A ellos les pareció bien. Nunca fueron —ni han sido— esos padres que exigen a sus hijos ser brillantes, artísticos, buenos hijos, deportistas, amigos y hermanos; todo al mismo tiempo. En cambio, había —hay— libertad, para ser, para hacer.
Un día, preguntándome qué extrañaba de aquellos tiempos dorados (mi infancia, indiscutiblemente, ha sido la época más dichosa, más valiosa) apareció el piano. Me inscribí a clases, dispuesta a volver al teclado, a las notas, al pedal si me ponía utópica. A pesar de haber tocado durante unos cuatro o cinco años años atrás, cuando el profesor me preguntó de qué me acordaba, sólo atiné a decirle «no sé”. ¿Te acuerdas de que hay “notas tristes y notas alegres”? Me preguntó. Quizás, tal vez, de pronto… Todo volvía a apuntar a un no sé. ¿Te acuerdas en qué nota —casi siempre— se lee el piano? ¿Te acuerdas cómo se llama esto? Sí, pentagrama. Solo entonces, quedó tranquilo. Estaba buscando, insistentemente una respuesta. Negativa o positiva, pero vehemente, capaz.
Me quedé pensando en las respuestas que damos a diario. En las preguntas que hacemos, buscando respuestas absolutas: sí, no, siempre, nunca, nada, todo. Para tranquilizarlos, para anestesiarnos, para creer que no estamos solos. Preguntamos y respondemos mecánicamente, con interrogantes robóticos. Sin darle tregua a la trascendencia.
Escribo, en defensa del no sé. De las tantas respuestas que andamos buscando y no llegan con un absoluto. Escribo en defensa del no sé, por todas las incertidumbres que veo cuando el profesor dice que lea el pentagrama. Escribo en defensa del no sé, porque los sí no me están satisfaciendo y los no, dejaron un ápice de amargura. Escribo en defensa del no sé, porque no sé cuándo llegó la obligación de contar certezas como días en el calendario. Escribo en defensa del no sé, porque no sé cuántas veces he dicho “hoy sí”. No sé a qué me refiero con un sí tan certero, tan determinado. No sé —ni siquiera— por qué me esforcé por dividir mis anhelos entre sí y no. Como si la vida se tratase de dos corrientes y nada más. Y, con suerte, alguna de las dos funcionase.