Estos pasan a solo 4,5 metros encima de la cabeza de ella. El día despierta y la luz opaca va muriendo. A esa hora del nuevo día, Alicia es más consciente de ese frío que nunca dejó de sentir en toda la noche. El cansancio la hace pesada; siente su cuerpo hecho de plomo frío. Se enrosca con fuerza debajo de su cobija de tigre y el calor que logra despertar le recuerda el abrazo de su madre. Intenta dormir unos minutos más, pero ahora los carros particulares avisan con sus bocinas, que debe huir.
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Intenta despertar a sus dos hijas que duermen apretadas dentro de un coche para bebés color rosa. Cada una tiene en sus manos dos animalitos de plástico de esos que regalan en las cajitas infantiles de cualquier restaurante. Ana tiene cuatro años y Jessica, dos. Las niñas siguen durmiendo debajo de varios limpiones de cocina –descoloridos y carrasposos– que han ido recogiendo con su madre en sus dos años de deambular por Bogotá. Alicia se levanta, dobla con delicadeza su cobija de tigre; luego bebe un pequeño sorbo de agua de una botella con el plástico ya quebrado y despega, de una de las vigas de concreto, una bandera deshilachada de Venezuela. Se persigna, se pone de pie y se hace debajo de una grieta que deja deslizar la luz del sol hasta sus ojos. Está vestida con un pantalón de pijama negro decorado con flores y una chaqueta Adidas color azul cobalto que le cae ancha. Tiene el pelo recogido con una moña que no se ve y un rostro joven cautivo de unas expresiones apagadas. Lleva siete noches durmiendo debajo de esa mole de hormigón que encontró perfecta para esconderse de cualquier mirada. Detrás de Alicia se levanta un gran mural hecho en acrílico de un cielo pintado en verdes y unos árboles y unos arbustos en un negro azulado. Un paisaje dibujado que el polvo y la contaminación han logrado lavar en colores tierra. En silencio recoge los cartones de empaques de lavadoras que le sirven para aislar el frío del asfalto. Revisa a las niñas y siguen durmiendo. Guarda en una caja de cartón rígido una pequeña estufa de gas, tres platos de plástico color verde militar, unas bolsas de tela reciclable y algo de madera quemada. Saca de un morral un yogurt caliente sabor a melocotón y corta con la mano tres trozos de un pan blanco con uvas pasas. Piensa. Debe escoger a dónde ir. Se recuesta en el suelo hasta dejar su espalda completamente recta. Mira hacia arriba mientras escucha las primeras gotas caer. Extraña Caracas. Intenta mantenerse despierta. Duerme.
La lluvia arrecia sin ser violenta. El sol no se ha movido y su cansancio parece enterrarla entre profundos sueños que duran segundos. Se despierta apurada pero no se mueve. Es una roca y sus ojos pesan, y pesan sus manos y sus pies. Mira nuevamente hacia arriba. Reconoce la vista. Esa estructura curva que se empina y que cae. Todos son iguales. En todos se escucha desde abajo los carros, los buses, las motos de una ciudad de rostros siempre ajenos; los pasos de los que protestan contra la guerra, contra la paz, contra los maricas, contra los cristianos; las sirenas de las ambulancias que en las madrugadas despiertan pesar y algo de temor; y el suave caminar de aquellos que, como ella, buscan un hogar siempre con su bandera tricolor a la espalda.
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Ya ha guardado todo excepto los juguetes de las niñas. Las ve dormir. Sus hermosos gestos no demuestran ni hambre ni frío, solo la calma de quien todo lo tiene. Frente a ellas pasa una señora gruesa de aspecto maternal que la saluda con cariño. Arrastra un carro de arepas y chorizos que va a ubicar en una obra de construcción cercana. Alicia aprieta uno de los trozos de pan con uvas pasas y devuelve el saludo. La mañana es menos fría a pesar de una lluvia fina que no calma la necesidad de seguir caminado. Las están buscando. Ella está sola. Hace más de siete meses denunció a su pareja por obligar a sus niñas a pedir dinero en los semáforos. La policía se lo llevó y al parecer, lo deportaron. Eso nunca lo va a saber. Pero, ese acto de amor con sus hijas, le costó su invisibilidad.
Alicia se agacha cerca al coche de bebés. Primero despierta a Ana, la carga con delicadeza hasta sacarla y sentarla a su lado. La pequeña no suelta su juguete y bosteza con ternura. Vuelve y cierra los ojos. Arriba de ella el mundo cruje en su rutina mecánica de ir de un lado para otro. Como ellas. De un lado para otro. Es un hogar de paso. Un espacio olvidado que las protege. Una pequeña Caracas, de bruscas curvas ascendentes y grafitis xenófobos que huele a pan y a arepa. La más pequeña se despierta también. Tiene la docilidad de una niña noble y curiosa. Se deja cargar y se sienta al lado de su hermana. Alicia guarda dentro del coche la caja, las bolsas y la bandera. Reparte en sorbos el yogurt y a cada una le da un trozo de pan. Desayunan en silencio mientras el sol se alza y la lluvia se agota en pequeñas ráfagas. Bogotá brilla y sus montañas aparecen plenas cuando la neblina desaparece. Parece una ciudad amable y de brazos abiertos.
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Las tres empiezan a caminar despacio dejando atrás el puente de paisajes colores tierra. Ellas tienen la costumbre de tomarse de la mano mientras lo hacen. A Alicia le cuesta respirar. Está agotada, pero sabe que debe comenzar su búsqueda antes de las siete de la mañana. Después, con la ciudad en total vigilia, les va a ser más difícil pasar desapercibidas. Alicia arrastra con la mano izquierda el coche, y con la mano derecha, toma fuerte a Ana que, a su vez, tiene agarrada a Jessica. De repente una camioneta se detiene cerca a ellas. De esta bajan dos policías y dos gestoras de familia. Le entregan una carta formal que detalla, en un lenguaje seco y sin gracia, las razones de su presencia. Alicia no la lee y, además, no se opone a absolutamente nada. Los policías se llevan a sus hijas en medio de unos lamentos que suenan suaves y resignados, y las meten dentro de la camioneta. Ella no llora y no se mueve; solo ve como se alejan y se pierden entre un tráfico denso de una mañana cualquiera.
Alicia se devuelve, camina con decisión y se deja caer nuevamente debajo del puente. Suelta el coche y tararea una canción. Sus ojos se cierran y se humedecen. Se siente rígida y pesada como un pedazo enorme de plomo frío.
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