“¿Qué misterioso llamado a distancia hizo venir a un popular instrumento germánico a cantar las desdichas del hombre platense? He aquí otro melancólico problema para Ibarguren. Hacia fines del siglo XIX, Buenos Aires era una gigantesca multitud de hombres solos, un campamento de talleres improvisados y conventillos. En los boliches y prostíbulos hace vida social ese masacote de estibadores y canfinfleros, de albañiles y matones de comité, de musicantes criollos y extranjeros, de cuarteadores y de proxenetas: se toma vino y caña, se canta y se baila, salen a relucir epigramas sobre agravios recíprocos, se juega a la taba y a las bochas, se enuncian hipótesis sobre la madre o la abuela de algún contertulio, se discute y se pelea”.
Esta fue la mejor manera que encontró Ernesto Sábato para hablar del tango. Y del bandoneón, ese contenedor de melancolía desplegable que, curiosamente, fue creado como una suerte de órgano portátil para llevar el rezo por doquier, y terminó, al otro lado del mundo, amenizando los pesares y nostalgias de tantos a orillas del Río de la Plata. La soledad de la que habla el escritor argentino explicaría por qué dos hombres practicaban los pasos del baile antes de verse con las prostitutas… sólo luego nos daríamos cuenta de lo sensual que resultaba y que resultaría el baile como forma de conquista.
Pero, además, ese vínculo del ardor religioso con el que fue concebido y el ardor propio del tango no son tan lejanos como uno podría pensarlo. Basta recordar que el baile del tango tuvo, a finales del siglo XIX, un precursor muy potente: el candombe, una danza que recreaba la coronación de los reyes congoleses a ritmo de cantos católicos y bantú. Y ¿cómo no sentir esa profunda devoción que traen las religiones consigo en algo tan concreto como la letra de una canción?: “El duende de tu son, che bandoneón, se apiada del dolor de los demás, y al estrujar tu fuelle dormilón, se arrima al corazón que sufre más”. O: “Y puedo confesarte la verdad, copa a copa, pena a pena, tango a tango”. Mucha piedad y confesión ensimismada trae este canto hondo y triste que hoy define a esta música tan cercana del cielo. Y del infierno.
Y es que en la mitología griega Cerbero era un gran perro de tres cabezas que protegía la entrada —y salida— del Hades. Podríamos decir que, claramente, el tango es un Cerbero, en y para sí mismo. Un gran monstruo musical, cercano a la inmortalidad, caracterizado por sus tres imponentes cabezas: poesía, baile y música.
Cuestión de retos
En 1905 Enrique Saborido y Ángel Villoldo compusieron el tango La morocha, canción que cruza la pasión —de una forma más madura que sus predecesores—, la admiración y el conservatismo típicos del momento. El tango de Saborido y Villoldo exalta la figura de la morocha rioplatense, que en la época acaparaba las miradas de gauchos e inmigrantes e inspiraba a los tangueros:
Yo soy la morocha
de mirar ardiente,
la que en su alma siente
el fuego de amor.
Soy la que al criollito
más noble y valiente
ama con ardor.
A la vez que mantiene una mirada conservadora de la mujer:
Yo, con dulce acento,
junto a mi ranchito,
canto un estilito
con tierna pasión,
mientras que mi dueño
sale al trotecito
sale al trotecito
en su redomón.
Saborido relató en una entrevista cómo una noche en un bar unos compañeros, burlándose de su ensimismamiento con la cantante morocha Lola Candales, lo retaron a escribir un tango tan bueno que pudiera ser interpretado por ella. Esa misma madrugada Saborido se levantó emocionado: “Eran las cinco, y yo me senté al piano. A las seis y media había compuesto la pieza. Una hora después estaba en casa de mi amigo Ángel Villoldo pidiéndole que escribiera la letra. A las diez de la mañana, letra y música estaban de acuerdo y al mediodía ambos visitábamos a Lola”.
Así como la excitación tuvo fruto esa misma noche —con Lola Candales cantando La morocha—, fue la melancolía la que daría pie para los grandes tangos. Una de las canciones más famosas, Cambalache, escrita por Enrique Santos Discépolo, Discepolín, en 1934, es una fuerte crítica de la dictadura argentina vivida durante la “década infame” de 1930 a 1943. Una visión furiosa, pesimista y desilusionada con la cultura de ese momento en Argentina. Desde la primera frase lo anuncia:
Que el mundo fue y será una porquería ya lo sé…
Pareciera que esa porquería fue común en más de un tanguero. Dice Jaime Andrés Monsalve, citando a Horacio Ferrer (1933-2014), escritor, poeta, historiador del tango y presidente de la Academia Nacional del Tango: “El acordeón te abre un agujero de diez centímetros en el alma y el bandoneón uno de diez metros”. Es posible entonces que Aníbal Troilo, uno de los grandes bandoneonistas, dedicara más de una pieza para intentar cerrar ese hueco que le dejó el bandoneón. Y es que el mismo instrumento, central del tango, ha sido también objeto de más de una triste canción. Entre esas destaca de Troilo La última curda, cuya letra fue escrita por Cátulo Castillo, que, además de componer tangos, fue un importante poeta argentino. Melancolía pura es la que desprenden el instrumento, el artista y la situación, la vida misma del tanguero:
Pero es el viejo amor
que tiembla, bandoneón,
y busca en el licor que aturde,
la curda que al final
termine la función
corriéndole un telón al corazón.
Y entonces llega el baile
Luz tenue. Dirigida. Cuerpos estilizados, hermosos. Pañoletas en el cuello, camisas a rayas, tirantes, boinas.
“En Argentina tenemos un baile que habla de celos y de pasión. Una prostituta y un hombre se enamoran. Primero hay deseo, luego pasión, luego sospecha, celos, rabia y traición. ¡Sin confianza no hay amor! Los celos lo van volver loco”, aúlla un teatral hombre ronco en la cinta Moulin Rouge… ¿Alguien, hoy, tiene una idea distinta a ésta sobre esta música apasionada?
Si a Ástor Piazzolla, y antes de él Julio Caro, Osvaldo Pugliese o Aníbal Troilo —por sólo mencionar a tremendos monstruos del tango—, les debemos los estilos que hoy se recitan como aquellos que innovaron el género con virtuosismo, no podemos negarle al baile su impresionante influencia para que nunca deje de sonar el bandoneón. Si los conservatorios, partituras y sabiduría en escena han sido quienes le han dado mil respiros al tango, es la gente, su público, sus fanáticos, quienes lo han mantenido en la escena global. De hecho, ¿hay alguien mejor bailarín que un japonés? ¿Que un caleño? Nunca se ha dejado de bailar el tango. Quizá ya no las milongas de comienzo de siglo XX, que alimentaron la fiesta y las orquestas típicas que constaban de decenas y decenas de músicos, pues pasaron la Segunda Guerra, la dictadura y el rock & roll. Pero el tango sobrevivió. Gracias a los concursos de baile que se fueron profesionalizando (y luego los profesores se dedicaron a enseñarles a las señoras deseosas de provocar deseo) y donde los ingleses jugaban a ser los mejores exponentes de la pasión latina, aunque también se reconfiguró el salón de baile a espacios de cámara (quintetos, cuartetos, tríos y dúos), haciendo de la presentación de la pareja tanguera un espectáculo digno de admiración y provocador de todo el deseo. Hoy, ¿quién no quiere ver un show de tango en un crucero? ¿O la multitudinaria transmisión televisiva de Luna Park?
¿Para qué el baile? ¿Qué nos producen esas parejas si no la imagen del drama amoroso, de la telenovela? Cual bandoneón que se abre, esta historia de amor bailada, cantada y tocada se explaya en toda su grandeza, pasión y celos hasta llegar al triste final del desamor. Nos encanta verlo, nos sentimos cercanos a ese sentimiento que nos desgarra por dentro. Nos hace sentirnos menos solos.
Y es en ese clic donde entendemos que las cosas del amor son así de incomprensibles como la vida misma. Por eso nos gustan tanto. Por eso las sufrimos tanto. Eso lo entendió Piazzolla al descubrir que ese instrumento que le daba vergüenza conocer cuando pensaba que todo lo sabía era tan profundo y misterioso como las fugas de Bach o tan versátil como para improvisar con el jazz y el rock. Y allí entendió lo que él tenía por delante, lo que tenía por delante Daniel Binelli, su discípulo, y a quien Bogotá recibe de nuevo para que nos muestre cómo es que un bandoneón respira, suspira, gime y llora. Y así abrieron el camino, se lo abrieron a miles de oídos que hoy creen que así era el tango. Y en cierta medida, así lo es.