“Me voy a morir”, fue lo primero que pensé cuando el presidente anunció que deberíamos aislarnos por, mínimo, dos meses y medio. Cuando tienes 81 años de edad, dos meses y medio no son 75 días, son realmente días que le estás robando a los dioses, porque la esperanza de vida en Colombia ronda los 77 años. Entonces, imagínese estar encerrado en una casa, solo, en silla de ruedas y con una enfermera que entra y sale, cada día con mayor probabilidad de traer ese virus que ha paralizado al planeta entero. Esa es una muy, muy mala manera de robarle el tiempo a los dioses.
Dicen que una manera de aprovechar este hurto divino es leyendo, viendo series y pagando cursos online. Pero a los 81 años me quedo dormido leyendo hasta la más interesante novela, las series ya no las entiendo y ni siquiera me he tomado la molestia de pagar alguna plataforma de esas digitales, ¿y curso online? Cómo podría aprovechar un curso online si ya tengo los días contados.
El presidente no pensó en eso cuando decretó esta medida. ¿De verdad creyó que seguíamos con mentalidad de muchachito de 20 años? ¿En serio? Cuando tienes 81 años la diversión no tiene cabida, y esa es la venganza de los dioses.
Entonces voy a morir, así como todos los demás que decidieron desafiar a los designios celestes. Ay, que este virus es una llamada, un oráculo, un juego y voy a perder. Pero antes tendré que hacer una última jugada maestra, y de lo que sí gozamos los viejos es de aburrimiento, ese mundo mágico en donde las más brillantes ideas nacen. Ya lo he pensado, lo he rumiado y hasta soñado, voy a irme como Prometeo resignado, ya verán esos dioses.
Lo que voy a hacer será hablar con los muertos antes de que esta Tierra se convierta en un camposanto y tener una amena conversación con los muertos sea común y corriente. Seré un innovador en este nuevo campo de la socialización humana. De hecho, ahora que lo recuerdo, alguna vez leí una historia sobre un paramilitar que se encontraba con los muertos que había matado. La entrada al inframundo era un sitio invernal y, mientras los muertos reían, el asesino caía cada vez más en la locura.
Yo haré lo contrario. Yo hare del invierno un verano, y abrazaré a la muerte como una vieja amiga. Oh, ahí estás ya. Qué bueno.
—Don Ciro —dice la Muerte.
—Doña Muerte —le respondo a la primera persona que debió morir en la historia y asumió el papel de encarnar a la muerte.
Ella se mantiene inmóvil. Espera a que yo haga la primera jugada, como si entre nosotros hubiera un tablero de ajedrez.
—¿Qué tal te está yendo? ¿Disfrutando?
—La verdad es que no. —Cuando se quita la capucha, descubre la cabeza de una niña de no más de diez años, con los ojos color miel, la piel morena y el cabello castaño oscuro—. Es un trabajo difícil. Son demasiadas almas en pena que tengo que visitar y aliviar. Entre más gente muere, más trabajo tengo. Y agota.
—Pensé que a eso te dedicabas. A matar gente.
La muerte me regala una sonrisa, pero sus ojos reflejan disgusto.
—Ustedes son los que se matan. A mí no me metas en eso. Yo tengo que curarlos después. Es obvio. Tú ya lo has vivido, y dos veces.
Al comienzo no entiendo de qué habla, pero un escosor en el cuerpo y un latido inusualmente fuerte me lo recuerda. A los nueve años una poliomielitis me dejó con atrofia muscular y en silla de ruedas. A los cincuenta y ocho, un paro cardíaco casi me quita la vida.
—Han sido los peores y los mejores momentos de mi vida al mismo tiempo.
—Lo sé. Lo sufrí contigo.
La Muerte se acerca, roza la silla de ruedas y finalmente me da un beso en la frente.
—Así que eras tú.
—La gente habla de que Dios se presenta de mil maneras, de que actúa a través de ciertas personas; pero se les olvida que yo también existo, y también hago lo mío,
Seguidamente, la Muerte se sienta sobre uno de los brazos de la silla. “Es muy liviano”, pienso,“y me alivia también”.
—Le di fuerzas a tu mamá para que te acompañara y te cuidara durante lo más fuerte de tu enfermedad. Sufrió mucho, ¿sabes?
—Y yo sólo pensaba en mis dolores fantasma, en mi fiebre y vómito, en los músculos que ya no eran míos.
—Quería llevarte…
—Lo sé.
—Perdóname. Al final decidí que tenías mucho que hacer en la vida como para llevarte cuando apenas eras un niño —. Descubro que, increíblemente, la Muerte tiene la capacidad de llorar.
—Oye… —le digo—. También ha sido lo mejor en mi vida, ¿cierto?—, y le revuelvo el pelo, en un intento de hacerla sentir mejor— . Nos dio fuerzas, nos unió, crecí más fuerte. Los besos que me diste por medio de mi mamá me sirvieron mucho. Gracias.
Ella me sonríe y, esta vez, demuestra alegría.
—Y con Clara también—, le aseguro—. Nunca estuve tan enamorado de mi esposa como aquella vez en que estuvo día y noche conmigo en la clínica.
—Me alegra… de verdad que sí… ¿Lo hice bien?
—Sí, claro que sí. Bueno, se me paró el corazón, me llevaste hasta el más allá y volví. Eso me mareó un poco —digo en un intento de hacerla reír—, pero un susto de vez en cuando está bien, ¿no?
—Sí, sí… Aunque es difícil, dudo mucho. Quiero sacar lo mejor de las personas cuando aún no es su hora. A veces no sé si lo logro. Y los muertos, los muertos son muy tristes. Tengo que darles mucho amor. —La Muerte empieza a llorar inconsolablemente—. Y ahora con esto… Tengo miedo.
—No lo tengas. Ya lo has hecho cientos de veces, ¿no?
—Y siempre sufro.
—Vamos, ya eres muy fuerte. ¿Hacemos un ejercicio para que te sientas mejor?
—¿Qué?
—Un juego. El juego de contar todas las veces que has ayudado a alguien.