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El ojo hambriento

Sobre la obra del escritor Pablo Montoya, a propósito de la reciente publicación de la última novela: Tríptico de la infamia.

21 de noviembre de 2014 - 06:59 p. m.
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Jacques Le Moyne, pintor y aprendiz de cartógrafo, vive uno de los momentos sublimes de Tríptico de la infamia (Random House, 2014), la cuarta novela del poeta y ensayista santandereano Pablo Montoya: luego de conocer los rituales pictóricos de una tribu indígena, de contemplar la pericia del trazo y la belleza de las figuras, convence a Kututuka, un aborigen dotado para los asuntos del arte, de convertirse ambos en el lienzo del otro. Así, mientras en la piel del americano florecen las rosas de los vientos, los tréboles y los diamantes, las manzanas y las granadillas, en la del europeo los motivos autóctonos, tan hermosos y esotéricos para los ojos no adiestrados, realzan la dignidad de un fugitivo de la guerra y de los laberintos del amor. Distante de ser una escena pintoresca, la aludida constituye un ejemplo de las preocupaciones estéticas de Montoya: los infortunios y encrucijadas de los intelectuales en tiempos tumultuosos. Un rápido repaso a su obra lo ratifica.

En La sed del ojo (2004), el tema ya podía percibirse: Auguste Belloc, un fotógrafo de doncellas desnudas, es arrestado por el policía Pierre Madeleine después de encontrar en su estudio, ocultos en las páginas de los tomos de las obras completas del naturalista y conde de Buffon, 1200 daguerrotipos considerados indecentes por la moral al uso. El artista, en este caso Belloc, desafía los preceptos del pudor para hundirse de lleno en las turgencias y sinuosidades de la carne. La censura, por supuesto, no tarda en caer sobre él.

En Lejos de Roma, la segunda de las incursiones de Montoya en la ficción de largo aliento, la voz la asume el poeta romano Publio Ovidio, condenado al exilio por el emperador Augusto. En la isla de Tomos, ubicada en los límites del orbe conocido, el antaño sibarita, aquejado por numerosos males del cuerpo y del alma, se desmorona al paso de las cuartillas. Idéntica suerte corre Francisco José de Caldas, unos de los protagonistas de Los derrotados (2012). El vendaval de los años revolucionarios arrastra al granadino a cadalso. El capítulo diez, intitulado “Diario botánico”, es una muestra de la elegancia y la morosidad de la escritura de Montoya, cualidades ponderadas por Eduardo Chirinos en el prólogo del poemario Programa de mano (2014). Montoya es fiel a sus pesquisas conceptuales; a sus libros los atraviesa el hilo conductor de un lenguaje alejado por igual de la incontinencia retórica de William Ospina, de la pirotecnia metafórica de Juan Manuel Roca, o de la insulsa prosa de los realistas sucios. Cobo-Borda, en una reseña a Lejos de Roma, encomia la madura sobriedad y el logrado tono de la novela, nota válida para la aquí comentada.

Tríptico de la infamia narra las trashumancias de Le Moyne, Françoise Dubois y Théodore de Bry, casi olvidados pinceles del siglo XVI. El Viejo Mundo, deshecho por los enfrentamientos bélicos de las monarquías, es una inmensa hoguera azuzada por las noticias provenientes de las costas americanas y por los debates teológicos de los católicos con los luteranos y calvinistas. De los tres, solo Le Moyne viaja a las tierras allende el mar. La barbarie, representada en la escalofriante pintura de Dubois que sirve de cubierta al volumen, une los destinos de los personajes. Seducidos por los misterios del arte, ven con horror el colapso de cuanto conocen: la masacre de San Bartolomé es apenas la punta del iceberg. De Bry se encandila con la antología de atrocidades de los españoles: el opúsculo de Bartolomé de las Casas enerva su ánimo, el del narrador y, de paso, el del lector.

Precedidos por epígrafes de escritores latinoamericanos, en los tres capítulos resuena un acento similar, un registro común: los protagonistas no viven, evocan. El futuro pierde el pulso con el pasado. Tríptico de la infamia se inscribe en una corriente muy pujante de la actual narrativa colombiana: el rastreo en el ayer de las claves del sórdido presente. Suspicacias aparte –para algunos el boom de la novela histórica es el fruto de una hábil estrategia publicitaria–, en ese acervo de propuestas las hay de todo tipo: las calculadamente polémicas, verbigracia La carroza de Bolívar, de Evelio Rosero. Las divertidas, Folletín de cabo roto, de Octavio Escobar. No todas, desde luego, son buenas. Sin embargo, en líneas generales despiertan un interés superior a aquellas que versan sobre narcos, putas y sapos. La de Montoya, a pesar de descuidos del corrector, vale la pena. Vemos en ella el afianzamiento de una pluma versátil, de un autor riguroso, bien documentado.

 

 

 

 

 

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