A finales de mayo de 2010, tras regresar de Santa Marta, donde había participado en las grabaciones de la telenovela Chepe Fortuna, Germán Quintero se vio forzado a enfrentar el momento más crucial de su vida. Un tromboembolismo pulmonar lo llevó a la unidad de cuidados intensivos de la Clínica del Country, donde estuvo un mes y medio seducido por la muerte. Cuando regresó a su casa entendió que esa dura experiencia personal debía convertirse en obra de teatro. Así nació Muéreme, el agridulce momento de un final inesperado.
Por paradojas del destino, un mes antes del percance había conocido al actor y coreógrafo Carlos Ramírez, quien le manifestó su interés en un montaje conjunto. Tras su regreso del universo alucinante de extrañas sensaciones que tuvo que afrontar en la clínica, Quintero entendió que Ramírez debía ser su socio en la versión de su experiencia. A cuatro manos redactaron un primer texto y, en asunto de cinco meses, quedó lista la estructura del libreto. Lo demás se fue ajustando hasta encontrar los elementos claves de la propuesta teatral.
Al principio era un elenco mayor. Incluso, Germán Quintero siempre quiso que en algún momento apareciera el personaje más admirado en su larga carrera teatral, el Ricardo III de William Shakespeare. Pero después de un intenso taller de creación colectiva, la obra quedó suscrita al paciente que vive los últimos quince minutos de su existencia rodeado por tres mujeres que no se conocen entre sí, pero terminan unidas por la fatalidad de un hombre en la agonía: su hija, su amiga y su pareja.
Él recuerda que en los chispazos de lucidez que tuvo durante su paso por cuidados intensivos , veía imágenes de mujeres. Su madre, su compañera, la empleada de su casa, hasta su primera novia, y una galería, entre desconocidas o por aparecer. Hermanas, amigas, colegas, siempre presentes como vigías de su intensa lucha. Esos nudos de la memoria se transformaron en su trabajo Muéreme, donde el baile y la música tienen el otro protagonismo de la historia.
A sus 54 años, treinta de ellos dedicados a la actuación, es la primera vez que Germán Quintero es coautor de una obra. Y lo hizo apoyado en la escenografía de Eduardo Hernández, el aporte musical de Rodrigo Restrepo y la banda sonora de Benjamín Calais, para desarrollar un montaje teatral de estados alterados, estética minimalista y poesía labrada desde el movimiento. En el teatro o en la televisión, Quintero había muerto muchas veces. Baleado o por deceso natural, pero esta vez llega al final enfrentando sus miedos y sus zonas grises.
Y tres talentosas actrices le ayudan a transmitir la idea de que se vive mejor si se entiende que todo es finito y que morirse es parte de la vida y va ocurriendo poco a poco. Ángela Carrizosa, de la película Karen llora en un bus, Patricia Bermúdez, además cantante y a punto de lanzar su primer álbum como solista, y Ángela Monroy, creadora del Teatro Barasanta, son las coprotagonistas de esta historia diferente que alude a la luz blanca, el túnel de la memoria y demás experiencias de quien ha llegado al límite de la vida y no se va.
Y Germán Quintero, por alguna razón que prefiere no confrontar, sabe que si bien no fue más allá, todo aquello “tan loco” que vivió, tenía que escribirlo. De alguna manera era el momento de repasar 30 años en los escenarios, desde que fue estudiante de la Escuela de Teatro del Distrito, actor del Teatro Estudio de Bogotá o aprendiz de dirección escénica en Alemania. Aunque ya es un reconocido actor de televisión, sabía que el teatro era esta vez su lenguaje, movido por la necesidad de recrear el momento más sublime del hombre.
¿Qué pasa después de la muerte o el tránsito hacia ella? ¿De qué manera este acontecimiento ayuda a quienes sobreviven para repensar sus relaciones con el mundo? A través de monólogos, coreografía, coros y baile, la obra Muéreme pretende ser un laboratorio estético sobre el imaginario negocio entre aferrarse a la vida o desprenderse de ella para pasar a otro plano. Según Germán Quintero, únicamente para llegar a la conclusión valedera y eficaz en el mundo físico “hay que aliviar el equipaje y reconciliar el corazón con el cerebro”.