Desde su publicación, en 1818, Frankenstein, el moderno Prometeo, la novela escrita por la inglesa Mary Shelley, no sólo no ha envejecido, sino que se ha cargado de nuevos sentidos, pues nació como una obra visionaria. Concebida en 1816 en Villa Diodati, en Suiza, Frankenstein es el resultado de un divertimento literario entre cuatro amigos –Lord Byron, el poeta Percy Shelley, su esposa Mary y John Polidori– que se propusieron escribir cada uno una obra de terror mientras eludían en aquel lugar, bastante lúgubre, las secuelas de la erupción del volcán Tambora, que hizo que en aquel año no hubiera verano sino un perpetuo invierno arrasador.
Tan novelesco origen de la novela se corresponde con una historia tan fascinante, que hoy Frankenstein y la monstruosa criatura que engendró son un mito de amplio arraigo en el imaginario popular, que ha dado lugar a numerosas versiones cinematográficas y teatrales. En un momento en que ya había echado a andar la revolución industrial, Mary Shelley crea no sólo una terrorífica novela gótica, sino uno de los primeros textos de ciencia ficción que conocemos. Grandes preguntas sobre la naturaleza humana y grandes dilemas éticos que tienen perfecta vigencia hoy –cuando hablamos de clonación, de células madre, etc.– son planteados allí. Frankenstein personifica el científico que, consciente de su poder, se propone engendrar vida, incurriendo en la soberbia de suplantar poderes atribuidos desde siempre a la Divinidad y teniendo que desafiar el tabú, pues su materia prima son cadáveres. El costo que debe pagar es engendrar una criatura monstruosa que se le sale de las manos y se convierte en una atroz amenaza para la comunidad.
Pero si esto fuera todo la obra no tendría la extraordinaria complejidad y riqueza de sentidos que se le reconocen. “La criatura”, como se le dice en el libro, representa de alguna manera al diferente, a aquel que por su desproporción no encaja en la sociedad, la cual lo rechaza con violencia y, por tanto, despierta en él el resentimiento y el deseo de venganza. Un ser inocente, que no conocía el odio, se va trocando en un ser agresivo que, al no medir su fuerza, destruye y mata. Mary Shelley nos plantea cómo un ser humano es capaz de transformarse a instancias de la bondad y de la maldad de sus semejantes. Es estremecedor ver, por ejemplo, cómo el ermitaño ciego, su primer contacto vivo –y otro marginado social– le enseña a hablar, a leer, a escribir, a oír música, gracias no sólo a su talante pedagógico, sino al hecho de que, al no poder verlo, no le teme. Y cómo, en busca de amor, aquel tierno monstruo sin noción de los límites puede llegar a hacer infinito daño.
La puesta en escena de casi dos horas del National Theatre –dirigida por Danny Boyle (Trainspotting, slumdog millionaire) y actuada por Jonny Lee Miller y por Benedict Cumberbatch (Alan Turing en Código enigma), quienes cada noche se rotan los papeles de la Criatura y del Dr. Frankenstein– y a la que el Daily Mail llamó “una producción memorable de la que sin duda se va a hablar por años”, es una espléndida síntesis de la obra de Shelley, fiel a su espíritu pero con interesantes variantes. En la adaptación que hizo Nick Dear, el enfoque pareciera centrarse más en el monstruo que en su creador, lo que hizo que el crítico Michael Billington escribiera que “…es como estar viendo La tempestad desde el punto de vista de Calibán”. El énfasis, pues, está menos puesto en la desmesura de la pasión creadora del científico que en la evolución de su criatura, la cual nos provoca a la vez compasión y miedo. La actuación del elenco es magnífica, pero además está apoyada de manera muy consistente en los demás recursos teatrales: la escenografía es de una gran sencillez, pero también de una gran delicadeza y los poderosos efectos lumínicos que recrean la naturaleza, el poder del fuego, la lluvia, la azul superficie del lago, crean una atmósfera a la vez poética y fantasmagórica. Y la música del dúo electrónico Underworld (Sunshine) se ajusta al suspenso y al espíritu de la obra sin obviedades. No se la pierdan.