Fiel a esa tesis, el comité editorial de la revista publicó una carta de Darío Mesa cuyo título deja intuir el contenido: “Mito, la revista de las clases moribundas”. La coherencia de dicha actitud revela la importancia para las letras colombianas de Mito y, por supuesto, de su artífice y principal promotor. Con el paso de los años y la dictadura de la civilización del espectáculo, la figura de Gaitán Durán adquiere relevancia. Pocos escritores colombianos posteriores han sabido mantenerse alertas, atentos a los cambios de los tiempos. No en vano el odioso y odiado Harold Alvarado Tenorio —así lo llama Antonio Caballero en el prólogo de un libro inédito del vallecaucano— lo considera uno de los más notables intelectuales de la lengua castellana del siglo pasado. En este punto cualquiera podrá pensar que semejantes elogios provienen de la ya proverbial práctica de los plumíferos de adular hasta la hipérbole. O para decirlo con un dicho de la sabiduría popular: ningún muerto es malo. Sin embargo, esa es la percepción resultante de la lectura de Un mar que se ignora (2013) y Un solo incendio por la noche (2004), del periodista y poeta Mauricio Ramírez. Ambos textos evidencian un juicioso trabajo de rastreo en la biografía y la obra de Gaitán Durán. Ramírez le dio voz a un hombre muerto en un accidente aéreo en plena primavera de sus facultades.
Con ocasión de los 95 años de Baldomero Sanín, Gaitán Durán escribió un ensayo en el cual abordó el papel del intelectual colombiano. Allí, entre otras cosas, dijo con tino: “Lo que no puede ser resuelto por la expresión libre de las opiniones contrarias, se resuelve por medio de la fuerza o del choque armado”. Luego enunciaba una idea que, de haber sido tenida en cuenta en su momento, mucha sangre y muerte nos habríamos ahorrado: “La tolerancia no es sólo el caldo de cultivo de la cultura, sino también su vehículo”. En ese contexto, el trabajador de la inteligencia asume el nada fácil rol de ser digno, de no claudicar ante los espejismos del poder y el capital. Para ello requiere de un rasgo: la independencia. No depender de partidos ni camarillas. La fortuna familiar de Gaitán Durán le permitió ser fiel a los dictados de su conciencia. Viajó cuanto quiso, leyó lo mejor de la literatura europea, cultivó la amistad de talentosos hombres de letras. Menciono unos: Rafael Gutiérrez Girardot, Andrés Holguín, Pedro Gómez Valderrama, Hernando Valencia Goelkel. Su lira recibió el aplauso entusiasta de Vicente Aleixandre y Luis Cernuda. Sostuvo un fugaz romance con Alejandra Pizarnik. Además, salvó del cesto de la basura el cuento Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, de un reportero a la sazón desconocido: Gabriel García Márquez.
Consciente de la eficacia del lenguaje poético, Gaitán Durán señaló la incapacidad del verso para transmitir una parte de los problemas del hombre. En consecuencia, la poesía, como todo arte, sin abandonar los ingredientes estéticos, descansa en la ética. Supera la disyuntiva entre belleza y verdad. En una columna de 1960, Gaitán Durán expresó, al referirse a la poesía de Octavio Paz y Blas de Otero: “Ambos… coinciden en la tentativa de expresar la angustia y las reivindicaciones de la humanidad en nuestro tiempo, con prístino y tenso idioma poético”. No caigo en la exageración si digo, basado en los libros de Mauricio Ramírez: si la parca, en la madrugada del 22 de junio de 1962, no hubiese posado sus labios de ceniza en los de Gaitán Durán, seguramente su acento lírico sería uno de los principales de la literatura hispanoamericana.
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