Carsten Jensen es un escritor danés con el vigor y la vitalidad de un autor del siglo XIX. Tiene la precisión de Robert Louis Stevenson en sus descripciones; la energía de Herman Melville para hacer del mar un escenario donde el ser humano se reta a sí mismo; la capacidad de narrar una batalla con el ritmo trepidante de un ruso y el conocimiento de primera mano que tuvo Joseph Conrad durante su juventud para escribir después sus relatos. Aparte de esto, también tiene la virtud de ser un autor que en la comparación nos permite concluir: se debe a la tradición, pero su mundo tiene la autenticidad de lo excepcional.
Más allá de sus influencias, es un periodista y novelista nacido en la población de Marstal, en el sur de Dinamarca, en 1952, que enseña con sus relatos y crónicas de viaje de qué manera el ser humano es capaz de sobrevivir, con esperanza, a pesar de sus miserias, su crueldad o las amenazas sin pausa que murmura la muerte en un mundo doblegado al exterminio.
Para escribir Nosotros, los ahogados, Jensen trazó una frontera cronológica a su historia: 1848-945. Dos épocas en las que Dinamarca se enfrentó a los alemanes. Cuando la pesadilla de la guerra se inició, alcanzó su clímax y al fin quedó atrás para que Marstal —el escenario central de la novela, aparte del mar y su vasta geografía— pudiera seguir con su vida tanto en tierra firme, como en la distancia de los puertos lejanos que vieron anclar a las embarcaciones provenientes de esta región de navegantes.
La multitud que aparece, actúa y se desvanece en el transcurso de la novela, revela una tensión que los reúne a todos: la admiración, el respeto y el temor al mar. Por su carácter impredecible, su promesa para ver el mundo más allá de la provincia y el repertorio de aventuras que narran los que han viajado y regresado a Marstal, el mar simula una sirena a la que todos, tarde o temprano, atienden su llamado.
El pueblo puede tener un cementerio en tierra firme, pero comprende que el verdadero cementerio de un marino es el mar. Marstal es así un lugar donde viven varios huérfanos y viudas. Aunque quizás puedan intuir que su padre y su amante es la extensión que se alarga hasta el horizonte y que jamás los abandona.
El punto de vista con el que se narra la novela, pasando del “yo” al “nosotros”, según la intensidad del relato, puede leerse con la resonancia del eco que determina la relación entre el individuo y su pueblo. En el título se enfatiza, con la primera persona del plural, que nadie es una isla y que todos moldeamos nuestra visión del mundo gracias a los otros.
Una idea representada por la piedra monumental que se erige en Marstal, con una leyenda que advierte: ‘La unión hace la fuerza’. Una frase tan antigua que no deja de ser cierta. Los marinos de la novela la dotan de un sentido novedoso cuando saben que la unión no solamente es un asunto entre los vivos, sino también con los muertos, con aquellos que naufragaron y le dieron una dimensión al legado que permanece en sus descendientes —así como Jensen cita en las últimas páginas del libro a los autores que le sirvieron como referencia para la investigación y para el tono de su novela—.
La memoria no permite en Nosotros, los ahogados la apatía del olvido. Quizás muchos de sus protagonistas murieron en sus páginas. Sin embargo, el lector los puede revivir sumergiéndose —sin naufragar— en la magnitud de su trama, bailando como los habitantes de Marstal con los ahogados, sin dudar, cuando Jensen concluye que “ellos éramos nosotros”, que su mundo es también el de aquel capaz de navegar entre líneas, con la certeza de que al final recordará de manera entrañable sus episodios, narrados con la intensidad de un pasado que no cesa.