Con su peculiar sentido del humor, el músico Richard Strauss, nacido hace 150 años, el 11 de junio de 1864, declaró que “puede que yo no sea un compositor de primera, pero soy el primero de los compositores de segunda”. Esto contrasta con lo que muchos críticos sienten, algunos de los cuales lo consideran una de las más grandes figuras musicales del siglo XX, y con la manera como el público responde a sus obras: sólo Puccini lo sobrepasa en el número de óperas del siglo pasado que se interpretan en el mundo. De hecho, las estadísticas muestran que las óperas de Strauss ocupan el octavo lugar en número de presentaciones entre las de todos los compositores. (Para los curiosos, los músicos cuyas obras son más representadas en las casas de ópera son Verdi, Puccini, Mozart, Bizet, Wagner y Rossini). Asimismo, sus obras sinfónicas las programan en forma continua las grandes orquestas del mundo y sus canciones figuran en el repertorio de todo cantante que se respete.
Hay que reconocer que por algún tiempo la moda fue considerar a Richard Strauss como músico conservador que no asimiló la evolución que tuvo lugar en el arte a principios del siglo pasado, pero ese concepto ya hace mucho fue revaluado. Hoy día, Strauss es considerado, al lado de Mahler, la culminación del romanticismo alemán poswagneriano y un genio de la orquestación.
El músico fue hijo de un importante miembro de la orquesta de la ópera en Múnich y fue su padre quien le dio su muy completa educación musical, hasta el punto que ya a los seis años hizo su primera composición. Lo curioso es que, aunque la música de Wagner fue a la larga una influencia decisiva en la obra de Richard Strauss, su progenitor y maestro la detestaba y le prohibió a su hijo estudiarla. Sólo al cumplir 16 años, el joven Richard pudo conocer una partitura wagneriana. Poco a poco se fue independizando y creando una carrera propia, no sólo como compositor sino también como director de orquesta. A finales del siglo XIX compuso sus primeras óperas, ya que se había casado con una soprano célebre por su agresividad, pero con la que convivió hasta su muerte.
Después de un par de intentos que fracasaron, en 1905 compuso Salomé, ópera basada en la obra teatral de Óscar Wilde, que tuvo un éxito inmediato, así en muchas partes, entre ellas Nueva York y Londres, la prohibieran por profana y obscena. En contraste, colegas como Mahler y Ravel la consideraron maestra, y así debe ser, pues continúa en repertorio hasta nuestros días. Creó después Electra, obra modernista y cruda con sus atrevidas disonancias y que fue la última que hizo de esa manera, ya que a partir de su siguiente ópera, la inmortal El caballero de la rosa, su estilo fue lo que algunos musicólogos consideran un retroceso, pues comenzó a usar la exuberante orquestación del posromanticismo.
Relación con el nazismo
Richard Strauss continuó creando, no sólo ópera, sino también canciones y poemas sinfónicos, caracterizados por una riquísima orquestación, al tiempo que se volvió un famoso director de orquesta. A la muerte de su gran colaborador, Hugo von Hofmannsthal, quien escribió los libretos de sus principales óperas, el músico invitó al célebre novelista Stefan Zweig a que se convirtiera en su colaborador. Pero el repugnante nazismo había llegado al poder y Zweig era judío, lo cual lo hacía inaceptable para esos degenerados. Strauss lo defendió en forma firme y obligó a que en el estreno de La mujer silenciosa, con libreto del escritor, apareciera su nombre en el programa, con lo cual los grandes jerarcas nazis no fueron a esa importante función.
Además, Strauss escribió a Zweig una carta donde le decía que no creía que Mozart fuera ario cuando componía, y agregaba que sólo reconocía dos clases de personas: las que tenían talento y las que no lo tenían. Esa carta cayó en manos de la Gestapo y Strauss fue expulsado de las asociaciones musicales alemanas. El músico permaneció en Alemania durante la guerra, lo cual le trajo muchas críticas, pero estaba completamente aislado, ya que los nazis no lo querían y la gente decente no podía aceptar que músico tan insigne siguiera viviendo bajo ese régimen. Al final de la guerra aceptaron que la relación de Strauss con el nazismo había sido nula y que había detestado esa escoria humana, y fue dejado en paz.
Murió en su refugio en las montañas (que había comprado con el dinero que le produjo tantos años antes Salomé), en septiembre de 1949. Poco antes había compuesto sus Cuatro últimas canciones, en una de las cuales se preguntaba: “¿Qué es quizá la muerte?”. Se respondía a sí mismo citando el trozo que significaba la transfiguración de uno de sus poemas sinfónicos.
Una gran herencia musical
A su muerte, Strauss ya era considerado uno de los compositores más importantes del siglo XX, y a la larga su vuelta al romanticismo tuvo como consecuencia la aceptación de lo que se llamó neoclasicismo por muchos de los músicos más revolucionarios de la época. Su tendencia a ser un poco autobiográfico creó música con un fondo humorístico (como el Intermezzo, ópera donde en la práctica describe su vida doméstica), en contraste con tantos artistas que se toman a sí mismos demasiado en serio.
Que era muy respetado lo muestra el hecho de que el primer disco compacto lanzado comercialmente fue de una obra suya, homenaje indudable a un artista que, contra lo que él mismo afirmaba, definitivamente podía considerarse entre los grandes músicos de primera.