La entrevista fue muy especial, y verla publicada confirmó la sensación: fue tan cercana a pesar de la distancia física que nos separaba a mi amigo y a mí. Cuando se compartió en redes, a la gente, por sus comentarios, pareció gustarle.
Tiempo después, una editorial también colombiana le ofreció a ese amigo publicar en un libro las mejores entrevistas de su sección. Él me llamó, dijo que existía la posibilidad de esa publicación y me pidió actualizar información de aquella entrevista, pues para ese momento ya había salido mi novela El día de los dos goles. Me envió un par de preguntas más, como para dejar pareja la conversación, y yo las respondí sin perder la esencia del ritmo con el que habíamos logrado aquella primera versión de la charla. Por supuesto me advirtió que no dependía de él si yo lograba aparecer allí o no, eso era una decisión de la editorial. Finalmente, se eligieron las entrevistas que saldrían publicadas y mi amigo me contó que la mía y la de otros más no serían parte del libro. Lo supuse, le dije. La verdad sí lo supuse; de hecho, es lo normal dentro de las lógicas del mercado: no éramos competencia para las otras voces que estarían en libro: Evelio Rosero, Pablo Montoya, Ana María Shua (¡Ana María Shua!), Gustavo Álvarez Gardeazábal… No había chance. No nos conocen, luego no vendemos. Reitero, esa disección es un simple asunto de rutina mercantil.
Sin embargo, todos estos cortes de franela me pusieron a pensar sobre los silencios en el arte; la vida artística también funciona como la Internet (o antes la televisión): lo que no se muestra, no existe. Somos como los retazos de tela que no alcanzan a servir ni de adorno, entonces pasamos a engrosar la lista de los invisibles que terminan en un cementerio. No somos parte del sesgo de la realidad, tan aristotélica y paradójica en tiempos de redes; al contario, estamos al otro lado, lejos de las miradas, de los focos, más bien somos cercanos, siguiendo esta idea del sesgo, a Platón y al budismo.
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Meses después me enteré de que había ocupado el segundo lugar en uno de los concursos más importantes de cuento en el país, ¡qué lujo! Una recompensa de la vida por todo el tiempo que han invertido mis dedos golpeando el teclado del computador. Entonces recibí el libro que la entidad publica con los ganadores del concurso y sus veintidós finalistas. Empecé a leer los textos y los nombres de los escritores, varios conocidos y amigos, y otros al parecer lejos del mundo literario que conozco.
¡Y qué cuentos encontré!
Una calidad impecable en la escritura, historias bien construidas, unas que me gustaron mucho, algunas no tanto y otras me aburrieron antes de terminarlas; pero lo destacable de ese ejercicio de lectura fue darme cuenta, una vez más, de todos aquellos artistas talentosos en busca de un lugar en este establo repleto de vacas sagradas, con la única intención (por ahora) de que su voz literaria sea escuchada. Pero no es posible: también hacen parte del cementerio de los invisibles.
Lo mismo sentí después de leer el libro de cuentos “Espirales rotas” del escritor araucano Nelson Pérez Medina (¿quién?). Muchos somos los que desembocamos en el silencio, en lo que no se nombra.
Pasa lo mismo en la ciencia, en la política, en el deporte, en la academia… Somos todos parte de un proceso de selección, una selección no natural, pero sí muy humana.
Este cementerio de invisibles es amplio y democrático, tiene campo para todo el mundo, es infinito como el infierno. Con la única diferencia de que esta tierra que nos cobija no puede hacer otra cosa diferente que arder de frío.
De un frío asfixiante.