Para llegar al salón comunal del barrio 13 de Mayo, en los límites de Villavicencio, hay que llevar linterna y buenos zapatos. A las 7 de la noche el camino, rodeado de sapos y ranas de todos los tamaños, se le hará un tanto tenebroso si usted tiene al lado a la señora Paulina Mahecha contando historias.
—El otro día desaparecieron aquí a un muchacho.
—Es que esto es muy peligroso —le contesta el esposo, que la acompaña a todos lados.
Y pocos como ella para hablar de peligros y violencia en Colombia. Exactamente diez años atrás, el 19 de abril de 2004, una fecha que lleva tatuada en la memoria, las Autodefensas desaparecieron a su hija, la enfermera María Cristina Cobo Mahecha. La llamaron guerrillera, por el trabajo que venía realizando en un puesto de salud. Entre los municipios de San José del Guaviare y Calamar la raptaron y se la llevaron para siempre.
Según se enteró la señora Mahecha, por un paramilitar que confesó hace algunos años, su hija fue violada, torturada y descuartizada por los criminales. Luego, jugaron fútbol con su cabeza. Su vida, después de la desaparición de María Cristina, es una vida a medias. “Ese dolor nunca se va, a pesar de todo lo que he hecho. He estado en distintos tratamientos, foros y cosas para perdonar. Pero el dolor siempre queda”.
Ahora camina por el barrio 13 de Mayo, porque también quiere ver la película de la que le han hablado. Ella no vive allí, pero conoce el lugar bastante bien, de la misma manera que conoce todas las aristas de la violencia nacional, pues durante estos diez años su tarea ha sido informarse, empaparse de realidad, desarrollar criterio político y con eso buscar Verdad para su hija.
“¿Sabe qué están haciendo en esta zona con el programa Familias en Acción? Como el Gobierno da plata por cada hijo que se tenga, entonces las mujeres en el barrio cada vez que uno las vuelve a ver tienen barriga nueva para recibir más subsidios”, cuenta.
El barrio está ubicado en la Comuna 4 de la capital del Meta. Los caños Rodas y Maizaro rodean a una comunidad que, cada vez que llueve, debe lidiar con las inundaciones de aguas sucias. Ahí viven 3.352 personas, la mitad de ellas, víctimas del desplazamiento forzado, desmovilizados de las Farc y de los paramilitares.
El camión de la ONU, con el logotipo de la campaña “Respira Paz”, llegó horas atrás para alertar a la comunidad, que no tenía ni idea del por qué esos desconocidos estaban invitándoles a una función de cine. El día anterior el mismo camión estuvo en Granada, también en el Meta.
Aquí, el salón comunal a la hora de la función está lleno de niños. Algunos, vienen con sus padres de familia. Los delegados de la ONU explican a su público que esta película anda de viaje por el país, que hace parte de la campaña “Respira Paz”, que todos están invitados a respirar, a contar hasta 10 antes de empezar un conflicto.
Entre el público, Paulina Mahecha y su esposo respiran. Hacen juiciosos todos los ejercicios sugeridos. “De pronto esto ayude”, se dicen y sonríen.
Entonces empieza Mateo. Los niños, que corrían de lado a lado; los adultos, que hablaban entre ellos, todos, de pronto, hacen silencio.
Mateo va a perder el año. Si quiere evitarlo, le ofrecen las directivas de su colegio, debe ingresar a un grupo de teatro dirigido por el padre de la zona. Entra a regañadientes, obligado por su mamá, quien le dice que si no obedece, lo saca de la casa.
En la primera clase, Mateo no se ubica y sale pensando que el teatro es para maricas. “Yo también pensaría que es para maricas con ese manoseo”, dice alguien en la sala.
El tío de Mateo, un peligroso prestamista ‘gota a gota’, se aprovecha de la situación y le ofrece a su sobrino convertirse en informante a cambio de dinero. Quiere saber todo sobre esos marihuaneros que integran el grupo de teatro. El muchacho acepta complacido.
Pero a medida que avanzan las clases, Mateo se va integrando en el grupo, se destaca en las improvisaciones, descubre que tiene talento, les toma cariño a sus compañeros.
“Tan chévere eso”, dice una niña en el público, cuando ve que en uno de los ejercicios teatrales, Mateo vuela. “Profe, aquí deberíamos hacer eso”, le dice a la profesora de la zona, quien está sentada a su lado viendo la película.
Ahora que Mateo descubrió que le gusta el teatro, que seguramente le gusta más que el fútbol, que le gusta más que cargar un arma, ¿qué va a hacer con su tío?
De pronto, la pantalla se queda negra. “¿Se acabó?”, preguntan en coro los asistentes.
“No, no se ha acabado. Tenemos que saber qué pasa”, dice Paulina Mahecha, conmovida con el filme. “Siempre nos pasa algo con las herramientas técnicas. No ha sido fácil solucionar esa parte”, agrega un funcionario de la ONU.
La planta de luz, que siempre falla en el barrio, que los mantiene a oscuras buena parte del tiempo, está amenazando ahora con dejar en ascuas a los asistentes a la presentación.
Pero la calma regresa al salón con algo más de 100 personas atentas. El filme, con un ritmo propio de las películas independientes, con un tema distinto a los que suelen verse en las novelas, sí les gustó a los habitantes del barrio 13 de Mayo. Están enganchados a la pantalla.
Al final, Mateo sobrevive a su tío y a su realidad. “Esa película se parece mucho a lo que vivimos aquí todos los días. Jóvenes que se están perdiendo en los vicios, el problema de los gota a gota”, dice María del Carmen Díaz, habitante del barrio. Y Yerson Andrés Larrota agrega: “esto fue como ver un espejo de mi comunidad”.
Mateo, inesperadamente, logró robarse la atención y el cariño de los habitantes del barrio 13 de Mayo. Ahora viajará a Cúcuta y estará de gira por el país. Seguirá, por un tiempo, siendo el héroe que atraviesa trochas y pantanos y que supera todos los problemas técnicos para llevar cine a regiones aisladas, bombardeadas por la violencia. Mateo, con su historia, transpira, respira paz. Mateo, un nuevo superhéroe.
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