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En la libertad de Fuentes

Es extraño que de una camisa blanca, de unos simples 30 minutos de conversación, de una imponente tez morena, de su manera de chistear, de unos ojo chiquiticos y oscuros pueda uno asegurar que aquel hombre que se conoció fugazmente traía la semblanza de la libertad.

15 de mayo de 2012 - 05:00 p. m.
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Pero cómo si no, desde una profunda libertad, se habría atrevido este escritor a ajustar cuentas con uno de los personajes que junto con Marx más marcó su vida y su narrativa. Cómo si no habría podido Carlos Fuentes llevar a Federico Nietzsche a su balcón.

Cuando lo vi, en enero en Cartagena, en el Hay Festival, me contó que había abandonado a los vampiros con los que jugueteó para hacer una metáfora del desangramiento de México por el narcotráfico, y sin aspavientos y como si supiera que esa cuenta no podía no ajustarse, me dijo que había decidido traer a la vida al filósofo alemán que tanto leyó.

Esperó toda su vida como escritor para ese encuentro literario y le guardó ese momento quizás para convertirse él también en eso que admiró tanto del autor de Humano demasiado humano: “un defensor máximo de la libertad”. Lo resucitó para que lo acompañara hasta el final de sus días.

Pero de su libertad no sólo daba cuenta esa comunión dicharachera y desprevenida con Nietzsche.

Cuando vi a Carlos Fuentes en un hotel lujoso de la Heroica, sentado en una silla que parecía ajustarse a su imponencia, vi a un hombre que reclamaba su derecho a decidir con quién conversar y con quién no, escuché a un hombre que parecía haber saldado sus deudas como narrador y sobre todo fui testigo, como muchos otros, de que Fuentes hablaba en público y en voz alta de temas que muchos políticos no sabrían ni cómo nombrar.

Nunca le tuvo miedo a la política, parecía entonces emprender sus propias cruzadas. Hablaba con pasión como si finiquitara en sus discursos esa ideas bien contadas y emprendidas en sus novelas.

Carlos Fuentes se sentía libre. Miraba a los ojos a su maestro. Peleaba contra monstruos políticos. Y al sentarse frente a una joven periodista ya no tenía miedo de reírse de sí mismo.

Sin importar que las reseñas ya no alabaran sus novelas como en otros tiempos, Carlos Fuentes seguía escribiendo como armado de esa madurez de escritor, de hombre viejo, que está menos necesitado del mundo, de sus halagos y sus quejas. Carlos Fuentes, refugiado con su mujer en un barrio perdido de Londres, no sólo seguía escribiendo con ahínco, sino que parecía escribir desde una gran y envidiable libertad.

 

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