El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

El cine dibujado en México

Los afiches publicitarios de las películas aztecas quedaron consignados en el reciente libro, ‘El cartel cinematográfico en México’.

17 de mayo de 2012 - 05:00 p. m.
PUBLICIDAD

María Félix gozó haciendo sufrir a los otros cuando trabajó en Vértigo (Momplet, 1945). No quiso besar al galán de la película, Emilio Tuero, alegando que le apestaba la boca. Aún así, la Divina Garza y Tuero siguen con su coqueteo en el cartel dibujado para el filme por Josep Renau. Permanece la pasión que le enciende las mejillas a la diva, mientras que Tuero le avanza su beso con halitosis. Felizmente para Félix, la ensoñación del dibujo no tiene aromas perversos. Tampoco para nosotros, para el lector de un libro que ya urgía: ¡Hoy grandioso estreno! El cartel cinematográfico en México (México: Conaculta, 2011), coordinado en su edición por el traductor y crítico de cine Carlos Bonfil. Un rescate del arte hecho imagen y síntesis de una película para seducir al público que veía en el papel lo que sería después una promesa cumplida animando la pantalla.

Desde sus orígenes, representados en los primeros carteles, avanzamos por la historia mexicana dentro y fuera de la pantalla —o, como señala Bonfil en la introducción del libro, “de la desconfianza al pasmo”; de la suspicacia a finales del siglo XIX a la entretención hecha hábito y al cine como hábito hecho vicio—. Federico Dávalos —en “Los primeros años de la promoción fílmica”—, señala los períodos en que aparece el cartel: 1895-1907, 1907-1916, 1916-1931. Del cine mudo y su registro documental del mundo, al cine proveniente de las geografías del prestigio que hicieron de Europa y Estados Unidos industrias que marcaron la pauta para narrar con imágenes, parándose el tren de Dávalos en la película que trazó un antes y un después entre el mudo y el sonido, Santa (Moreno, 1931), haciendo el milagro su actriz, Lupita Tovar, para que el mudo hablara y el sonido fuera música en los oídos del público.

Continúa la historia con la Época de Oro del cine mexicano —mediados de los años 30 hasta mediados de los años 50—, cuando las estrellas imponían su rostro como atracción que imantaba la fascinación. Jorge Negrete, Cantinflas, Dolores del Río, Pedro Infante, Miroslava, Tin Tan, fueron el reto a explorar por los artistas que le pusieron su sello a los carteles que seducían al público para que viera El fanfarrón, No te engañes corazón, Las abandonadas, Cuidado con el amor, El puerto de los 7 vicios, El rey del barrio.

Un tiempo en el que brilla el nombre del legendario Ernesto García Cabral, El Chango —junto al de otros artistas: Josep y Juan Renau, José Spert, Francisco Rivera Gil, Ernesto Guasp, Germán Robles—. “Un periodista, un reportero gráfico en busca de una exclusiva, que en este caso era la imagen exacta de la película”, escribe Rafael Barajas en “Cuando Cabral es la estrella de la película”. Y era la estrella: decía que había sido actor y director, aunque fuera por media hora; visitaba los sets de rodaje para concebir la idea de sus carteles; cortejaba y besuqueaba a las vedettes; les daba movimiento a las caderas de las actrices que podían bailar como Las 3 alegres comadres en el cartel que dibujó para la película de Tito Davison; pobló la imaginación de la audiencia que en sus trazos descubría de qué se trataba un filme.

Historia del diseño y la publicidad, de las costumbres cambiantes según la época y los gobiernos de México, del rumbo que tendría la pantalla cuando las generaciones cambiaron para llegar al futuro, el libro de Bonfil y sus colaboradores sitúa en la memoria a los que hicieron carteles y, suele suceder, fueron opacados, pero ahora rescatados, por el fetiche que representa el nombre de una estrella, del director, del título de la película. Un combate desigual que ahora equilibra los términos con este paneo que enseña el arte de los pioneros —cuando los emisarios Lumière llegaron a México llevando la buena nueva del cine—, hasta carteles recientes en la primera década del siglo XX —terminando el libro con una declaración de principios, escrita por Miguel Arciniegas, “El arte de vender en el séptimo arte”, donde la ecuación es clara: entretención = $—. Una entretención que asombra por el talento y la gracia de los carteles que ahora regresan con la nostalgia, mientras el tiempo avanza dibujado en este libro.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias