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El cómic, mucho más que entretenimiento

La circulación del cómic en Colombia ha pasado por diversas dificultades, barreras culturales y económicas. Aun así, los coleccionistas reclaman un espacio más amplio para la historieta como otra manifestación artística.

17 de agosto de 2018 - 09:53 p. m.
Cortesía
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En 1935, Malcolm Wheeler-Nicholson, empresario y militar estadounidense, decidió arriesgarse en el mundo editorial con una propuesta fuera de lo común. Estrenó una revista de tamaño tabloide titulada The Big Comic Magazine. Una apuesta sin precedentes que, como todo proceso innovador, estalló con una crisis financiera en 1937. Wheeler-Nicholson no tenía cómo sostener las impresiones y estaba endeudado con Harry Donenfeld, dueño de la planta impresora. La solución que se dio fue nombrar al segundo como socio; a partir de ese momento se formó la editorial Detective Comics Inc, hoy conocida como DC Comics.

Wheeler-Nicholson no aguantó la crisis financiera y salió del negocio. La empresa continuó funcionando y al poco tiempo lanzó el título Action Comics, presentando en su primer número a un personaje que con el paso del tiempo se convertiría en un ícono de la cultura pop: Superman. La fecha de la tapa data de junio de 1938, esa fue la primera vez que se lanzaría al público un personaje con el arquetipo de superhéroe.

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A partir de 1938, y dado el éxito en las ventas, Detective Comics lanzó una serie de publicaciones impulsando a otros personajes del mismo arquetipo de Superman. Nacieron y se inmortalizaron Batman, la Mujer Maravilla e incluso la Justice Society of America, el primer equipo de superhéroes. A finales de los años 50 y principios de los 60, época conocida como la edad de plata del cómic, se crearon en DC personajes como Linterna Verde, el Hombre Halcón y Átomo. También se hizo un relanzamiento del antiguo equipo de superhéroes renombrándolo como la Liga de la Justicia de América. Las ventas de DC estaban disparadas hasta el renacimiento de Marvel Comics, una editorial pequeña que funcionaba desde 1932, que fue creciendo a pasos agigantados con la llegada de Stan Lee y un grupo de creativos, quienes idearon un universo con superhéroes complejos e historias bien narradas; dentro de las que se destacan la Antorcha Humana y el más vendido de todos: el Capitán América. Ese fue el surgimiento de una competencia titánica, convirtiéndose en las editoriales más poderosas de la industria.

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El auge de los personajes DC no se hizo esperar en el público colombiano. Un sector interesado en otras manifestaciones artísticas encontró en el cómic un espacio underground para la cultura. El cómic en Colombia surgió con una influencia dura de la industria estadounidense. En los años 60 dibujantes como Ernesto Franco, Carlos Garzón y Jorge Peña se aventuraron a contar historias de forma alternativa a la literatura tradicional. Hacerse a un lugar en el campo artístico en Colombia es difícil, pues somos reacios a la novedad o la vanguardia, y para el cómic no fue la excepción. Podemos decir que en esta década ocurrió el auge del cómic dentro del país, como lugar para la exploración artística, pero no como surgimiento de la industria.

A partir de los años 90 surgieron varios historietistas en Colombia que, alineados con otros artistas del cómic internacional, empezaron a narrar historias cotidianas. Los periódicos y suplementos culturales han sido claves para la divulgación y posicionamiento del cómic. Incluso teniendo gran acogida por muchos periodistas que buscaban nuevas formas de narrar y exploraron con el reportaje, la escritura y el dibujo para entregar historietas de no ficción en el ámbito periodístico. Aun así, el cómic ha tenido que enfrentarse a duras críticas por parte de artistas y periodistas que lo consideraron durante mucho tiempo un género de clase b. En palabras de Álvaro Pons, crítico de cómic español: “El cómic ha recorrido un largo y doloroso proceso de reconocimiento, en recurrente exigencia de la demostración de sus capacidades, que recoge hoy frutos al quebrantar toda frontera impuesta (o autoimpuesta). Una de esas transgresiones sigue el camino de Töpffer para entrar de lleno en la aplicación de las potencialidades de la historieta en el terreno de la no ficción”.

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Aunque la divulgación y el consumo de cómic se han ido transformando con el paso de los años, este ha tenido un proceso lento de aceptación dentro de muchos sectores culturales del país. Incluso en la ley del libro del 93 fue excluido de considerarlo dentro de la industria de libros, revistas o folletos de carácter cultural o científico, relegándolo a la categoría de horóscopos, fotonovelas y publicaciones pornográficas. Para Mario Cárdenas, promotor de la lectura de cómic en el país por más de diez años, mediar entre la academia y el cómic ha sido muy complicado: “Cuando estudiaba literatura me di cuenta de las limitaciones que tiene la circulación de la novela gráfica; en el ámbito académico todavía hay sectores que no la reconocen como arte. Aunque se han hecho esfuerzos por parte de instituciones, bibliotecas públicas y universitarias, todavía hay un camino muy amplio por recorrer para encontrar la gran dimensión que tiene el cómic como una forma de arte que nos podría dar muchos espacios para la lectura”.

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Juan David Cabrera es el presidente del club de fans de DC Latinoamérica. Lleva más de cinco años promoviendo la divulgación de las historietas de la casa editorial en este lado del continente. Él afirma que una de las cosas más complicadas en su labor es el tema de las exportaciones y el valor del material en cuanto al cambio del dólar. A esto se suma, según Mario Cárdenas, cierta estrechez de parte de los lectores en Colombia: “Lectores regidos por normas que no quieren apartarse de su campo cómodo de lectura Eso les hace apartarse de lo que ignoran, no interesarse y perder la curiosidad. En el caso del cómic, como no lo conocen lo consideran un arte menor, sin importancia, que no sirve para nada o de poca seriedad y eso ha hecho que el flujo o la cadena comercial casi que sea inexistente”.

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