrucción”, diría años después. Quizá para remediar su sensación, largó hacia un bar cercano al yate. Ya sumaba cuatro años actuando en cine: antes de Lawrence, había filmado Kidnapped, The Day They Robbed… y The Savage Innocents, y había posado su imagen magra en ocasionales filmes de televisión y episodios seriales. En las tablas interpretó a Cornwall en El Rey Lear, Henry Higgins en Pigmalión, Tanner en Hombre y Superhombre, Hamlet, y Vladimir en Esperando a Godot. Y de repente atendía su imagen en la pantalla, fijado al tiempo por una película de químicos. “Ay, cómo duele ver todo eso allá en la pantalla, solidificado, embalsamado —dijo en un perfil que el periodista Gay Talese escribió sobre él, Peter O’Toole en el viejo terruño—. Cuando una cosa se solidifica deja de estar viva. Es por eso que amo el teatro. Es el arte del instante. Estoy enamorado de lo efímero y odio lo permanente. Actuar es hacer carne las palabras (…) Jesús, ¿qué son las películas, si a eso vamos? Unas jodidas fotografías en movimiento, eso es todo. ¡Pero el teatro! Ah, allí obtienes la transitoriedad que adoro. Es algo así como un reflejo de la vida. Es… es como construir una estatua de nieve”.

En su paso por la armada, años atrás, tras fungir un tiempo como redactor y fotógrafo de un diario, alguien le preguntó qué deseaba ser. Poeta o actor, respondió. De modo que cada tanto escribía —publicó, en dos tomos, su autobiografía, Loitering With Intent— y siempre actuaría: actuaría después de Lawrence de Arabia en Becket y Adiós, Mr. Chips, y lo reconocerían de nuevo en The Stunt Man y Venus. Pero para ese momento, en que se dirigía hacia el bar contiguo al yate de Spiegel, y también quizá para la memoria póstuma, Peter O’Toole era sólo Lawrence.

En el bar, tal vez sentado en la barra, estaba John Box, director creativo del filme. O’Toole, desconcertado por cuanto había sucedido en el yate de Spiegel, quería contar sus penas, pero Box, antes de que hablara, le pidió que guardara silencio. “No, no, no, no me digas —le advirtió—. Estuve allí por una hora antes que tú”.

Spiegel, que prefería mantener a O’Toole a raya, diría años después que quizá nunca antes había encontrado tanta “vitalidad y sensibilidad” en un actor como en O’Toole. “Él (O’Toole) consentía con el método, con el realismo en la actuación, pero los ignoraba”, dijo el obituarista de The Guardian cuando se confirmó su muerte, el pasado domingo. De esa suerte era su papel, en la película embalsamadora o en las tablas efímeras: un hombre que hacía de su cuerpo un instrumento musical. “Yo —dijo O’Toole en una entrevista reciente—, Richard Burton y Richard Harris hicimos en público lo que los demás hacían en privado”.

O’Toole y Box se entregaron al vino. Decididos y alentados por él, salieron del bar y torcieron su rumbo, de nuevo, hacia el yate de Spiegel, quien negó a O’Toole y luego lo admiró, quien deseaba prescindir de él y alentó después el éxito de su filme. Ambos cruzaron la cadena atravesada en la entrada y pusieron pie en el yate.

Entonces se robaron todos sus cigarros y huyeron.

jtorres@elespectador.com

@acayaqui

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