¿Por qué se fija en la novela negra después de todos estos años de escritura?
Mi marido, William Goldman, escribe novelas policiales, y son novelas situadas en San Francisco en los años 60. Lleva como seis novelas en los últimos 15 años. Y a Carmen Balcells se le ocurrió que escribiéramos a cuatro manos. Así llegamos hasta el 7 de enero de 2012, pero no teníamos nada concreto y ya estábamos peleando. Nuestros estilos son tan distintos que eso no iba a resultar nunca. Entonces el 8 me di cuenta de que yo iba a terminar escribiendo la novela. Esa misma noche vi a mi nieta Andrea jugando en línea con unos amigos un juego llamado Ripper, por Jack el Destripador. Se trata de pillar al destripador. Cada jugador tiene un personaje que ha creado. Esta es una idea genial: mis detectives pueden ser estos niños. Me permitieron jugarlo para darme cuenta de cómo funciona y para transformarlo y que me sirviera para el libro.
¿Qué educación tuvo para escribir este libro? Usted solía leer a Agatha Christie y Arthur Conan Doyle…
Claro, todos esos escritores de la primera juventud ya no me servían para nada. Tampoco es un género que me interese leer mucho. Ni las películas de crímenes y de detectives. Para escribir esta novela leí las novelas que en el momento estaban de supermoda: los escandinavos, Stieg Larsson… Y dije: no puedo escribir esto, es demasiado brutal, demasiado violento. Y después empecé a pensar en el Quijote. Cervantes lo escribió cuando estaban de moda las novelas de caballería, y lo hizo un poco en broma. ¿Sería capaz de escribir una novela policial que tuviera todas las características pero que fuera en broma? Y eso fue lo que me propuse.
Muchos piensan que la novela negra es un género menor. ¿Qué piensa de eso?
¿Quién da esa clasificación? Se considera literatura lo que escriben los machos blancos; todo lo demás lleva un adjetivo. Literatura negra, infantil, juvenil. Son diminutivos todos. ¿Quién decide eso? Yo escribí una trilogía para jóvenes. Y me dijeron: ¿para qué te metes en esto si es una literatura menor? A ver, trata de hacerlo, a ver si es tan menor. Con este libro siento que están mis personajes, mis cuidados, y si el género es o no, que cada uno juzgue. Llevo 40 años escribiendo y 60 millones de libros vendidos, y creo que puedo hacerlo, tengo algún oficio.
¿Tiene interés en algún otro género?
No sé qué voy a escribir más adelante, porque cada proyecto es distinto. Me gustaría volver a escribir cuentos como los de Eva Luna en los ochenta. Es un género muy difícil para mí; prefiero mil veces una novela larga. O me gustaría escribir una novela erótica. Pero el tema surge dependiendo de las circunstancias de mi vida. Recientemente me di cuenta de que estaba escribiendo libros en que los personajes son muy jóvenes, y es porque estoy rodeada de gente muy joven, de mis nietos.
¿Qué investigación realizó para este libro?
Asistí a una conferencia de escritores de novela negra. Y había policías, patólogos, detectives, expertos en armas, soldados, en fin, y ellos dictaban sus charlas. Aprendí mucho y salí con una lista de libros de no ficción, sobre venenos, descomposición de cadáveres, etc. Luego conseguí personas que me ayudaran a crear los personajes. No sé nada, por ejemplo, de una navy seal, de un soldado estadounidense. Entonces me conseguí uno y me fui para Washington y pasé tres días con él. Me mostró cartas, me contó su vida, lo vi actuar, pude imaginar mi personaje basándome en una persona real. Después, para la sanadora, Indiana, también busqué un personaje que me diera todas las claves.
¿Y la novela negra también le permite jugar con aspectos psicológicos?
Claro. Te permite hacer muchas cosas, hacer comentarios sobre la vida, sobre la sociedad; si está bien escrita, se lee como literatura. La gente busca a los personajes, el crimen no es lo único que interesa.
Sus personajes, por lo general, tienen características fuera de lo común. ¿Cómo concilió eso con lo “terrenal” de la novela negra?
Siempre escribo más o menos el mismo tipo de libro: a pesar del hecho de que sea una novela negra o juvenil, sigo pareciendo yo entre líneas, los mismos personajes, la gente marginal que desafía las convenciones. En vez de tener a James Bond, tomo a una chiquilla media autista, por ejemplo. Me interesan esos personajes, que son un poco marginales. ¿Cómo lo combino? No sé.
En su literatura existe una gran fijación en el papel de la mujer. ¿Qué le interesa de su naturaleza como material literario?
Todo. Y como he trabajado con ellas toda la vida, las conozco mejor que a los hombres. Y tengo una fundación que trabaja empoderando mujeres y niñas en salud, educación y protección en muchas partes del mundo. Mujeres violadas en el Congo, mujeres ilegales en Estados Unidos que están en prisión. Conozco muchos casos. Lo que me sorprende cada vez más es la infinita capacidad de sobrevivir y de superar los obstáculos más fuertes, siempre teniendo en cuenta a los demás. Son las más generosas, las más valientes. Son personajes fantásticos para la literatura. Y además existen.
¿La literatura serviría para reivindicar el papel de la mujer?
No intento eso. Intento contar una historia, la que me interesa, y esa gente extraordinaria es la que me interesa. Cuando me siento a escribir, estoy aprisionada por esa historia y quiero contarla. Pero no se trata de cambiar a las mujeres ni de predicar el feminismo. Y si la historia me interesa, tiene todo esto entre líneas.
Usted también se fija con frecuencia en las relaciones amorosas de las mujeres, en el impacto que tienen en su vida. ¿Cómo trata un tema tan usado en la literatura para rescatarlo?
No trato de rescatarlo, sino de contar cómo lo he vivido. Una cosa es lo que uno ha vivido y lo que desearía vivir, que también es parte de la psiquis femenina: ese anhelo por la profundidad, el romance y la fidelidad que la mayor parte de las veces no se dan. Cuando estoy escribiendo, pienso que mis libros los leen más mujeres que hombres. Ojalá los hombres aprendan algo de esto, se den cuenta de qué nos gusta, qué sentimos, qué nos hace vibrar, qué nos ofende.
El amor también se cruza, en sus novelas, con un entorno social. Como en ‘Inés del alma mía’, su novela de 1987. ¿Usted planea desde antes ese cruce o se va dando mientras escribe?
Depende del libro. En Inés está basado en un personaje real, una mujer que se atrevió a ir a la conquista del territorio más difícil del mundo. En otro libro, una chica viene escondida en la cala de un barco. ¿Por qué? Viene por amor. Ahí las circunstancias también las da la historia misma.
Por esas circunstancias ha sido clasificada en el realismo mágico. Usted ha dicho que también lo encuentra en otras literaturas…
El realismo mágico llegó a ser una especie de aliño que se le puso a todo. Hay historias que necesitan realismo mágico y otras en que sale completamente artificial. Además, la idea de que el mundo es un lugar muy misterioso y no tenemos explicación para la mitad de las cosas que nos pasan, si uno lo acepta, le da una gran dimensión a la literatura. Le dejo la posibilidad al lector de que todo eso exista, pero no lo utilizo como sal y pimienta. Hay veces que no se puede y otras en que la magia es fundamental. Como en La isla bajo el mar, sobre la revolución de Haití hace 200 años; llegué a la conclusión de que la razón para que triunfara la revolución era el vudú. Porque lo único que conectaba a los esclavos que venían de África y los metían en una plantación, en condiciones infrahumanas, era la creencia espiritual. Esa creencia, y la creencia de que los espíritus pueden ser llamados, les dieron a los esclavos un valor sobrehumano. Por cada esclavo había diez mil espíritus acompañándolo. Eso es mágico. ¿Cómo me iba a saltar eso en el libro?
A propósito, ¿cómo ha sido su encuentro con las creencias espirituales?
No soy una persona religiosa. Me criaron católica. A los quince años dejé la Iglesia y no volví nunca más. No creo en el dios que me enseñaron. Pero tengo una práctica espiritual; comienzo el día con una meditación. Creo que el espíritu de mi hija (Paula, fallecida en 1992) trascendió su cuerpo y vive en otro espacio, de otra manera. Creo que todo es posible: que hay gente con poderes psíquicos. ¿Y por qué no estar abierta a todo eso?
Hablemos de quienes la han criticado. ¿Qué piensa de lo que ha dicho Elena Poniatowska sobre su literatura, y también Roberto Bolaño?
Fíjate que las críticas negativas siempre vienen de escritores que venden menos que yo.
¿Sólo por envidia?
No sé, pero es así.
jtorres@elespectador.com
@acayaqui