En 1939, las directivas del Banco de la República, como comprador único de oro, decidieron adquirir un objeto de incomparable valor: un poporo quimbaya precolombino. Con esto, no sólo salvaron de la fundición una pieza que ha servido de símbolo de la riqueza de nuestro país, sino que dieron inicio a una colección precolombina que, cinco años más tarde, se convertiría en el Museo del Oro, en principio sólo a invitados especiales.
Posteriormente, como en una misión de reparación histórica, el Banco se dedicó no sólo a guardar y exhibir nuestro patrimonio orfebre precolombino, sino a crear un equipo interdisciplinario de investigación para reconstruir la historia que escondía cada pieza, con el fin de conservar y recuperar los tesoros perdidos, primero a manos de los conquistadores españoles y después de saqueadores y guaqueros.
En 1959 el Museo se abrió al público. Se encargó a la firma Esguerra, Sáenz, Samper la construcción del edificio que se convertiría en Premio Nacional de Arquitectura en 1970 y que fue posteriormente declarado patrimonio de la nación. Ahí en la Jiménez con séptima, frente al parque Santander, generaciones de colombianos y visitantes de todas partes del mundo asisten para visitar uno de los íconos de nuestra cultura.
Aunque en los años 80 se habían hecho cambios en las salas del museo, con la llegada de la antropóloga e investigadora Clara Isabel Botero a la dirección se adelantó un gran proyecto de ampliación y renovación del Museo en Bogotá. Para el público, este proceso inició en 2004, con la construcción de un nuevo edificio al lado del anterior (en la infografía, marcado como primera etapa).
La segunda etapa acaba de empezar: las puertas del edificio viejo se cerraron y parte de la colección viajó temporalmente a las salas del Museo del Banco de la República frente a la Luis Ángel Arango. No se trata sólo de reformas locativas. Lo que hay detrás, es un cambio de pensamiento que incide en la manera de exhibir las colecciones, y también en el protagonismo y el compromiso que tiene el museo con su entorno: el parque Santander, la carrera séptima y la calle 16.
Además de Botero, el arquitecto Efraín Riaño ha estado a la cabeza de toda esta transformación. Cuando se les pregunta al respecto, ambos toman tiempo para explicar el cambio. Es mucho lo que hay que contar. "Hacer un nuevo guión museográfico -algo así como la hoja de ruta de la exhibición- fue lo primero", explica Botero.
Roberto Lleras y su equipo de investigación del Museo decidieron darle protagonismo al oro y la arcilla dentro de una narración cíclica: "lo que sale de la tierra se transforma, se utiliza, es simbolizado y vuelve a ella como ofrenda. Una perspectiva más acorde con la mirada indígena", continúa la directora. Este ciclo tiene cinco partes que corresponden a las salas de exposición: el descubrimiento de los metales, la tecnología de la metalurgia, el uso de la metalurgia en la Colombia prehispánica, la simbología de los metales y el Vuelo Chamánico y la ofrenda.
Arquitectos y museógrafos siguieron, entonces, muy de cerca el trabajo de los arqueólogos para materializar el guión. Riaño toma la palabra y explica cómo las zonas públicas debían responder tanto a las necesidades de exhibición como al nuevo concepto de centro cultural abierto y menos solemne que quería proyectarse. "Paralelamente -explica el arquitecto- era necesario avanzar en materia de conservación, pues en 30 años, mucho se ha hecho". La primera decisión fue pasar las bodegas del subsuelo a pisos superiores para evitar la humedad. Luego vino la renovación de las vitrinas.
Después de mucho viajar y recorrer museos, se decidió por el "Hecho en Colombia, pero bien hecho". Con tecnología y capacitación extranjera, en talleres que quedan cerca de la Estación de la Sabana, se elaboran cofres modernos para tesoros antiguos.
Son vitrinas que, además de software con medidores de temperatura y humedad, tienen un dispositivo de aire por presión positiva para evitar la contaminación. Algo así como el empacado al vacío, pero al revés. "El resultado no ha podido ser mejor. Pasamos de una profunda ignorancia en el tema a un liderazgo en América Latina en términos de conservación de material arqueológico", continúa Riaño con un tono de satisfacción en la voz.
El nuevo museo
La reapertura está prevista para septiembre de 2008. En esa fecha los visitantes se encontrarán con un centro cultural mucho más asequible y funcional que el antiguo y solemne Museo del Oro. Una extensa planta baja en donde, además de un restaurante, habrá suficiente espacio cubierto para hacer cola frente a la taquilla sin mojarse y una tienda al estilo de los grandes museos del mundo. "Un espacio de intercambio que busca integrar el parque Santander y generar un impacto en la zona", interviene Botero.
En todo este proceso también hubo descubrimientos en las entrañas del museo. "Una de las cosas más interesantes fueron los hallazgos de la ‘arqueología contemporánea’ del edificio -cuenta Riaño-. El diseño de los 60 tenía calderas, bodegas e incluso apartamentos enteros para la celaduría. Allí se creó la sala de exposiciones temporales, en los niveles inferiores". Este espacio, totalmente nuevo, recibirá tanto exposiciones de las reservas del propio museo como exposiciones de otras partes del mundo.
Una zona didáctica para estudiantes y jóvenes, y la terraza y el acceso a los talleres donde trabajan los conservadores, son otros de los elementos para que los visitantes encuentren respuestas acerca de la orfebrería precolombina. "El cambio en el concepto es total -concluye Botero-. No sólo seremos un museo, sino un centro cultural, que creció tres veces aunque habíamos pensado que los espacios sólo se duplicarían", concluye Botero, quien además de liderar este proyecto empacó maletas para que nuestro Museo esté presente con 251 piezas en estos días en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara.