Nos desembarcamos en la estación central de Berlín, que es la mayor estación ferroviaria de Europa, cuya construcción tuvo un valor aproximado de 900 millones de euros, iniciada en el 2002 y terminada en el 2006, cuando se celebró en esta ciudad la Copa Mundial de Fútbol.
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Lo primero que visitamos fue la Alexanderplatz, ubicada en el centro de la ciudad, que debe su nombre a la visita que hizo el zar Alejandro I de Rusia en 1805. Es una plaza enorme y a su alrededor quedan los monumentos y sitios simbólicos de la ciudad, como la Torre de Televisión de Berlín (construida en 1969), que es la sede de varias emisoras de radio y televisión, además de tener un bar con restaurante a 203 metros de altura. En la plaza también está ubicado el Reloj Mundial, que muestra el tiempo de varias zonas horarias.
Luego de caminar un buen trecho, llegamos a la Rotes Rathaus, que es la sede de la Alcaldía y del Gobierno Federado de Berlín. Su nombre está relacionado con el color rojo de los ladrillos con que fue construida entre 1861 y 1869. Después de la Segunda Guerra Mundial, el edificio fue ocupado por las tropas soviéticas y solo en 1991, cuando se produjo la reunificación alemana, el gobierno local se trasladó allí. Esta edificación está adornada en su exterior con la Fuente de Neptuno. También visitamos la catedral de la iglesia evangélica, construida en 1895, y, cerca de allí, vimos desde afuera el Museo Antiguo, pues estaba cerrado.
Terminamos nuestro periplo en la Puerta de Brandemburgo, construida entre 1788 y 1791, durante el reinado de Federico Guillermo II de Prusia. Este lugar está lleno de historias porque en 1806, después de ganar la batalla de Jena, Napoleón Bonaparte hizo que fuese llevada a París la cuadriga (carroza romana empujada por cuatro caballos), ubicada en todo lo alto del monumento. Más tarde esta fue devuelta a Berlín, en el año 1884. Por debajo de su estructura, en 1933, las tropas del Partido Nacional Socialista desfilaron en una procesión de antorchas jamás vista por los berlineses.
Yo tengo especial afecto por Berlín porque en esta ciudad mi abuelo, Max Seidel, trabajó en los primeros años de 1900 como rector del Colegio de Señoritas de Segunda Enseñanza. Fue desde aquí que mediante el convenio colombo-alemán fue contactado en 1911 para viajar a Tumaco a crear el Liceo de Bachillerato, y terminada la Primera Guerra Mundial, estando él aquí en esta ciudad, emprendió el segundo viaje para jamás regresar. Es por eso que con mi hijo mayor nos dimos a la tarea de buscar algún recuerdo de la permanencia de Max Seidel en Berlín, pero todo fue infructuoso: hay un sinnúmero de colegios de este tipo de instituciones en la ciudad y, además, los bombardeos no dejaron recuerdo alguno.
Sin embargo, tengo buenas noticias en la búsqueda de mi semilla. Aprovechando los medios virtuales, mi hijo Helmut y su esposa Crhistine, quienes viven acá en Alemania, pudieron encontrar la información familiar del árbol genealógico en Leobschütz / Głubczyce (Polonia), en los archivos estatales de Opole.
Regresamos a Hamburgo por la tarde-noche en el tren rápido ICE, con la alegría y nostalgia de haber conocido Berlín, la ciudad donde vivió mi abuelo.