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Ella fue su poesía

Desde que nació había muerte en su mirada. Hija de judíos rusos, depresiva y brillante: una de las poetas latinoamericanas más importantes de la historia. 43 años de la muerte de Alejandra Pizarnik.

25 de septiembre de 2015 - 04:52 p. m.
Alejandra Pizarnik. / Tomada de www.educ.ar
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Era jueves, una mañana negra de sol. Era 1936 en Avellaneda, un barrio de Buenos Aires. Era 29. El cuerpo de Rejzla Bromiquier se abría como una herida recién hecha, cada contracción llegaba como un trueno. Hacía frío. Había miedo. Fue el primer día en el mundo de Alejandra Pizarnik. No lloró recién salió del cuerpo de su madre, dicen que después de pegarle la acostumbrada palmada tampoco lloró. Abrió los ojos con prematura prepotencia, unos ojos que parecían haber visto la vida en supremo fulgor. Tenía una hermana mayor, Myriam. Su papá era Elías Pizarnik, judío ruso.

“Se espera que la lluvia pase. Se espera que los vientos lleguen. Se espera. Se dice. Por amor al silencio se dicen miserables palabras. Un decir forzoso, forzado, un decir sin salida posible, por amor al silencio, por amor al lenguaje de los cuerpos. Yo hablaba. En mí el lenguaje es siempre un pretexto para el silencio. Es mi manera de expresar mi fatiga inexpresable”.

Creció en el mismo barrio en donde nació. Cuando hablaba no sabía pronunciar la erre, parecía una francesa tratando de simular el acento argentino. Odiaba eso. Odiaba su piel con bolas de pus en todo el rostro. Odiaba subir de peso con tanta facilidad como respirar. Odiaba que la compararan con Myriam. El único hoyo de escape para el odio eran las anfetaminas que causaron largos periodos de trastornos del sueño como euforia e insomnio.

1954. Después del tortuoso bachillerato, donde se burlaron de su estatura, su poca feminidad y sus ojos grandes y oblicuos, ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Permaneció como estudiante de la Facultad hasta 1957, tomó cursos de literatura, periodismo y filosofía. No terminó. Abandonó la universidad para estudiar pintura con el surrealista uruguayo Juan Planas.

“Señor
Tengo veinte años
También mis ojos tienen veinte años
y sin embargo no dicen nada”.

París, 1960. Fumaba, la boca le olía a pájaros muertos. Siempre usaba ropa negra, nunca tuvo el cabello largo. Conoció a Ivonne Bordelois, poeta, ensayista y lingüista argentina, que cuenta en el libro “Los Malditos”: “Nos presentó mi tía. Alejandra se vino con todo, camionera, puteando. Se imaginaba que iba a encontrar a una niñita acartonada porque yo era de una familia francesa. Y a mí me causaba gracia porque había en ella un esfuerzo demasiado intenso, algo infantil, en tratar de chocarme. Pero cuando empezamos a hablar de literatura, entendí que ella sabía. Era menor que yo y sabía más que yo. Me di cuenta de que no debía dejarla pasar”.

Vivió hasta el 64 en París. Destruyó su departamento desde todo punto de vista, nunca limpió nada, era un caos de papeles, hacía frío. Era maravilloso escucharla hablar de poesía esas tardes y esas noches: decía cosas que nadie había escuchado antes, que ciertamente jamás se escucharían en la academia. Era agudísima en sus juicios. Tenía un humor increíble, negro, judío, delirante. Destruyó el castellano para crear un nuevo universo: la sonoridad que le encontró a la lengua sigue siendo única. Llevó el lenguaje al límite, luchó contra él hasta el final, puso el cuerpo. Fue amiga de Julio Cortázar, de Rosa Chacel, de Octavio Paz.

“No es la soledad con alas,
es el silencio de la prisionera,
es la mudez de pájaros y viento,
es el mundo enojado con mi risa
o los guardianes del infierno
rompiendo mis cartas”.

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Regresó a Argentina. Publica los siguientes libros “Los trabajos y las noches”, “Extracción de la piedra de locura”, “El infierno musical” y “Los pequeños cantos” y su libro en prosa “La condesa sangrienta”. Al año siguiente expuso pinturas ingenuas junto a Manuel Mujica Lainez. Cada vez era más triste, se encontró encerrada y atrapada en el recuerdo y la pasión por la irrecuperable infancia y por otro lado una fuerte fascinación ante la idea de la muerte. La muerte aparece en su obra como interlocutora de sus personajes. Es en esa jaula en donde se alojó y de donde florecieron sus desgarradoras poesías.

“Yo no sé del sol.
Yo sé la melodía del ángel
y el sermón caliente
del último viento.
Sé gritar hasta el alba
cuando la muerte se posa desnuda
en mi sombra”.

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Fue una criatura herida, castigada y salvada al mismo tiempo por lo que fue su único oficio, la poesía. Escribió tanto como pudo, amó las letras tanto como las odió. Había días en los que se encerraba en el baño de su apartamento en Buenos Aires y comenzaba a cantar, como un pájaro y pensaba como sería su muerte, y quería morir, intentó morir muchas veces y cuando su escritura no la pudo sostener más, concretó la muerte tan anunciada en sus poesías.

Tenía 36 años. Era lunes en 1972. Era un tarro naranjado, decía Seconal en el papel blanco que tenía adherido, un barbitúrico que deprime la actividad cerebral y se usa en el tratamiento de la angustia y la ansiedad, inhibe el sistema nervioso. Tomó 50 pastillas el 25 de septiembre después de un fin de semana en el que había salido con permiso del hospital psiquiátrico de Buenos Aires, donde se hallaba internada a consecuencia de su cuadro depresivo y tras dos intentos de suicidio.

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La muerte se le fue imponiendo como vía de superación de la miseria de existir. Ella fue su poesía.

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