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Fanfarria del hombre común

Treinta y cinco años después de su asesinato, John Lennon sigue siendo como ese amigo que no por tener defectos va a dejar de ser amigo. Aproximación a sus letras sin metáforas.

07 de diciembre de 2015 - 11:30 p. m.
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Puede que sea sólo un mito, nunca lo sabremos. Pero hay un versión muy significativa acerca de cuáles fueron las últimas palabras de John Lennon. Cuando una patrulla de la policía lo llevaba al Hospital Roosevelt, un oficial le preguntó: “¿Es usted John Lennon?”. Y el músico, con cuatro balas en su cuerpo, a punto de quedar inconsciente, respondió: Yeah. No dijo Yes, que es la forma correcta, sino que utilizó aquella expresión que los Beatles habían hecho famosa cuando grabaron She loves you en 1963. Ese mismo “Yeah” al cual el padre de Paul McCartney se oponía por considerarlo poco elegante.

Lo cierto es que, si bien superaron pronto esa etapa de chicos ye-yé, los Beatles mantuvieron algo de esa hosquedad inteligente en sus canciones posteriores. Y en especial John Lennon. En tanto que McCartney se iba por lo melodioso y Harrison abrazaba el misticismo, Lennon se quedó con lo ácido, con lo rabioso. Del rock and roll sacó la rebeldía y de sus lecturas de Oscar Wilde y Lewis Carroll el humor negro. De alguna manera, todo en su obra fue una prolongación del famoso chiste que hizo en un concierto en Londres a sabiendas de que la Reina Madre y la Princesa Margarita estaban entre el público: “Los de las localidades baratas aplaudan; los demás sólo deben sacudir sus joyas”.

Un análisis de las composiciones de Lennon nos descubre momentos de lirismo brillante. Para mí, como oyente, todo empieza con Help, que al parecer nunca fue grabada a la velocidad correcta: es un lamento de una profunda nostalgia y un llamado de auxilio que funcionaba muy bien a ritmo lento, como lo ideó John. Pero por motivos comerciales y para incluirla dentro de la película del mismo nombre, en el estudio de grabación se determinó que Help fuera más movida, casi bailable. Al minuto y medio, cuando Lennon canta when I was younger…, se alcanza a sentir algo del espíritu que hubiera podido tener la totalidad de la pieza.

Luego vino el álbum Rubber Soul a finales de 1965, y allí sentimos a Lennon mucho más introspectivo. Canciones como In my life y Nowhere Man tendían a la mirada interior y además estaban revestidas de muy bella música. Tal vez por eso fue difícil entender que eran, en realidad, expresiones tristes de un artista que se sentía restringido en su papel de Beatle. En el documental Anthology, el jefe de giras Neil Aspinall recuerda cómo estas canciones surgieron como producto de una etapa de profundos cuestionamientos: “Era algo equivalente a cuando Elvis empezó a engordar, o así se sentía. Y eso lo deprimía”.

Finalmente hay en esa época una obra maestra del sinsentido, o al menos de la capacidad de encriptar un mensaje: se trata de Norwegian Wood, que comienza hablando de la madera y termina evocando el fuego. Tiempo después se supo que era sobre un affaire que tuvo Lennon pero, como no quería que su esposa se enterara, utilizó metáforas todo el tiempo.

Lo cual nos lleva a otra reflexión: casi no hay metáforas en las canciones de Lennon. Ni siquiera las hay en Lucy in the Sky with Diamonds cuando habla de cielos de mermelada y flores de celofán ya que, según decía él, en realidad estaba describiendo un dibujo hecho por su hijo de cuatro años. En 1971, luego de la separación de los Beatles, el periodista Jan Wenner de la revista Rolling Stone le decía en una famosa entrevista: “Casi no usas lenguaje figurado”, y Lennon contestaba: “La poesía es superior cuando carece de conciencia sobre sí misma”. Era la época en que acababa de salir el álbum Plastic Ono Band, cuyas canciones eran directas en su mensaje: “Somos sólo dos niños tratando de cambiar el mundo”, canta refiriéndose a él y su compañera Yoko en Isolation. “Yo no creo en los Beatles, tan sólo creo en mí”, canta en God preguntándose por su identidad. Buscaba ser auténtico y se definía, en otra composición, como un “héroe de clase obrera”.

Plastic Ono Band es además un álbum con un sonido escueto, pocos instrumentos y casi ningún truco de producción. En ese sentido se parece mucho (aunque a ninguno de los dos le gustaría la comparación) al álbum McCartney que su excompañero lanzó ese mismo año. Pero, en tanto que McCartney estaba persiguiendo una estética, a Lennon lo único que le importaba era el llamado “grito primordial”: había estado en terapia con el psicólogo Arthur Janov, cuya metodología consistía en recordar episodios traumáticos del pasado y revivir su dolor como si estuvieran sucediendo en el presente. No hay metáforas porque estas canciones son angustia, miedo y rabia en estado puro. Y en ese ejercicio creó un ejemplo de lo que debe ser el rock: una expresión explícita y brutal que termina alcanzando la belleza.

Dos años después –y con el encantador Imagine de por medio–, Lennon sorprendió a sus seguidores con un documento abiertamente político. El álbum Some Time in New York City estaba repleto de comentarios sobre los tiempos agitados que se vivían bajo el gobierno de Nixon. Attica State habla de una reciente revuelta en una cárcel y John Sinclair es un llamado a la liberación de un preso político. La portada de aquel álbum imitaba el diseño de un periódico. Estas canciones, escuchadas hoy, podrían tener un sabor de noticia vieja pero, una vez más, la transparencia de Lennon las hace atemporales. Nos encontramos con un excelente trabajo de guitarras, tanto eléctricas como acústicas, y con estribillos de fácil recordación, como suele ser la norma en las canciones de protesta.

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¿Canciones de protesta? ¿No lo habían hecho ya Bob Dylan y sus secuaces una década atrás? Sí, desde luego que Lennon llegaba tarde. Y con cierta ingenuidad que es admirable: en una entrevista televisiva de la época, luego de cantar Attica State, defendía la idea de que las cárceles debían ser centros de amor y no de castigo. Crudo y sin diplomacias, Lennon estaba convencido de lo que hablaba. Y podía sobresaltarse fácil cuando lo cuestionaban, como en la famosa entrevista con Gloria Emerson, del New York Times, cuando le preguntó si realmente creía que una canción podía cambiar el mundo. El video puede verse en Youtube: ella lo trata de “niño” y él le responde “fascista”.

Fueron tiempos combativos que contrastan con canciones posteriores como Watching the wheels, de su último disco, donde afirma que se cansó de montarse en todos los carruseles y que ahora es feliz, simplemente, viendo la vida pasar. Claro, Lennon cambiaba de parecer, ¿por qué no? Como artista que era, estaba expuesto a tendencias, ideas y vaivenes de la vida. Basta con comparar los diseños de varias de sus carátulas: en Imagine es un soñador entre nubes, en Walls and Bridges su rostro es un rompecabezas, en Rock and Roll es un émulo del Marlon Brando rebelde y en Double Fantasy es un hombre hogareño que besa a su mujer.

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En lo que no cambió fue en ser honesto. Creo que lo que nos sigue gustando de las canciones de Lennon es esa manera directa de decir las cosas. Directa y muy humana. Treinta y cinco años después de su asesinato, Lennon sigue siendo como ese amigo que no por tener defectos va a dejar de ser amigo. El “hombre común” que evoca el compositor Aaron Copland en su fanfarria más famosa. O, para citar a Gustavo Gómez en el prólogo de su libro El mundo según John Lennon, “un tipo común y corriente, asediado por las debilidades y las tentaciones”. ¡Yeah!

 

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