Hace tres décadas, Gloria Castro soñaba con ganarse la lotería para crear un colegio donde los niños de Cali sólo aprendieran a bailar ballet. Acababa de llegar de Londres, donde se desempeñó como bailarina de grandes compañías.
En ese entonces, el Instituto de Bellas Artes de la ciudad sólo tenía un programa de enseñanza de ballet con el que los niños, después de sus clases en los colegios, llegaban por las tardes, tomaban unas cuantas horas de baile y regresaban en las noches a sus casas.
A Juana Hernández las noches no le duran mucho. Llega a su casa a las 6:30 p.m., come algo libre de grasa y harina —porque, a sus doce años, ya es consciente de que su cuerpo es su instrumento de trabajo— y se acuesta.
Juana y Gloria se encuentran todas las mañanas en el “matutino”. Una reunión de 20 minutos en la que la directora del Instituto Colombiano de Ballet Clásico ,Incolballet, Gloria Castro, les anuncia a sus estudiantes, entre ellas Juana, quien está en tercer año de ballet, es decir, sexto de primaria, los acontecimientos más importantes del día.
Después, Juana se quita el uniforme del Instituto, se acomoda su trusa negra, se amarra perfectamente las zapatillas y se aplica un poco de gel para aplacar los cabellos que le sobran del peinado que se hizo ella sola a las 5:30 de la mañana. Son los requisitos que tiene que cumplir para entrar a su clase de ballet, que dura toda la mañana.
“¡Hombros, hombros!, ¡suban la nariz!, ¡estiren las piernitas! Niñas, nos falta todavía”, anuncia la profesora a once compañeras de Juana. Ellas hacen un ensayo previo a la presentación que tienen en el Colegio Alemán.
Antes de su intervención en la clausura del colegio que visitarán, las niñas salen a descanso. En la cafetería de Incolballet no venden nada frito, sólo venden productos integrales y últimamente han incorporado en su menú algunos lácteos. No hay dulces ni mucho menos gaseosas. A los estudiantes de este colegio no les hace falta nada de eso.
Desde el momento en que ingresan a la institución, los maestros les inculcan un respeto total por su cuerpo, que incluye cuidarlo y mantenerlo delgado. Además de esto, en el primer año de ballet, lo que corresponde a cuarto de primaria, los niños aprenden a manejar el cuerpo. “Todo lo enseñamos a través del juego”, comenta la maestra cubana Helena Cala.
Las niñas llegan al Colegio Alemán. Juana no hace parte del grupo que se presentará, pero le pidió a la profesora que la dejara ir para ayudarles durante el evento.
La presentación sale muy bien. “Mejoraste en el sube y baja”, le dice Juana a una de sus compañeras, mientras le arregla el peinado. El sube y baja consiste en parar y bajar las puntas de los pies de manera rápida.
Los niños y las niñas que estudian en Incolballet quieren aprender cuanto antes a pararse en puntas. Sin embargo, después de que aprenden a hacerlo, en segundo año, vienen las dolencias.
“Los pies se les ampollan, algunas sufren de juanetes, se les salen algunos huesos. Pero con el tiempo superan esto porque están comprometidos con su sueño de convertirse en bailarines profesionales”, comenta la maestra Helena.
De eso está muy seguro Yeison, el único compañero hombre que tiene Juana. Entró al instituto porque sus padres así lo quisieron. Tiempo después le cogió mucho cariño a la danza y por eso aprendió a lidiar con los comentarios de sus amigos del barrio que le decían que era gay por estudiar en un colegio de ballet.
Después de su presentación, el grupo vuelve a lncolballet y se prepara para almorzar. Esta vez el menú es del agrado de Juana: “pernil del que uno come en navidad, ensalada, papas al vapor y jugo de lulo sin azúcar”.
Una hora y 20 minutos dura su descanso. En la tarde, los estudiantes ven todas las materias académicas que exige el sistema educativo nacional. No les dejan tareas de este tipo porque la jornada va hasta las 5:30 de la tarde. Algunas veces Juana tarda un poco más en llegar a su casa, porque decide ver las presentaciones que realizan los del grupo profesional.
Esta compañía es el primer lugar donde puede trabajar un egresado de Incolballet. Sin embargo, más de 45 de sus estudiantes están fuera del país.
“Entre los más destacados están Juan Carlos Peñuela, del Arjunt Ballet de Nueva York, y Catalina Gómez y Felipe Figueroa, quienes trabajan en el Ballet Gamonet de Miami”, afirma Gloria Castro, directora de la escuela, quien se enorgullece al decir que las condiciones sociales de muchas de las familias de sus alumnos mejoraron cuando ellos se graduaron del Instituto.
Y aunque de los 30 niños que se reciben anualmente sólo se gradúan siete, se puede afirmar que son los mejores, pues han aprobado durante todos los años las dos evaluaciones bimensuales que se hacen.
Juana sueña con ser bailarina de la compañía profesional de Incolballet. Gloria Castro anhela conseguir los recursos necesarios para formar con sus estudiantes una compañía profesional de folclor que, como la de ballet, se convierta en la cuna de los mejores bailarines profesionales de folclor de América Latina.
De Incolballet a la televisión
A la artista caleña Carolina Ramírez sólo le faltó año y medio para graduarse de bachiller en Incolballet. A su padre lo trasladaron a Bogotá y por eso ella tuvo que renunciar a la escuela.
Al igual que muchas de sus compañeras, la decisión de entrar al Instituto la tomaron sus padres porque Ramírez practicaba desde pequeña gimnasia olímpica y le gustaba la danza. Entró a los nueve años a la escuela y tres años después ya hacia dietas.
Sin embargo, “no era muy juiciosa porque cuando uno está en la adolescencia se antoja de muchas cosas, quiere probarlo todo y es muy difícil seguir cualquier tipo de régimen”, afirma la actriz.
Su paso por el Instituto le enseñó varias cosas que ahora aplica a la actuación, entre ellas el manejo de su cuerpo, perderle el miedo al público y sobre todo ser disciplinada.
La actriz, quien actualmente graba la novela Las trampas del amor, en la que es la protagonista, y trabaja para el montaje teatral Closer, del Teatro Nacional, comenta que su sueño siempre fue convertirse en una bailarina de la compañía profesional de Incolballet.
En Cifras
$5000
es lo que paga un alumno de Incolballet mensualmente.La gobernación del Valle aporta al Instituto anualmente 1.000 millones de pesos aproximadamente.