En cien años de vida, Nicanor Parra se ha enfrentado a todo cuanto un hombre de su tiempo puede enfrentarse: a Pablo Neruda, al Partido Comunista, a la religión, a Estados Unidos, y si es necesario y el ánimo y el deseo lo dejan, a él mismo. “No sé, no sé —dijo en una entrevista en la televisión chilena—, yo pertenezco a un mundo que se fue. Yo todavía creo en el socialismo, yo todavía creo en Dios y en el diablo, yo soy uno de esos vejetes malaspulgas que confundieron el ser con el ente”.
Antipoema. Antiparra. Su poesía —como la poesía verdadera— es siempre una forma del antídoto.
Dicen —porque pasa su tiempo en su casa de Las Cruces, al borde del Pacífico, en Chile, lejos de las cámaras y las entrevistas— que Parra aún está lúcido, que tiene las manos blancas y pulidas, manos de joven, que recita sus poemas de memoria aunque los haya escrito cuando tenía 14 años, que maneja su Volkswagen escarabajo bajo su propia responsabilidad. Dicen que hay chilenos que lo adoran por haber permanecido en Chile durante la dictadura de Pinochet, y dicen que hay chilenos que lo odian por haber permanecido en Chile durante la dictadura de Pinochet. Él, en cambio, prefiere el humor y la certeza de la irreverencia: “PC —dijo en un recital, refiriéndose a las siglas del Partido Comunista—: Politically Correct”.
Su biografía, en contraposición a su poesía, diría poco: nació el 5 de septiembre de 1914 en San Fabián de Alico, hijo mayor de una familia de artistas (Violeta Parra, su hermana, es la compositora de Gracias a la vida), peregrino de varios pueblos hasta que a los 17 largó para Santiago y con una beca terminó sus estudios secundarios. Estudió después matemáticas y física y mecánica avanzada y cosmología, en Chile y en Estados Unidos y en Inglaterra. Fue profesor y fue poeta desde antes de ser profesor. En 1954 publicó Poemas y antipoemas, el libro que le dio el título de poeta aunque poeta ya hubiera sido desde mucho antes.
¿Qué era —qué es— un antipoema? Frente al lenguaje barroco, un lenguaje coloquial. Frente a las figuras dionisíacas, las figuras del pueblo. Frente a la luz, cierta oscuridad. Frente a la complejidad, la aparente ligereza de palabras que todos conocen. Como en Hay un día feliz: “A estas alturas siento que me envuelve/ El delicado olor de las violetas/ Que mi amorosa madre cultivaba/ Para curar la tos y la tristeza./ Cuánto tiempo ha pasado desde entonces/ No podría decirlo con certeza./ Todo está igual, seguramente,/ El vino y el ruiseñor encima de la mesa,/ Mis hermanos menores a esta hora/ Deben venir de vuelta de la escuela:/ ¡Sólo que el tiempo lo ha borrado todo/ como una blanca tempestad de arena!”.
Su poesía, entonces, tiene la extraña capacidad de hacer creer a sus lectores que también ellos son capaces de escribirla. Por eso tantos lo imitan; por eso tantos resultan ridículos; por eso tantos lo leen. La antipoesía es la respuesta —plástica, escrita, moldeable— a cierta tendencia estilística en Chile que, para Parra, estaba representada en la figura robusta de Pablo Neruda. “La respuesta que yo he encontrado para esto (la antipoesía) es lisa y llanamente la siguiente —dijo en una entrevista con Manuel Jofré—. Es la vuelta de los espartanos. Hay que recordar que en la guerra del Peloponeso los espartanos barrieron a Atenas, dijeron ‘fuera los poetas, fuera los filósofos, lo que cuenta es la música, el atletismo y la práctica de las armas’. Los espartanos eran soldados, eran atletas y eran músicos. (…) Esos son los dos vicios que se enfrentan: vulgaridad espartana versus pedantería greco-latina. Yo creo que de estos dos contrarios tiene que salir el nuevo planteamiento, la antipoesía siempre aspiró a eso”.
Su poesía es, pues, una respuesta: una bala bien puesta en el cerebro. De esa premisa nacieron Canciones rusas, Versos de salón, Artefactos, Sermones y prédicas del Cristo de Elqui, Hojas de Parra, Poemas para combatir la calvicie. Nacieron versos como: “¡Buena cosa, Dios mío! nunca sabe/ Uno apreciar la dicha verdadera,/ Cuando la imaginamos más lejana/ es justamente cuando está más cerca”. Otro más de esta suerte: “Durante medio siglo/ la poesía fue/ el paraíso del tonto solemne/ hasta que vine yo/ y me instalé con mi montaña rusa./ Suban si les parece./ Claro que yo no respondo si bajan/ echando sangre por boca y narices”. Versos que tienen mucho de sencillez pero también de vanidad: Parra sabe quién es, en qué posición se encuentra y se hace respetar del mismo modo. Sabe que es un ídolo, que sus palabras las repiten millones y que allí, sentado en el balcón en Las Cruces, alejado tal vez de su propio tiempo aunque activo y siempre perspicaz, es uno de los poetas vivos con más alabaos sobre su obra.
Es el mismo poeta que pregunta y se responde: “¿Qué he aportado yo a la literatura actual? Nada”. El mismo que reza: “Nos guste o no nos guste, la muerte es el mecanismo de retroalimentación, o caja negra, del organismo global. Es lo que nos dice la cibernética. Sin ella, la cosa se congela o explota”. El mismo que filmó un comercial de una marca de leche y —cuenta Leila Guerriero en un perfil para Gatopardo— cobró lo mismo que Shakira porque eso cree que es: una estrella del entretenimiento. El mismo poeta que pide que su epitafio sea “Voy y vuelvo”, como un aviso de tendero. El mismo poeta que dice que para vivir cien años sólo hace falta ácido ascórbico en exceso, “buena vida y poca vergüenza”. El mismo que resucitará como un sapo, según dice. El mismo que prefiere de música el silencio. El mismo que compone, además de rimas asonantes, versos para rap. El mismo poeta que con la antipoesía sólo hizo todo cuanto debe hacer la poesía verdadera: trepanar las cabezas.
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