Un poeta aplaudido. El poeta celebrado, saludado en la calle, reverenciado. Sí, un poeta.
Antes y después de la celebridad, José Emilio Pacheco fue un hombre de palabras simples, de una sabiduría elemental que se presentaba más rotunda y certera a través de un idioma hecho con el trabajo de todos los días. La escritura, la reescritura y el sentimiento de habitar siempre el mismo oficio duro y áspero como el único lugar posible para alcanzar la verdad, alguna verdad.
Las palabras, siempre las palabras. Muchas, pocas, suficientes: exactas. Una luz muy especial sobre las cosas que se presentan inasibles, quizá, materia impenetrable. Palabras para ver de nuevo. “Digamos que no tiene comienzo el mar / Empieza donde lo hallas por vez primera / y te sale al encuentro por todas partes”.
Traductor, ensayista, colaborador de distintos medios mexicanos, Pacheco ascendió a la cumbre de la literatura de su tiempo por el camino de una labor constante que produjo dos novelas (Las batallas del desierto es una especie de lectura necesaria en México), algunos relatos y al menos 15 libros de poesía. Pacheco se convirtió en una suerte de ídolo amable y de bajo perfil: no una instancia de sacrificio, sino más un lugar obligado de consulta, una institución no oficial habitada por la belleza de lo sutil.
En una entrevista contó que cuando le dijeron que Pablo Neruda estaba en el mismo lugar que él, Pacheco prefirió no conocerlo: “Yo qué le iba a decir a Neruda, prefería leerlo. Y qué le iba a decir yo: buenas noches, señor Neruda, me gustan muchos sus poemas…”.
Tal vez no era consciente de su estatura, esa medida nebulosa que se inventan la crítica y el público para marcar y catalogar la creación de la misma forma que se marca y se cataloga el ganado. Sin el aire liviano que circula en las grandes alturas, Pacheco escribió un mundo simple, apenas reinterpretado por una visión desprovista del hambre por los premios, los viajes, las conferencias, las entrevistas; el escritor al que no le gustaban las entrevistas, una especie exótica.
Una mujer, B, se suicida. No lo anuncia, no lo ensaya. Lo hace y ya. Quedan sus amigos y conocidos: “… El suicidio es una crítica radical a nuestro modo de vida y, en primer término, un asesinato simbólico. Todos sentimos que matamos a B, y ella, en venganza, acabó con nosotros. Nos sobrevaloramos al pensar que una palabra nuestra, un gesto solidario, los consuelos de la filosofía cristiana o estoica, la esperanza de la revolución mundial, la memoria de los buenos momentos en compañía, el despliegue de nuestras propias humillaciones y fracasos, un sarcasmo oportuno y escarnecedor… algo hubiera bastado para conjurar el suicidio”.
Al concederle el Premio Cervantes, en 2009, el jurado afirmó que le entregaba el galardón por su “uso lingüístico implacable”. En una rueda de prensa luego del anuncio del premio, la prensa le preguntó a Pacheco cómo se encontraba: “Zurimbo, patidifuso y turulato. Tengo que escoger tres palabras que ya ni se usan para describir el estado de irrealidad en el que me encuentro”. Implacable, en efecto. Impecable.
Palabras para la memoria, para recordar lo que ha sido, pues quizá el único tiempo consistente es el pasado. Palabras acerca de la memoria de un escritor inmortal, incluso: “No tomes muy en serio / lo que te dice la memoria. / A lo mejor no hubo esa tarde. / Quizá todo fue autoengaño. / La gran pasión / sólo existió en tu deseo. / Quién te dice que no te está contando ficciones / para alargar la prórroga del fin / y sugerir que todo esto / tuvo al menos algún sentido”.
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