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El dolor y las voces

El Premio Rómulo Gallegos Pablo Montoya leyó algunos pasajes de su novela “Los derrotados” (2012) en el Museo de la Memoria de Medellín. Uno de los personajes, Andrés Ramírez, está inspirado en el trabajo del fotógrafo Jesús Abad Colorado.

15 de noviembre de 2015 - 10:26 p. m.
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Ituango, Antioquia, octubre de 1997

El Aro es un corregimiento de Ituango. En el pueblo vivían setecientas personas hasta que llegaron los paramilitares. Estos pudieron entrar a la zona apoyados por un helicóptero, enviado a través del gobierno departamental y por soldados de la IV Brigada de Medellín. En la fotografía, el caserío ha sido arrasado por una suerte de vendaval. Los habitantes no se ven por ningún lado. Tampoco los paramilitares. Hace un par de días se largaron para sus campamentos de Córdoba. Sólo hay un hombre y una mula que atraviesan las ruinas de El Aro. Al lado izquierdo de ambos se ve una hilera de casuchas desbaratadas. Algo tienen en su fachada que recuerda las tumbas de un pabellón de cementerio sórdido. Las casas se hunden, al fondo, en un horizonte de montañas en neblina. Andrés Ramírez llegó a El Aro hacia el mediodía. No vino en el helicóptero, claro está, sino en un bus hasta cierto tramo. Luego debió caminar horas por entre el monte, acompañado por un guía a quien le ofreció buena paga. Cuando ascendieron hacia El Aro, empezaron a sentir el olor a maderas chamuscadas. Luego fueron apareciendo los cadáveres. Ramírez no fotografió a ninguno. Después de todo, él sabe que exhibir muertos en la guerra es una práctica que a menudo realizan los bandos enfrentados. Jamás desconoce, sin embargo, que lo suyo es una obsesión por las imágenes de la muerte cuando ésta es ocasionada por los hombres. En sus fotografías sobre la guerra, quienes sobresalen realmente son los vivos. En el trayecto hacia El Aro, Ramírez vio entonces los cuerpos. Sintió el olor de sus mutilaciones. Pero se abstuvo de disparar la cámara. Al entrar al pueblo, siguió decidido a no fotografiar lo que veía. Un cansancio imprevisto se le había instalado en la boca del alma. ¿El alma tiene boca? Sí. Y puede estar en el estómago, en el corazón, en el bajo vientre, en los pulmones, en las piernas que se resisten a caminar. Lo primero que pensó Ramírez al ver la destrucción fue en el diablo. Se lo imaginó como una gigantesca chucha que ha abierto su culo velludo para arrojar una ventosidad sobre el pueblo. Pero ¿qué ha pasado en El Aro? La fotografía muestra lo que está pasando y hace imaginar confusamente lo qué pasó. Y lo del roedor es un símil que no tiene nada de original. Comparar la guerra con el culo de un animal es algo que ya hicieron Goya y Céline al referirse a sus respectivas guerras. Pero ¿alguien ha visto una chucha negra, una gigantesca chucha antioqueña, abriendo su ano y lanzando sobre un pueblucho sus flatulencias? ¿En la historia de la literatura ha habido algún Homero o algún Voltaire, o algún Tolstoi, o algún Maupassant, que haya comparado la guerra con ese marsupial americano que también llaman zarigüeya, fara, runcho o sasapi? Ramírez pensó rápidamente en esta asociación zoológica. Después vio que la mula y el arriero recorrían la única calle de El Aro. Sobreponiéndose a la fatiga, se ubicó en uno de los extremos del derrumbe, y sacó la cámara.

Segovia, Antioquia, octubre de 1998

La multitud marcha en silencio. Los ataúdes que se cargan son diecinueve. Aunque contarlos es inútil. Hay un efecto de continuidad en la fotografía de Ramírez que hace pensar en las líneas sucesivas que van hasta el infinito, propias de ciertas imágenes expresionistas. Los primeros cajones se ven con claridad. Los que siguen un poco menos. Los del fondo se desdibujan. Los que se pierden en el horizonte son aquellos que el observador cree interminables. Igual pasa con la gente. Se podrían contar los hombres y mujeres que acompañan a los masacrados, pero es también inútil. La fotografía impone, además, dos miradas. La primera, que golpea los ojos como un puño, está anclada en los cajones. Ellos oscilan entre los hombros y mueven a pensar que esos mismos muertos están flotando sobre uno de los tantos ríos mortajas de Colombia. Sin embargo, los cadáveres que no vemos están carbonizados. Los quemaron con petróleo los guerrilleros del Eln, dice Ramírez, por ser colaboradores de los paramilitares. Los ataúdes ondean entre una gama de grises, blancos y negros perfectamente revelados. Serpentean como el camino por donde va la muchedumbre. Como uno de esos cauces por donde sigue descendiendo la interminable muerte colombiana. La segunda es la que propicia una mezcla de desfallecimiento y de renacimiento. Ya no se imagina la explosión del oleoducto de Machuca y el fuego invadiéndolo todo a través del río incendiado. Lo que prevalece son los rostros de los vivos. Son tan discernibles, tan comunes y corrientes, tan perfectamente campesinos, que el observador de la fotografía se reconoce de inmediato en ellos. Muchos tienen gorras, camisas de mangas cortas, camisetas de manga sisa. Todos sudan el calor tórrido de Machuca. Pero ninguno llora. Casi todos miran hacia abajo. Hay tres mujeres que se han encontrado con la cámara. Son esas tres miradas las que expresan la pequeña dignidad en medio de la desmesura del horror.

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