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“El dibujo es una estrella que no se apaga”

En la galería del Centro Cultural Skandia se expone ‘Master Ludi’, del artista bogotano Andrés Caycedo.

04 de septiembre de 2008 - 04:12 p. m.
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Un tablero negro de 3 metros de alto y 5 de largo y una tiza blanca son la base y el fundamento de las creaciones del artista bogotano Andrés Caycedo Franco. Sobre la superficie negra, su mano traza líneas blancas que crecen por sí solas y dan forma a un dibujo que sólo se origina en el acto mismo de dibujar. “El recurso precario e inmediato del tablero me ha ayudado a aprehender ese acto tan propio del ser humano que es dibujar y, sobre todo, a no pensar en corregir sino, más bien, en no dejar de avanzar. La velocidad del dibujo me permite continuar, no suspender nunca el trazo y bloquear la mente que juzga y autocensura. Se trata de permitir el flujo permanente para la creación total”.

 Antes de entrar a la sala de exposición, los dibujos de Andrés Caycedo pasan por un complejo proceso de elaboración que les permite derrotar el carácter efímero del tablero que los engendró en un principio. Si bien podrían ser borrados por accidente o por voluntad propia, gracias a un proceso de impresión digital, cada imagen queda capturada, fija y permanente, en el lienzo. Posteriormente, cada uno de estos lienzos, como siguiendo la idea de ese flujo de consciencia y de que “el dibujo se regenera en su propio movimiento”, recibe otros cuantos trazos más (en tiza, acrílicos, acuarelas o pasteles) que se sobreponen y completan a los primeros.

El resultado es Master Ludi, una serie de dibujos abstractos con los que Caycedo no pretende representar ni decir absolutamente nada. Siguiendo la novela El juego de los abalorios, de Herman Hesse, Master Ludi (maestro del juego, como su nombre en latín indica) busca vincular una línea con otra hasta llegar a estos dibujos que se han ido construyendo poco a poco y que, si bien podrían parecer maquinarias, estructuras o arquitecturas, no son más que ficciones. “Mi reto en el momento de la creación del dibujo es siempre lograr una armonía sin representar la realidad. Quizás el conflicto de la vida esté allí, en lograr llegar a una armonía y que todo se una y se solucione”.

Si ese conflicto, ese proceso y la vida misma están allí, en cada dibujo, es porque para Caycedo el dibujo (y el arte) es ya de por sí un acto de fe: aunque comience con una intención clara de llegar a algún lado, el artista no tiene idea del resultado una vez terminado su quehacer. Así, para Caycedo el dibujo muestra su luz sólo en el acto mismo que la performa, en el movimiento de cada trazo. “El dibujo es muy real en términos de tiempo y de uno mismo, es una manifestación absolutamente personal como individuo único. Es ese proceso de creación que habla de la fe, de continuar, de creer, de revelarse y de pasar el tiempo para vivir”. Como Caycedo mismo define, su labor de artista que dibuja una y otra vez, día tras día, mientras avanza la vida, es como la de Aureliano Buendía con sus pescaditos de oro: un día los hace y otro día los vuelve a fundir para seguir haciéndolos, para ver pasar el tiempo, y, sobre todo, para vivir.

El dibujo de Andrés Caycedo es, definitivamente, acerca del dibujo mismo. Sus palabras —y más que sus palabras, sus obras— lo dicen: “El dibujo es frágil, precipitado y confesional. Es un juego que crece independiente y sobrepasa los límites de la velocidad mental del artista. A pesar de lo humilde y austero en sus recursos, describe la realidad y la trasciende. Para mí, el dibujo es una actividad regenerativa, una transmisión directa desde el inconsciente. El dibujo es la estrella que no se apaga”.

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