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«Günter Grass no sabe qué es poesía»

El poeta mexicano Homero Aridjis Rojas critica al Nobel alemán, su amigo, por el pronunciamiento sobre el conflicto Israel-Irán y denuncia a su país por vivir en la “cultura del sacrificio humano”.

12 de abril de 2012 - 06:46 p. m.
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Pudo ser futbolista pero es poeta, no tanto porque se llame Homero sino porque a los diez años de edad se disparó una escopeta contra el estómago. La desventura ocurrió en Contepec, “un pueblo tan pequeño que comenzaba en el cielo y terminaba en el cielo”. Contra todo pronóstico, lo salvaron en el Hospital General de Toluca. Abandonó el balón y se dedicó a leer los libros que su padre le llevaba durante la convalecencia: El cuervo, de los hermanos Grimm; la Odisea, del Homero original; María, de Jorge Isaacs. “Morí un poco en el accidente y resucité poeta”. Necesitó del impacto de los perdigones para darse cuenta de que es heredero de dos mitologías, “la griega, que es humanista, donde los dioses tienen sonrisa humana, y la mexicana, hermética, con dioses del sacrificio humano”.

Quien lo llamó Homero fue el griego Aridjis, el combatiente que enfrentó a los turcos en Asia y llegó exiliado a México en 1926, de ahí la curiosidad por las armas de fuego. También se apellida Rojas por su madre, una aguerrida mujer que creció en medio de la Revolución mexicana y leía a José María Vargas Vila. Los tres sobrevivientes vivían en el santuario de la mariposa monarca, “donde la ecología es poesía”.

En Ciudad de México terminó de moldear el carácter y sus vecinos Juan José Arreola y Juan Rulfo se ocuparon de su talento. Con ellos tomó talleres improvisados: con uno jugaba ajedrez y con el otro levantaba el codo. En cafés y bares se hacía literatura. Su vida se cruzó con la de Octavio Paz, con la de Carlos Fuentes, con la de García Márquez, Álvaro Mutis, Fernando Vallejo. Fue amigo de Borges, de Neruda, de los grandes de este lado del mundo. En París, Cortázar fue su compinche; en Berlín, su cómplice fue el Nobel alemán Günter Grass.

Tantas influencias lo hicieron versátil. A los 72 años todavía publica poemarios, novelas, ensayos, obras de teatro, libros para jóvenes y niños. Esta semana dictó un taller a los alumnos de la Maestría en Escrituras Creativas de la Universidad Nacional. Es autor de más de 40 libros traducidos a 15 idiomas y ayer lanzó uno más en Bogotá, el poemario Diario de sueños (Fondo de Cultura Económica) que explora desde lo mitológico la violencia de hoy en México. La Universidad Externado de Colombia editó en 2011 la antología Mirándola dormir y otros poemas. Homero Aridjis tiene un lugar en la literatura, no sólo por sus versos, sino por novelas como 1492, vida y tiempos de Juan Cabezón de Castilla, ganadora del Premio Ginzane Cavour en Italia. También ganó el Premio Roger Callois por el conjunto de su obra poética y novelística.

Ha estado en el Festival de Poesía de Medellín, en el Hay Festival de Cartagena, ahora viene a leer poemas a Bogotá. ¿Qué hay en Colombia que justifica sus versos?

Colombia tiene una gran tradición literaria. Ahora me invitaron a la maestría, un proyecto muy importante a nivel de Hispanoamérica, con alumnos bien preparados, que se toman en serio la escritura. Son la prueba de que el colombiano ama la poesía.

Su amistad con Günter Grass me hace enfocar la entrevista hacia la frontera entre poesía y política. ¿Qué opina de ‘Lo que hay que decir’, el pronunciamiento del Nobel sobre Israel-Irán?

Sí, hemos compartido en ciudades como Moscú y Berlín, hemos leído juntos, platicado juntos, nos hemos retratado juntos. Por eso manifiesto mi objeción, y duele porque lo conozco. Yo como poeta digo que lo que publicó no es un poema. Günter no sabe lo que es poesía, nadie que sepa qué es la poesía puede decir que eso es poesía. Cualquier persona con sentido crítico sabe que es un panfleto. A mí me recuerda los peores poemas de Neruda, sus odas a Stalin. Apenas lo leí dije: por qué lo llama poema si sólo partió las líneas como en versos.

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¿No hay métrica ni poética?

El aspecto formal no lo tiene y en el contenido no encontré un solo verso poético.

¿Ya le jaló las orejas a su amigo?

No. Es que esto apareció de repente en todo el mundo en Semana Santa. También me sorprendió que los medios cayeran en el juego de llamarlo poema, que no cuestionaran el género; es como si yo hago un garabato y lo llamo obra de arte.

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Usted ha utilizado la poesía para hacer manifestaciones ecológicas y ha sido embajador de México en Europa.

Sí, claro. Yo hice una cruzada en defensa de la ballena gris durante cinco años, recibí tres amenazas de muerte, estuve con protección de escoltas del gobierno y esto ocasionó dos cosas: una, cuando estaba en la campaña distinguía muy bien el lenguaje del activista, que tenía que ser científico, documentado, argumentado, eficaz como parte de un manifiesto; dos, la poesía es diferente y no quería mezclar una cosa con otra.

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Pero hizo un poema a las ballenas.

Sí. Una vez logramos triunfar sobre el proyecto escribí un poema que se llama El ojo de la ballena (ver recuadro). Para mí ese poema era una liberación que sintetizaba todo mi amor por la ballena y la campaña a su favor. Una cosa es el activismo y otra la poesía. Günter juntó de manera fallida las dos cosas.

¿Está de acuerdo con su manifiesto político?

No. Está lleno de disparates porque todos sabemos que Irán, el país al que defiende, promovió la represión en las calles, dejó muchachas asesinadas, arrastradas, gente en las cárceles, torturada; elecciones ilegales y un régimen de ayatolas.

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Usted debió conocer a fondo esa realidad como presidente de la Asociación Mundial de Escritores (PEN Club Internacional), a finales de los 90 y tras su reelección en el 2000.

Sí. Tenemos un comité en el PEN que se llama Salman Rushdie. Defendemos la libertad de expresión por la fatwa (condena a muerte) que recibió ese escritor. Nadie puede poner a Irán como un país inocente o víctima. No recuerdo ahora los nombres, pero allá encontramos escritores y traductores en la cárcel; estaban sin juicio, sepultados en prisión, torturados. Sacamos a uno o dos. En Israel no conocimos casos.

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Y siempre la poesía aparte.

Exacto. Yo hablaba con mi amigo el poeta sueco Tomas Tranströmer, Nobel de Literatura 2011, y decía: “Si uno como escritor se ocupa de estos problemas, debe hacerlo a diario, porque son crónicos”. La poesía va por aparte. Si hoy me pusiera en el plan de Günter, si quisiera una causa de derechos humanos, serían los asesinatos de la población civil en Siria. Y lo haría a través de un comunicado de un grupo de escritores, de manera formal, seria, documentada.

¿Él no pidió respaldo al PEN?

No. Me extraña que Günter, a esa edad, se pronuncie de una manera casi improvisada.

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Él se justificó con la vejez y la “última tinta”.

Hasta la última tinta de un escritor debe ser correcta y justa.

Usted habló de Neruda y yo le recuerdo la poesía de Miguel Hernández en la Guerra Civil española. ¿Qué diferencia ve?

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La diferencia es que Hernández era un obrero, escribía poesía, era comunista, fue metido a la cárcel, torturado y murió allí. Era un acto auténtico dentro de su personalidad.

Pero su poesía era política, militó en la resistencia, alentaba en el frente con sus versos.

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Sí, pero también era lírico. Uno puede escribir sobre la lucha que está llevando porque es parte de su vivencia, y Hernández hizo poesía comprometida y muy bellos poemas de amor.

Otro caso es el de César Vallejo. ¿Cómo transitar esa frontera sin violar los códigos de la poesía?

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Vallejo era un poeta del Partido Comunista, pero en su obra hablaba de un hambre vivida, de la pobreza. Lo importante es ser consciente de cuándo es poesía y cuándo propaganda. Neruda muchas veces fue un poeta del Partido Comunista y llegó a recibir el Premio Stalin. Uno de los poemas más vergonzantes que se han escrito en castellano lo escribió por la muerte de Stalin; la describió como un cataclismo universal… se van a caer las estrellas… se van a secar los campos…

¿Por qué? Usted lo conoció.

Conocí a Neruda cuando yo tenía 25 años. Estábamos en Nueva York, y hablando de su pasado estalinista se trató de justificar diciendo que en los 40 el enemigo a vencer era Hitler y el nazismo, entonces que la Unión Soviética representaba el frente más sólido contra el nazismo, lo que en cierta forma era cierto. Lo que no era cierto era justificar su posición como poeta.

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Le recuerdo a Borges, otro conocido suyo, asociado a la derecha política.

Yo era profesor en la Universidad de Nueva York y me lo encontré allí en los 70, a través de Luis Buñuel. Escribí un artículo titulado La vida picaresca de Jorge Luis Borges, en el sentido de que en su vida de ciego muchas veces no era consciente de con quién estaba hablando. Un día estábamos en un almuerzo y de pronto llegó un hombre a hacerle una entrevista para radio. Empezó a preguntarle qué pensaba de Cuba, de la Guerra Fría, y Borges contestaba pensando que era un contertulio. Yo le dije: “Oiga maestro, ¿sabe a quién le está respondiendo?”. Dijo: “No. ¿No es amigo suyo?”. Le dije: “No, no es amigo mío, es de La Voz de América, la estación de propaganda de la CIA”. Dijo: “Oh, oh. ¿Y qué le dije?”. A veces él no tomaba eso de una manera responsable porque no podía leer periódicos. En Buenos Aires conocí a sus allegados y todos eran de extrema derecha. Entonces yo creo que Borges no tenía información de primera mano.

¿Por su imprudencia política no le dieron el Nobel?

Exactamente, eso pudo ser, pero fue una cosa muy discutible porque era un gran escritor y tenía a veces críticas máximas para la derecha. Un día me asombró con una de ingenio sobre los militares. Dijo: “Cuando uno ve las prácticas de los soldados, da la impresión de que no saben contar”. ¿Por qué?, le pregunté. “Porque dan un paso y dicen ‘uno’, dan otro paso y dicen ‘dos’, y ahí se quedan, van caminando y van diciendo ‘uno, dos, uno, dos, uno, dos’, y así pueden pasar una hora”.

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Traigamos el debate al presente, a México: el poeta Javier Sicilia encabeza la cruzada por la paz.

Cuando mataron a su hijo le mandé un mensaje de solidaridad y después hice una declaración que me censuraron en todos los medios. Dije: solamente sexenios de corrupción extrema han llevado a México al infierno de violencia extrema que estamos viviendo, a una cultura del sacrificio humano. Me inspiró las novelas Sicarios y La santa muerte, y va a salir Los perros del fin del mundo (todas con el sello editorial Alfaguara). Respaldo la protesta de Sicilia y de muchos otros que, como los de ese movimiento, tienen credenciales de sangre, porque han tenido víctimas en su familia, tienen autoridad moral para denunciar y son respetables.

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No por eso Sicilia ha escrito poemas panfletarios.

Lo más curioso de Sicilia es que cuando uno lee sus poemas son todo lo contrario. Son de alguien totalmente católico, casi dogmático; pocas veces he visto a alguien mas doctrinal, casi de golpe de pecho. No es rebelde, no es contestatario. Quizás la próxima poesía que él escriba va a estar en esta frontera de la que hablamos.

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