Borges, el ajedrez, el blanco y el negro, la vida y la muerte, un hombre que va camino a ninguna parte y de repente se le atraviesan otros hombres, todos armados, y le dicen que se suba a un auto, que no hable, que se mueva rápido, que no mire. Sabrá después, mucho tiempo después, que las guerrillas que se lo llevaron eran parte de la Policía. Se endeudará con ellos porque todo fue por dinero, vil y simple y llano y sucio dinero. Su nombre sólo está en el registro, pues la extorsión, dijo luego, no hace parte de las noticias. Su nombre es uno más, y ella, Monique Savdié, lo sabe. Por eso escribe su historia sin nombre. Por eso y porque en este país hasta los nombres suenan a muerte. La recrea como en un juego de ajedrez en cuarenta y siete párrafos que fueron los 47 movimientos de la Siempreviva, una de las partidas más memorables de la historia, jugada en 1852 entre el polaco Adolf Anderssen y el alemán Jean Dufresne. La desnuda. La hiere.
Anochece. Dos motos de la Policía Metropolitana le dan alcance y ordenan que se detenga. De manera obediente, se orilla y apaga el vehículo. Uno de los uniformados se acerca a la ventanilla, le pide los documentos y en medio de la espesa noche otro carro entra en escena bloqueando la salida. Los policías encienden las motos y arrancan, dejándolo a voluntad de cuatro hombres armados, dos de los cuales entran a la camioneta, lo empujan al piso y emprenden la huida. Los delincuentes le vendan los ojos y le amarran las manos a la espalda. Cuando todavía no aclara el día, intuye que su primer destino es la montaña. Su inconfundible olor a soledad y viento lo remonta a mejores tiempos. La habitación donde lo encierran es húmeda y la ventana demasiado angosta para intentar huir a través de ella. Algo ha roto la monótona rutina, algo siniestro se ha interpuesto entre él y sus repetidos días.
Ella juega a ser Borges y en el epígrafe de su libro, La partida, plasma un verso del argentino. “También el jugador es prisionero de otro tablero de negras noches y de blancos días”. El hombre sin nombre de su historia también es prisionero de un tablero, pero sus días y sus noches eran negras, fueron negras, todas negras. Ella escribe. Llora. Las manos le tiemblan. De ira, de nervios, de temor, de dolor, de todo eso y mucho más. Le tiemblan, y en ese temblar ella se devuelve a tiempos lejanos, viejos, cuando sus padres llegaron huyendo de la guerra. Uno, Joseph, de El Cairo, en 1957. La otra, Fanny Bubis, de Kiev, que en una época fue Rumania. En ese temblar recuerda que él le enseñó a jugar lo que llamaba, en árabe, shesh besh, backgammon para el resto de los mortales, y que le relató infinidad de veces que el dolor era haber sufrido la tragedia del Manchester United en 1958, cuando perecieron siete jugadores en Múnich.
Leonidas, a petición del secuestrado, le alcanza un viejo tablero de ajedrez, pero las fichas están incompletas y las pocas que quedan están rotas. Afligido, con la mirada clavada en la cuadrícula, se deja llevar por los recuerdos de la infancia. Frente a él, Aarón, su padre y tutor; en medio de ambos, un tablero con la batalla en pleno. Sintonizado con su ejército, su avance es lento, intuitivo. También gusta de observar las contiendas de ajedrez entre Aarón y otros adversarios, pero una en especial permanece más nítida que todas. Fue en la que su progenitor se mostraba demasiado retraído tras las filas. Luego vino lo inusual, cuando decidió interrumpir la partida, se puso de pie y se derrumbó sobre el sofá. Tres días después, la estocada del destino repitió su anunció, el definitivo. Murió su padre de un paro cardíaco y la más grande enseñanza posible para transmitirle a su hijo se la llevó a la tumba. No alcanzó a contarle que en el ajedrez de la vida, ésta tiene precio. Es posible cometer un plagio, secuestrar una pieza sin previo aviso, volverla mercancía o mierda, como le sucedería treinta años más tarde cuando se lo llevaron a la fuerza.
Su fuerza son las palabras que intentan resucitar lo que fue y no será nunca más. Su fuerza es tratar de aprehender una imagen, un diálogo, un hombre. Incluso, hasta un dolor. Su fuerza es, también, su propio pasado: aquellos días, cuando era una niña e iba con su uniforme del English School a visitar a la abuela Maña a su tienda de salsamentarias, La Sabra, en la carrera 15 con calle 90. Ella le acariciaba la cabeza y le hablaba en un español de acento rumano sobre Transilvania y sus leyendas, sobre el conde Drácula, por supuesto, y sobre la persecución a los judíos en la guerra y la huida. La niña asentía, sin entender muy bien los porqués de tanto y tanto dolor. Luego, muchos años después, los comprendió para volverlos palabra.