Las hazañas de un equipo creativo se pueden contar de muchas formas, pero la determinación de crear una compañía de teatro estable en Colombia, en sí misma es una gran hazaña. En nuestro país surgen toda clase de compañías, cada cierto tiempo más de dos personas se unen y encuentran una visión que los lleva a través de un diálogo sensible. En esta ocasión y con el estreno de la última pieza del ciclo de Mirada Paralela, contaremos un poco de la labor de un equipo que no para de hacer, que no para de proponer y que no deja nunca de crecer: la Maldita Vanidad.
En una casa del barrio Teusaquillo que goza de una discreta entrada, pero que alberga dentro de sí un movimiento quimérico de ideas que van y vienen, La Maldita Vanidad tiene su centro de operaciones. Entre trabajos de amigos, cafés, sesiones de micrófono abierto y lecturas dramáticas, la compañía cumple sus diez primeros años, una década de construcción permanente entre la escena nacional y el mundo. Uno de los eventos que cada dos años cobra mucha trascendencia en su espacio es el ciclo de Mirada Paralela, que invita a varios de los miembros de la compañía a asumir un diálogo con un autor internacional del teatro y a rendir un homenaje a su obra a través de la creación teatral.
En esta oportunidad el autor escogido ha sido William Shakespeare. Durante el año hemos visto ya varias creaciones de muy alta calidad, destacando Carta de un hombre sin padre, dirigida por Juan Pablo Acosta y Hunting Hotel, escrita por Jorge Hugo Marín y dirigida por Ella Becerra. La última entrega del ciclo está a cargo de Fernando de la Pava, quién, en compañía de tres talentosos actores, Saeed Pezeshki, Camilo Vargas y Camila Valenzuela, abordan una de las obras más trascendentales del teatro occidental de todos los tiempos: Hamlet, que trata de los acontecimientos posteriores al asesinato del rey Hamlet (padre del príncipe Hamlet), a manos de su hermano Claudio. El fantasma del rey pide a su hijo que se vengue, situación que lo pone en un dilema enorme teniendo en cuenta que la venganza lo pondrá en conflicto con toda su familia.
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Esa es la cuestión, es el nombre de este gesto escénico que navega entre la composición física y la palabra del drama shakespereano; el diálogo entre creadores no es de ningún modo nuevo, pero sí es imprescindible empezar a reconocer que todo acto creativo no es nada más que eso. El proceso de la cultura es una construcción en la que todas nuestras partes son resultado del contacto con algo más, del impacto de nosotros contra el mundo. ¿Qué significa entonces dialogar con el personaje moderno por excelencia? Hamlet es sobre todas las cosas el hombre moderno, el hombre que renuncia al destino para preguntarse, para tomar partido, para decidir por sí mismo el camino de las cosas.
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Por otro lado, el estudio de una obra, su lectura, siempre está mediada por la mirada de quién lee, es decir, que toda lectura es siempre distinta y por tanto, toda interpretación es una apuesta paralela. Lo que propone De la Pava construye impecablemente una plataforma para explorar lo divino en Hamlet y el asunto de las relaciones que giran entorno al mismo. Dos campos tan potentes como necesarios, los actores, se hacen cargo de la representación develando todo el artificio de la teatralidad cada segundo, pasando de un personaje a otro, van construyendo las situaciones en complicidad con el espectador, un recurso que De la Pava ya había explorado en La tortuga Ciega, su anterior mirada que entonces partía de Lorca. Así pues, el cuerpo de cada actor es plataforma para más de un personaje y el espacio para la confrontación de los aspectos que de la Pava quiere resaltar de la obra. Su propuesta es arriesgada, atrevida en el mejor sentido de la palabra, y su gusto por la imagen permiten que la escena sea impecable; el arte del espectáculo es la guinda del pastel, son especialmente atractivos para el ojo del espectador, sin pretensiones. Una mirada paralela que vale la pena ver.