Ni el más optimista de los melómanos pudo haber imaginado que un festival de jazz en Colombia tuviera más de una edición. Las razones no están relacionadas con la ignorancia, ni mucho menos con la falta de gusto, más bien tienen que ver con la orfandad del denominado género de las síncopas en el país. El jazz no se desprende de las manifestaciones folclóricas tradicionales y por eso está excluido del legado ancestral. Tampoco es de convocatoria multitudinaria como el rock, el hijo más famoso del blues, y esa particularidad ha hecho que no se le mire desde la óptica de un negocio rentable. El estilo norteamericano, además, todavía está lejos de figurar dentro del selecto colectivo de los clásicos infaltables, que llevan sonando más de dos siglos y que continúan vigentes en grandes orquestas, formatos de cámara o a través del desempeño virtuoso de un solista.
En el jazz se mezclan varios saberes. Por un lado está la facilidad para darle volumen y transformar en arcoíris una partitura en blanco y negro. Gracias a la habilidad de los intérpretes, el papel se vuelve música, un arte vivo en el que todo no está escrito y en el que la guía está determinada por las circunstancias del momento. Por otro lado, el virtuosismo de los artistas para despegarse del planteamiento inicial, sorprender al público con la gestación espontánea y el alejarse de lo consignado. Sin embargo, también hay que tener el panorama claro para regresar y caer en la nota de forma oportuna y coordinada. El jazz, como una acertada creación literaria, tiene un comienzo, un desarrollo y un final, y cada etapa exige un compromiso distinto. En este género, indefenso durante muchos años en el país, no sólo importa lo que se está tocando sino cuál fue el derrotero seleccionado para llevarlo al terreno de lo real.
En Colombia, uno de los pioneros en asumir el riesgo del jazz como propuesta de espectáculo masivo fue el Teatro Libre de Bogotá. Hace más de 25 años se realizó el primer evento y sobre las tablas de este escenario en Chapinero (a veces en alianza con otros espacios como el Auditorio León de Greiff, el Teatro Jorge Eliécer Gaitán o el Teatro Mayor) han desfilado músicos como Armando “Chick” Corea, Ron Carter, Kenny Garrett, Pharoah Sanders, Gonzalo Rubalcaba, Carla Bley y Steve Swallow. Más adelante, Barranquilla, Medellín, Cali, Popayán, Pasto, Cartagena y Mompox, entre otras localidades, se dejaron contagiar por las armonías del género y adaptaron su propia forma de sentir, entender, disfrutar y vivir el jazz sin complejos ni pretensiones.
Con el paso del tiempo se consolidó la iniciativa del circuito del jazz para reunir esfuerzos y condensar recursos económicos con el fin de concretar negocios con grandes artistas. De esta manera se logró convocar la presencia de importantes exponentes del género y Colombia empezó a ser vista en el exterior como un país con más de cinco plazas aptas para la experiencia jazzística. Lo mejor del circuito es que cada evento ha podido mantener su espíritu. Por ejemplo Ajazzgo, en Cali, nutre las vertientes latinas; el Festival de Jazz y Músicas del Mundo, en Medellín, mezcla sin complejos sus ingredientes y resalta la world music; Barranquijazz (Barranquilla) es una fiesta en torno a la multiplicidad, mientras que en Mompox se dejan a un lado los criterios puristas y se aplaude el carácter gratuito del encuentro.
En el jazz, como en todos los ámbitos de la vida, la fortaleza está en la diferencia, y lo que está haciendo el Mompox Jazz Festival es tomar la vía hacia la identificación de su propia personalidad. Por eso se realiza algunos días después del circuito y hace énfasis en los eventos en las plazas públicas, tratando de convocar a los habitantes de esta ciudad declarada en 1995 Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.
“Con las dos pasadas ediciones del evento se ha demostrado que la cultura es una de las herramientas para el desarrollo en el departamento de Bolívar. Su éxito lo atestiguamos cada vez que la música fluye en la plaza de Santa Bárbara, cuando el público se apropia de los escenarios y cada vez que los visitantes que llegan allí por turismo encuentran en la música una forma adicional de vivir nuevas experiencias gratificantes”, cuenta Margarita Díaz Casas, directora general del encuentro.
El cartel del evento incluye la presencia de invitados internacionales como el grupo Stooges Brass Band, de Nueva Orleans, y el violinista de origen cubano Alfredo de la Fe, así como conciertos de artistas nacionales, como la agrupación folclórica barranquillera Bozá Nueva Gaita, el pianista Óscar Acevedo, la Big Band Unibac, Jorge Fadul y su Quinteto, la cantante Natalia Bedoya, el saxofonista Ricardo Narváez, Fonseca y el colectivo salsero La 33.
El jazz, regado desde su núcleo por las vertientes del río Misisipi, navega ahora por las aguas del Magdalena y encuentra eco colonial en Santa Cruz de Mompox, la llamada Ciudad de Dios. En este lugar patrimonial, el jazz suena para todos.
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