Hago una concesión y le respondo que desde hace dos años me dedico de tiempo completo a la ficción. ¿Y sus libros se han vendido mucho? No sé, eso no me importa. O sea que escribe como hobby. No es un hobby. El hombre, derrotado, me desea suerte. Es difícil explicar por qué no es un pasatiempo algo que uno hace por placer, que en principio no deja dinero y que suele desaprenderse en la academia. Es, en cambio, un trabajo vital en el que los años de aprendiz nunca terminan. Otro día, entrando a los Estados Unidos, el oficial de inmigración me preguntó qué iba a estudiar. Escritura creativa, dije. ¿Escritura qué? Di una respuesta más bien estúpida, pero quería que fuera clara: es para escribir novelas. ¿Novelas? ¿Como las de televisión?
Todo esto me hace volver a una cuestión sobre el oficio: ¿se puede aprender a escribir? Un compañero decía que la maestría le había enseñado a vender humo. Otro, que la exposición constante a las críticas lo había dejado en un bloqueo creativo del que no podía salir. Stephen King, Susan Sontag, Paul Auster, Ray Bradbury, Patricia Highsmith y Julio Cortázar son sólo algunos autores que tienen manuales sobre el camino del escritor. Fórmulas no tienen, pero sí historias detrás de las historias.
De las maestrías quedan reglas que después se vuelven las muletillas de todo crítico: “hay que estabilizar los materiales”, “la historia cae en lo cursi”, “ese lugar ya está recorrido”, “sólo se dice, pero no se produce”, “no hay riesgo en la escritura”. Y todas tienen razón, pero a veces cierran caminos. Depende de las referencias literarias y preguntas que se aporten, de que exista un espacio para la discusión en el que cualquier idea sea posible si su creador se apasiona con ella (léase: que la estruje, la vuelque, la bese y al final hasta la abandone).
Lo que sí se aprende en una maestría de escritura creativa es a tener un ojo crítico y —ojalá— a leer mejor. A ganar un ritmo de escritura, ya que sólo escribiendo mucho se puede lograr por lo menos un buen párrafo. Es saber que la musa es más bien esquiva y que lo único confiable es la disciplina. Que sin ese poco de obsesión, ese tanto de dolor y ese mar de pulsiones internas cualquier obra nace muerta. Que hay que aprender a decir “soy escritora”, así ante el sistema sea una desempleada. Pero tanta moraleja me suena a más reglas. Al fin de cuentas, el ser creativo, tanto en la escritura como en la vida, deja más preguntas que certezas. La creatividad como la condena de ver unos ojos que te miran desde una simple mancha o una historia pasajera.