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Fernando Montaño baila en inglés

El bonaverense es primer artista en el Royal Ballet de Londres.

12 de agosto de 2013 - 04:00 p. m.
Montaño representó al Bufón en ‘La Cenicienta’ de Frederik Ashton y a la Oruga en ‘Alicia en el país de las maravillas’ de Christopher Wheeldon. / Pablo Salgado – Cromos
Foto: Pablo Salgado
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La música no sonó cuando presentó su audición. El CD que había llevado se resistió y tuvo que bailar sin música. Oyéndola en la cabeza, batallaba con los nervios que lo asaltaban. Al siguiente día había entrado a la Royal Opera House de Londres. Lo había logrado después de todo. No recuerda haberse sentido tan feliz.

Fernando Montaño nació en Buenaventura y su padre soñaba con verlo jugar fútbol, que fuera futbolista como los mejores, como los que él admiraba frente a la televisión. Por ese mismo aparato por el que su padre veía los partidos de fútbol, Fernando veía ballet. Veía la plasticidad de los cuerpos, los saltos, los giros, escuchaba la música y jugaba a ser ellos. Jugaba a que él era el que saltaba, el que giraba, el que se movía con la música. Tenía claro que sería bailarín. La historia se parece mucho, por supuesto, a la de Billy Elliot, aquel niño que quería bailar y cuyo padre obligaba a entrenar boxeo. Muchas veces le han dicho que él es el Billy Elliot colombiano. Y lo sería, así, de la misma manera, si no existiera una diferencia radical entre las dos historias: Fernando Montaño sí tuvo el apoyo de sus padres.

Mucho antes de descubrir que tenía talento y sólo con ver el deseo que Montaño expresaba por bailar, lo inscribieron en una academia de tango, en Cali. De Buenaventura habían ido a parar a Cali cuando el futuro bailarín tenía apenas seis años. Ahí descubrieron que tenía un talento excepcional con el cuerpo, para el movimiento, y la directora empezó a mirarlo, a observarlo de cerca. Le dijo a su madre que quería adoptarlo. Hasta ese día Fernando Montaño estudió en esa academia. Su madre lo tomó de la mano, fuerte, muy fuerte, y no lo soltó hasta que llegaron a una escuela de ballet. Finalmente eso era lo que quería su hijo, estudiar ballet, y ninguna tanguera lo iba a sacar de su casa. Fernando Montaño tenía 12 años.

Y no fue la tanguera, fue el ballet lo que lo alejó de su madre. A los 14 años se ganó una beca para estudiar Ballet Clásico en Cuba, en la escuela Alejo Carpentier. Y para allá se fue, sin un peso en el bolsillo y sin nada que comer. La beca sólo cubría la parte académica. Sus padres, en Cali, hipotecaron la casa, la volvieron a hipotecar. Empeñaron todo lo que podían empeñar, vendieron todo lo que tuvieron que vender. Y aun así Montaño pasaba hambre. “A veces bailaba con agua en el estómago”, cuenta. Pero no se rindió, ni él ni sus padres. Aún no era tiempo de rendirse.

Lo invitaron a una competencia en Italia y no pudo ir. No alcanzó a llegar. La visa no llegó a tiempo, no estuvo allí. No tenía dinero en el banco, no tenía contactos, aún. Por amor a la danza no entregaban visas, y eso era lo único que tenía. Luego llegó el padre de Venus, su amiga, su confidente, su familia, y él fue quien decidió apoyarlo para que fuera a estudiar a Italia. Le pagó todo, la visa, el transporte, la comida, el estudio, y Montaño prometió pagarle cuando tuviera cómo, cuando tuviera un trabajo reconocido. Estaba seguro de que lo tendría, que lo conseguiría. Y sus padres, en Cali, también estaban seguros de ello. Aún no era tiempo de rendirse.

Y así llegó a Italia y aprendió italiano. Aprendió a bailar en italiano. Se esforzó mucho, cada vez más, para mejorar, para fluir, para perfeccionarse. Consiguió una beca para estudiar en el Teatro Novo Ditorino y un día como cualquier otro, después de una presentación, una señora lo estaba esperando fuera de los camerinos. Era la directora de la English National Ballet School y quería que presentara la audición para bailar con el Royal Ballet, en Londres. Sin saber inglés, Montaño empacó su maleta y allá fue a parar. La audición, aunque sin música, los impresionó a todos. Lo había conseguido.

Ese día llamó a sus padres, a su patrocinador, a Venus. Les prometió que les compensaría todos sus esfuerzos, todo el apoyo recibido. Pero poco después de recibir el primer cheque, la madre de Montaño falleció. Alcanzó a conocer la noticia, a sentir la alegría de su éxito y murió feliz. Para Montaño fue devastador. El choque, el llanto, el dolor, tanto dolor. La gratitud de saber que fue ella la que por primera vez creyó en él, que por ella estaba ahí, en puntas sobre la Royal Opera House. Aún no era tiempo de rendirse. Y como un homenaje a ella y un escape al dolor, se dedicó con más pasión a la danza, la tomó como escudo y como lanza. Bailó hasta que pudo dejar de llorar. Fue la danza, también, su resguardo del miedo de no saber inglés, de no entender, de no poder hacerse entender. Hasta que aprendió un inglés británico perfecto, hasta que aprendió a bailar en inglés. Ya no era tiempo de rendirse.

Y así, bailando cada vez mejor, lo descubrió Vivianne Westwood, la reconocida diseñadora de modas. Lo vio bailar y se enamoró de su porte, de su cuerpo en movimiento, de su flexibilidad. Le pidió que participara en una de sus pasarelas y ella misma le diseñó el traje. Después de eso siguió diseñando para él, para todo. Sus diseños aparecían en el ballet y en las fiestas, a las que iba con ella, en las que ella lo iba introduciendo al alto mundo de la sociedad londinense. Se convirtió en su protegido. Ella le enseñó a vestirse, a peinarse, a pararse, a hablar. De acuerdo con la ocasión, de acuerdo con el momento. Se fue convirtiendo en celebridad.

Fernando Montaño sigue ahí, bailando cada vez mejor, con la misma pasión, siempre. Su cara aparece en publicidad, en fotos de reconocidos diseñadores, pero él sigue bailando. Su sueño es y será ese, el que está cumpliendo, todos los días, con entrenamientos y clases de ballet. Su padre, desde Cali, espera el momento en que pueda ir a ver bailar a su hijo, ese al que alguna vez quiso ver como futbolista. Ahora sus valores han cambiado. Ahora lo que busca en la televisión, en los periódicos, no son los rostros de aquellos futbolistas que tanto admira. Es a su hijo a quien ve y se emociona. Y con el recorte en la mano sale a la calle a mostrarles a los vecinos. Ese es su hijo. El bailarín. Para quien no existe el tiempo de rendirse.

 

amarin@elespectador.com

@adrianamarinu

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