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Fantasmas de petróleo

La película “Tormentero”, del director mexicano Rubén Imaz Castro, cuenta la historia de un pescador que se convirtió en héroe nacional por su hallazgo de un pozo petrolero.

03 de marzo de 2017 - 11:30 p. m.
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Era un pueblo de gente sin mayores rumbos, sin muchas ambiciones, con pasados ocultos, futuros muy grises y presentes lentos. Más que palabras, sus pobladores se cruzaban miradas, y más que miradas, se dedicaban rencores. Era un pueblo en el que parecía que nunca pasaba nada. Un pueblo de mar y de pesqueros, de playas blancas y mar azul, brillante, tornasolado. Uno de los tantos pueblos de las costas mexicanas o colombianas o chilenas, un pueblo de antes de la guerra, de antes de todas las guerras.

En ese pueblo, un día, uno de sus tantos pescadores encontró petróleo. Kantún, lo llamaban, y Kantún se llamaba a sí mismo, incluso ante los oficiales del gobierno que de cuando en cuando iban a censar el pueblo. Era un hombre, simplemente un hombre, y se comportaba como un hombre, sin que le importara demasiado si hablaba con el empresario petrolero que le daba las gracias con ironía por su descubrimiento y lo catalogaba como héroe nacional, o si discutía con su sobrino, Chacho, y lo reprendía por sus temores.

Era y fue un hombre, con el temor a un dios de casi todos los hombres, con miedo a la muerte y con pasiones. “Me voy a casar con Haydée”, le decía a su hijo, para explicarle luego que ella, Haydée, no quería a su hermano, que así era el amor, y que él, mucho, mucho tiempo atrás, se había robado a su mamá. Kantún era un hombre como el que buscaba Diógenes Laercio; un hombre en estado original, para quien vivir era ir afinando día a día y soñar e ir soñando, un humano en estado puro, sin bien ni mal, ni peor, ni mejor, ni éxito, ni fracaso.

El pueblo, amenazado cada dos o tres días por huracanes, era también un pueblo en estado original, sin las grandes avenidas, sin los adelantos tecnológicos, sin televisores a color y casi sin gente. Había tan poca gente que a un kilómetro, bosque adentro, alguna mujer podía quedarse dormida sin ropa. Los pobladores de Isla de Tris comentarían que era la diosa Ixchel, que había nacido de nuevo, una vez más, para proteger a los pescadores que, susurraban, Romero Kantún había traicionado.

Él los veía como fantasmas, inmerso en el alcohol, atacado por la esquizofrenia que había comenzado a padecer desde sus tiempos del descubrimiento petrolero. Kantún traicionero, Kantún alcohólico, Kantún alucinado, decían. Él iba con sus enajenaciones. Los miraba, les hablaba sin palabras, los medía, los intimidaba. En el fondo, ansiaba ser como ellos, un fantasma y nada más, y como fantasma poder retornar a los años 60 para descubrir de nuevo el yacimiento de Cantarell que les cambió la vida a él y a sus vecinos.

Mar, playa, sol, lluvia, bosque, vida, miedo, resignación. Isla de Tris era todo eso doscientos años atrás, o en los 60 o después. La vida quieta, la vida sin aspavientos. La vida bañada por un petróleo que un día fue y luego pasó, y al final sólo dejó torres, perforadoras y añejos resentimientos.

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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