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Este es el Mutis que nos queda

En agosto de 2018 se cumplen 95 años del natalicio de Álvaro Mutis. Su hijo, Santiago Mutis Durán, lo recuerda cinco años después de su partida.

22 de agosto de 2018 - 04:58 p. m.
Álvaro Mutis, nacido el 25 de agosto de 1923 en Bogotá, y fallecido en Ciudad de México cinco años atrás, el 26 de septiembre. / Archivo
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El 25 de agosto de 1923 nació en Bogotá Álvaro Mutis Jaramillo, hijo de Santiago Mutis Dávila y Carolina Jaramillo Ángel. Fue criado en Bélgica desde los dos años y adoptó el francés como su lengua primaria. Al morir su padre, regresó a Colombia en compañía de su familia y pasó su adolescencia en Coello, una finca en el Tolima. En este entorno de la tierra caliente, a merced de un río que se precipitaba sigiloso en las tardes de sol, surgieron los temas que más adelante nutrirían la obra del escritor en que se convertiría.

En 1942 comenzó a trabajar como periodista en la emisora radial Nuevo Mundo, en remplazo de Eduardo Zalamea Borda; en 1948 publicó su primer poemario junto a Carlos Patiño Roselli y comenzó a colaborar con algunas revistas literarias de Colombia, pero no fue sino hasta 1953, cuando apareció publicado Los elementos del desastre, que empezó su verdadero recorrido como poeta. Aquí, aparece por vez primera su emblemático personaje Maqroll El Gaviero. “Octavio Paz que, entonces, era el más agudo lector y crítico de poesía que había en América, desde un principio señaló las particularidades de esta obra rica sin ostentación y sin despilfarro”, una poesía en la que hay una “necesidad de decirlo todo y conciencia de que nada se dice”. En Mutis, escribió Paz a propósito, hay “amor por la palabra, desesperación ante la palabra, odio a la palabra: extremos del poeta. Gusto del lujo y gusto por lo esencial… Lujo y orden y belleza, es decir, economía en la expresión”. “Estas consideraciones de Paz son atribuibles no solamente a la poesía de Mutis, sino a su obra narrativa, pues entre ambas hay una intensa comunicación establecida por Maqroll El Gaviero”, señala el escritor Pablo Montoya, ganador del Premio Rómulo Gallegos en el 2015. “(…) en medio de sus andanzas a Maqroll lo acompañan siempre los libros. Libros que lee y relee en los pocos momentos de tranquilidad que le permiten sus accidentados itinerarios. Este aspecto muestra a Maqroll como un hombre culto y dueño de amplísimas referencias históricas, como lo fue Álvaro Mutis. Este perfil culterano es el que ha lanzado a los críticos a ver en Maqroll un alter ego de su autor”.

En 1960 se publica el Diario de Lecumberri; cinco años después aparecen Reseña de los hospitales de Ultramar y Los trabajos perdidos. Por estos tiempos, Mutis comienza a explorar en la narrativa las posibilidades que la literatura le otorga para poder escribir lo que se propone. No por ello deja la poesía de lado. Entre 1973 y 2001, se dedica de lleno al oficio de escribir. “Como lector de Álvaro (…) me pregunto por qué puerto andará y qué nuevo descalabro podrá contarnos, porque las historias de Maqroll El Gaviero, como escribí en un texto, tienen mucho que ver con este destino trágico de los personajes de Joseph Conrad y sin embargo son muestras de resistencia, de solidaridad, de afecto por los demás. Como lector extraño eso”, así lo recuerda el escritor mexicano Juan Villoro. “Como amigo de Álvaro Mutis extraño su calidez, las conversaciones infinitas en las que él podía contar la muerte de Pushkin en un duelo con lujo de detalles como si hubiera estado allí, sus anécdotas de juventud con García Márquez, su paso por el mundo de la publicidad, la distribución de películas, sus viajes por toda América Latina, sus romances fantasiosos o reales… todo esto es un acervo maravilloso”.

Hacia 1993 le es otorgado, en Francia, el Premio Roger Caillois y en 1997 recibe el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, en España. Finalmente, en 2001, se le hace reconocimiento de toda su obra con el Premio Cervantes. Sus amplísimos trabajos: La nieve del almirante (1986), Ilona llega con la lluvia (1988), La última escala del Tramp Steamer (1988), Un bel morir (1989), Amirbar (1990), Abdul Bashur, soñador de navíos (1990), Triptico de mar y tierra (1993), entre tantos otros, nos permiten seguir la ruta de las aguas, recorrer los ríos, los puertos y los mares, llegar a la tierra del café y pasar por la huidiza calma de Estambul; vamos tanteando, como empujando un carrito hacia adelante, para ver hasta dónde llega; vamos leyendo y recordando, siguiendo la senda viva de su poesía, apreciando el inmenso legado de sus letras y conmemorando, casi 100 años después, su inmensa alegría y su fervorosa devoción por la literatura: éste es el Mutis que nos queda.

Señor Mutis, ¿cómo se da cuenta realmente de quién es su padre?

Creo que eso ha sucedido hasta hace poco (risas). Él se va de Colombia cuando tiene 33 años; yo tengo cuatro. Yo quedo un tiempo solo, viviendo con mi hermana y con parientes. Cuando voy a México él está en Lecumberri; yo debo tener unos ocho años. Cuando sale de la cárcel, mis padres se separan; o sea, lo veo de vez en cuando un domingo y yo por la calle, feliz. Nos regresamos a Colombia y él no puede entrar porque tiene una sanción. Cuando vuelve al país, yo estoy casado y tengo una hija de tres meses. Entonces ese acercamiento es natural, es espontáneo, es amistoso, pero no es la presencia constante de un padre, está interrumpida y cortada por mil sucesos. Él publica en 1973 una novela que se llama La mansión de Araucaíma; yo la leo, soy muy joven, tengo 16 años, me parece una policíaca pornográfica y simplemente no me importa. Sigo leyendo otras cosas, pero como la relación está por encima de los libros, los libros van esperando hasta que de pronto dice uno: ¡esto es bueno! Yo creo que cuando uno se empieza a preguntar por la tragedia colombiana y empieza a leer pensando cómo la vieron, quiénes la vieron, cuándo la vieron, La mansión me da la primera respuesta, que es cómo se hunde la sociedad colombiana, se despedaza, se autodestruye y termina eso en la dispersión y el crimen. Esa primera respuesta me la dio La mansión, pero claro, leída muchos años después, porque ya uno es distinto, se pregunta de una manera distinta, valora la escritura mucho más que antes, piensa que realmente el lenguaje es un poder y que es extraordinario.

¿Cómo era saberse escritor hijo de escritor?

Mi papá ha sido un hombre que no ha puesto sus libros por delante en las relaciones. Es decir, no se presenta como intelectual, como escritor, sino que vino aquí a estar como persona. Los libros nunca eran lo principal, estaban detrás, y uno iba y los buscaba por su propia cuenta. La verdad, cuando yo leo Los elementos del desastre y la Reseña de los hospitales de ultramar, yo no entiendo mucho… una poesía densa, extraña para mí… ni me complicaba ni me gustaba. Veía que era una cosa importante, pero sin haberle descubierto yo en qué blanco daba, qué era realmente su centro, su asunto. Digamos que él no se juega; es decir, si yo hubiera escrito muy mal, igual me hubiera querido; la relación habría sido la misma. Y de todas maneras hay una preocupación: “¿Qué estará escribiendo este? ¿Cómo le irá? ¿Qué tan bueno será?”. Claro, esa curiosidad tiene que existir ahí, pero no le importa tanto. Yo creo que le importa más la amistad que podamos hacer, y allá sus cosas.

Yo había llevado a México este librito Tú también eres de lluvia y un día sí me dijo: “Me contaron que va a publicar un libro de poesía”, y yo: “Sí, voy a publicar un libro de poesía”; “Ah, ¿sí? Y… ¿se puede ver?” (risas); “Pues claro que se puede ver”; “¿Y lo tiene ahí?”, me preguntó. Me paré, fui a la maleta y saqué los originales, 30 páginas y se lo llevé. Se subió al cuarto a leerlo; el cuarto daba encima del jardín donde estaba yo tomándome un vodka con mi mujer. De pronto, por la ventana abierta salieron volando todas las hojas, ¡pero volando como una estampida de palomas! y me grita: “¡Está bien, publíquelo!” (risas).

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¿Cómo era el Mutis amigo?

Él, un poquito, quería desquiciar la realidad con la alegría… Todo ese laberinto lleno de obstáculos, desesperanzas, miserias, trampas, le parecía que así no se podía vivir, que eso era deplorable. Entonces en eso había una irresponsabilidad tremenda que era asumir su propia vida y no ser del todo tan estricto… de una vida opaca, de una vida que obligaba un poco a carencias, a mezquindades, a todo eso. Son unos años en los que están sucediendo cosas en Colombia, que nosotros no hemos querido juntarlas, pero es deslumbrante lo que está pasando en los años 50 y lo que viene de antes; suceden muchas cosas en arte, en escultura, en pintura, en poesía, en literatura… hay mucho, es muy fuerte. Se abre una posibilidad de cierta plenitud, y eso es lo que él siempre quiere, lo que comunica y lo que hace. Él no intenta crear un grupo que quiera lo de él… para nada. Él quiere, de alguna manera, que la brújula interna de cada quien le permita dar todo lo que tiene. Eso es lo que le gusta: saca la luz que tienes y, claro, eso creó desorden, pero creó obras y cosas muy valiosas. Entonces, la relación con él era esa. Una vez que estuve en México fui al mercado de La Lagunilla y vi que había un tomo de Julio Verne sobre viajeros del siglo XVI, pero no me alcanzó el dinero, aunque negocié. Cuando llegué a la casa le dije: “Hombre, vi este libro en el mercado de las pulgas en La Lagunilla, pero no alcancé a comprarlo”. Como a los seis meses mi papá pasó por Bogotá, abrió la maleta y sacó el libro; me dice: “Nunca hay que dejar pasar esa primera oportunidad” (risas).

Mutis siempre hablaba sobre las lecturas que hacía, y decía que sus maestros eran franceses. ¿Ve Mutis a los amigos como una influencia de su literatura? ¿Cuáles son sus autores predilectos? En Francia se encuentra un buen número…

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No es que él sea un enamorado de la cultura francesa; es que él es un niño abandonado en un internado en Bélgica, donde se habla francés. O sea, se abrió a una lengua y ¡una lengua es un universo, un mundo, un continente completo! Descubre la literatura y es eso lo que se abre: un continente, se abre Occidente, se abre una lengua y una literatura que es francesa, que es belga, no solo francesa. Muchos de los poetas que él cita son belgas, no son franceses. Y los belgas -perdón, no sé si me equivoque- son un poquito desdeñados por los franceses; es como un francés de segunda. Él comienza ahí en esa literatura y ahí comienza ese horizonte inasible que es el mar, el viaje, el puerto; ahí desemboca el río, ahí está el mar y la vida de puerto que él conoce de niño, que es fascinante porque es multitud de destinos. Viajan a Colombia y descubre lo mejor, que es la tierra caliente, el paisaje, el Tolima y él dice: “¿Qué es esto tan bello?”. Esa es Colombia; ahí empieza. Y en ella, ¿quién está? Mira que los franceses que se ocupan del trópico y de América son los que más le atraen. Ahí está Saint-John Perse, que es Las Antillas, que es lo que más le importa, el Caribe y el trópico, que va a terminar siendo toda su adolescencia, desde los 10 años. Y de Colombia son sus amistades con las que se forma y discute también. Ahí está Hernando Téllez; ellos son amigos muy jovencitos; él protege en un momento a Téllez -que es un poquito mayor que él- y lo cuida porque sufre del corazón y de eso muere. Él tiene que ir a tierra caliente por el corazón y mi papá lo lleva y lo trae para que no se vaya a morir. Esas discusiones con él, con Ernesto Volkening, que es alemán nacido en Bélgica, pero está aquí desde 1934 y que tiene un conocimiento de América y termina siendo realmente colombiano; con Casimiro Eiger, maestro de él que es un refugiado de la guerra, que viene de Polonia, le confirma también otras cosas importantes en su lectura, que es esa Polonia apretada entre grandes imperios y una gran resolución de independencia y autonomía. Jorge Zalamea yo creo que tiene una influencia importante porque es crítica, es traductor de Perse… ¡es Zalamea! La poesía para él es todo, así coja caminos que nadie va a seguir, no importa, ¡son grandes equivocaciones, hermosas equivocaciones! Él sacude el idioma y esa gran rebeldía contra un país tan difícil, autoritario, violento, de una violencia que se está ejerciendo desde arriba para abajo. A Alejandro Obregón en una entrevista le preguntan cuáles son sus influencias, Goya, la oscuridad… y él dice: “Las influencias no son que uno tome esto de aquí o de allá. Es alguien que te muestra hasta dónde es posible ir; alguien que te enseña que se puede ir más allá. Eso es una influencia; eso que abrió algo en uno”. Eso también lo encontró mi papá en Colombia y el surgir de esas amistades que van a durar toda la vida, como es el caso de García Márquez. Son muchachos -más Gabo que él, porque él es un poquito mayor- pero hay una manera de responder a la vida, a la amistad que termina protegiéndolos a ambos de un medio casi que también bordea lo canallesco. Ellos construyeron una patria propia donde había una ley escrita que era la ley de la libertad y la integridad. La amistad entre ellos siempre será eso: dos personas que se quieren, que se protegen, y pues era una fiesta porque daba la posibilidad de intentar hacer una vida parecida. Esa protección es muy importante para que ellos puedan seguir adelante; se quieren, se protegen del daño, de la mezquindad, de cosas tremendas. La literatura al fin y al cabo está a la intemperie; está expuesta y ahí surgen cosas que no son solamente libros; es tener amigos, pero también tener frente a la vida una actitud clara. Y ellos son gente que juega con todas sus cartas abiertas; no engaña, no tiene nada escondido. Ellos creen que debe ser así y a eso le ponen su talento, su habilidad, su vida, su corazón, su inteligencia, sus lecturas, todo. Saben por dónde va cada quién; ¡está bien! Hoy se juega como a diez bandas.

¿Cuál fue el lugar de Octavio Paz y Elena Poniatowska en su vida?

Elena es una niña que va a la cárcel a hacerle una entrevista sobre los presos políticos en la cárcel, en Lecumberri. El director del periódico le dice: “Hay un escritor colombiano preso allá; entrevístalo, habla con él”, y está montando una obra de teatro con los presos. Ese es el motivo de la primera conversación, o de la conversación, porque de todos modos han estado en fiestas, reuniones, cosas en que están todos. Él llega directo y hay amistad con Octavio Paz, con Carlos Fuentes. Entonces, Elena se propone hacer un trabajo sobre la cárcel y mi papá, que en eso es más viejo, más maduro, dice de alguna manera: “Ten cuidado de comprometer tu vocación literaria en un trabajo periodístico encargado”. Hay una muy pequeña correspondencia que dura seis, siete meses y en ella se puede ver lo que él era, no literariamente, sino la persona hablada. Ahí ves tú, claramente, la calidez, la entrega que hay en la relación, la cercanía que ofrece, el cuidado que le ofrece a la otra persona. Con Elena siente una cercanía estupenda porque ella es polaca; él ama Polonia, ha trabajado para Polonia desde el exilio, con Casimiro Eger han hecho una especie de oficina del Gobierno polaco en el exilio, en la que trabaja mi papá; hay un periódico de divulgación, se comunican en francés, traducen cosas, etcétera; él quiere eso. Pero los quehaceres después de la vida los separan. No es una amistad que dura un tiempo corto; uno ve qué clase de amistad ofrecía él y son muy bonitas esas cartas por eso: son diáfanas; uno ve qué clase de confianza brinda, por qué da alas el trato con Mutis. Esa es la relación con Elena y ella es una niña, es una muchacha. Y con Octavio Paz… oye, es que él tiene 100 libros publicados sobre poesía, sobre pintura, sobre arte, sobre todo, sobre México, y la manera de conversar sobre México, de entenderlo y de compartir con él. Es editor, traductor, ensayista, poeta, tiene abierta la editorial para gente de América en México; ¡cómo no tener contacto con él! Ahora, tenemos es como una suerte de venganza con toda persona que haya tenido un prestigio tan grande como él. Pero nadie se atreve a decir por qué, y es porque nadie se lo ha leído todo. Primero hay que leerlo; hay que respetar lo que es respetable; hay cosas que son demasiado importantes, demasiado inteligentes, lúcidas, abarcan demasiadas cosas. Algunos han dicho que no todo es de primera mano… ¡pero es que en América nada es de primera mano en ese aspecto! Él es la persona que está atenta, que sabe quién es Carlos Martínez Rivas en Nicaragua, quién es Micheaux o Perse o lo que se hace en la poesía hindú. En eso hay una celebración de las letras, de la literatura, del arte, de todo. Con toda esa cantidad de pintores que hay, suizos, de todas partes, México es un refugio de todo. ¿Dónde más está eso? Pues ahí. Nosotros metemos una cizaña tremenda en eso y rompemos una cosa que estuvo unida y es la cosa bonita.

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Hay gente que prefiere a Mutis por su poesía, otros por su narrativa.

La fisura es completa. Él dice que no, y para entender al uno hay que leer al otro. Tú no puedes entender las novelas si no puedes entender la poesía, y no terminas de comprender toda esa poesía si no sabes el desarrollo que eso tiene en la novela. Donde termina la poesía es donde termina el río, el agua, el continente, la tierra y comienza el mar, que son las novelas. Y el mar es el viaje… es esa especie de perseguir; uno sabe que hay algo prometido para uno. Comienza realmente el viaje y todo eso va constituyendo no solo un temperamento, sino un destino. Entonces, no se pueden separar. Él comienza a escribir esas novelas en 1985; es un hombre maduro, hecho y derecho. De alguna manera, la poesía cumplió su papel, que era coger el camino de regreso: el río que crece al revés, que lo lleva hacia su infancia y una vez recuperada esa infancia y recuperada esa tierra por el río, queda suelto y se va, y comienza la novela otra vez.

¿Por qué ha sido tan importante el personaje de Maqroll?

El desamparo, la integridad moral. Es un hombre que renuncia a la sociedad, a la vida que le están proponiendo los demás. Resuelve hacer su vida aparte para no borrarse de la desesperanza de los otros, en los negocios de los otros, en sus bellaquerías, y se va. Ese irse, ese apartarse, todos lo tenemos, lo necesitamos, lo deseamos… yo creo que es eso. No en Colombia; acá no lo quieren mucho. Creo que en Francia y en España sus lectores aman eso.

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¿Es un navegante… tal vez un alter ego del mismo Mutis, que extrañó hasta el cansancio aquellos viajes en barco y demás? Lo nota uno al leer Ilona, toda la saga de Maqroll; hay una conexión fuerte con el agua siempre.

Así es. Siguiendo el agua, uno va por toda la vida de él y de su literatura; ¡es impresionante! Es el hilo de oro que agarra todo, absolutamente todo, hasta las lágrimas… es una cosa deslumbrante. Ahora, esa idea repetida del alter ego… el alter ego no es más que el otro yo, que es el que tú quieres ser también y no siempre se puede. Lo echas a andar, le das cuerda, le das toda la libertad del mundo y se convierte en otro ser humano. Esa libertad es la literaria, es la ficción, es la poesía de su novela. Pero, ¿quién le da la entrada a Maqroll? La entrada se la da la tempranísima muerte del padre; es decir, es la ausencia y uno sabe que atrás de ella hay alguien, hay algo muy importante y hay que alcanzarlo; es imposible, pero hay que alcanzarlo. Y ahí echa a navegar Maqroll, ahí aparece, entra por la puerta.

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Cuando uno piensa en la historia de este país en la década de los 50, uno encuentra Mito y hay una referencia a Mutis. En pintura hay una referencia a Mutis. En la radio, en todos lados. Su padre siempre estuvo presente.

Eso comienza antes. Antes de Mito está Crítica, que es Jorge Zalamea. Antes de Crítica, un poquito más dispersas, hay otras cosas muy importantes, y antes hay otras. Antes de la HJCK está la Radiodifusora Nacional de Colombia, que es un prodigio de radio: seria, intensa, en música, en radioteatro… Bueno, Jorge Zalamea manejaba ahí la reseña de libros, por ejemplo; era una voz inteligente. La cultura no era esa cosa que se añade, esa cerecita que se le pone de adorno. La cultura era la única oportunidad de reflexionar sobre la vida. En arte, digamos que, desprendiéndose de Pedro Nel Gómez, de Ignacio Gómez Jaramillo, viene todo eso después que es Wiedemann, Obregón, Ramírez Villamizar, Negret, el Botero de los primeros diez años que es deslumbrante… ¡era una cosa maravillosa! Él forma parte de toda esa espuma; es un volcancito que alumbra y todos ellos están en eso. Para mí, Mito es la más estrecha, la más rígida, más dura, más seca, porque es la que rompe con el país tradicional y rompe con el folclor. Rompe con la ecología; no le interesa el problema más grave en el que se va a meter Colombia que es la ciudad, el urbanismo. Hay una cantidad de renuncias que lo entregan en verdad a una cosa teórica que termina enclaustrándose en la academia. Todo lo que había por fuera, lo cancela… sin quererlo, sin proponérselo, pero termina cancelándolo. Quien seguramente no lo quería así era Jorge Gaitán Durán, pero él muere. Es un ensayista, es un editor, hace una editorial, hace la revista, tienen un programa de radio que maneja Jorge Eliécer Ruiz; están formando una librería, está naciendo un lugar fuerte en la ciudad y eso se frustra, entonces queda reducido a lo que queda en la revista porque lo demás queda como impulso, se deja perder. Uno de los grandes valores de Mito es que logra abrir las puertas y crea un foro de discusión. La única condición es que seamos todos inteligentes y responsables; no más, y hablan todas las voces. Es maravilloso eso, ¡maravilloso!, cosa que también perdimos.

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Cinco años después de su partida, ¿cómo es recordar a su padre?

Está más cerca que nunca. Me duele por todo eso que hemos hablado: por la cercanía, por la calidez, por la alegría. Es perder a alguien que lo quiere a uno; el que pierde es uno, pero también el no estar intensifica la búsqueda, la cercanía. Entonces viene mucho, constantemente. No he parado de escribir sobre él… es por no soltarlo.

Si pudiera definirlo, en una palabra, ¿cuál sería?

Alegría. ¡Qué bárbaro!

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