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Gustavo Álvarez Gardeazábal publicó ‘La misa ha terminado’

Aunque desarrolla un tema que aún causa polémica —y no debería—, la novela de Álvarez Gardeazábal carece de tacto para describir los conflictos de sus personajes, que en ocasiones resultan planos, sin vida.

10 de marzo de 2014 - 11:01 p. m.
Gustavo Álvarez Gardeazábal. /Diario de Occidente
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‘La misa ha terminado’, la más reciente novela de Gustavo Álvarez Gardeazábal, es una gran lección de cuanto no se debe hacer en una novela. Es curioso que periodistas y críticos se hayan fijado sólo en su temática «polémica» —la homosexualidad de la Iglesia Católica— y hubieran prescindido de un examen sesudo de su estructura, su propuesta estética —si la tiene— y el manejo del lenguaje y los personajes. En todos esos aspectos, ‘La misa ha terminado’ es más el producto de un principiante, que la obra declarada del autor de ‘Cóndores no entierran todos los días’.

Desde las primeras líneas, la novela falla por maltrato al lenguaje, por simplona. «Martín Ramírez era tan feo que daba pena mostrarlo», escribe Álvarez en la primera línea. Es un chiste flojo, descuidado, viejo, fácil. Y esa fijación por la broma prepotente, de narrador que mira desde arriba, sigue en ese capítulo: «Más parecía un langaruto famélico de las tierras desérticas de África…», «… era tan feo, que hasta sus mañas quedaban opacadas por semejante esperpento». La historia de Martín Ramírez, uno de los varios personajes que condensa la novela en capítulos breves, es ensombrecida por la burla sistemática del narrador: quiere presentarlo feo, chiquito, enclenque, y sólo como eso. Pero el chiste, repetido mil veces, no es más que bobada.

Esas metáforas sin trabajo se multiplican en los capítulos iniciales y luego casi desaparecen. Sin embargo, persiste un tono de exposición de sus personajes que no profundiza en su naturaleza: es común, entonces, leer palabras como «maricón», «loca» —una y mil veces ambas—, «bruja insatisfecha», «tontarrona», «polvo de loca» y así hasta que se acaba ese lenguaje básico, que no aporta ritmo ni significado a su tema. «El adjetivo, cuando no da vida, mata», decía Vicente Huidobro: ‘La misa ha terminado’ es el perfecto ejemplo de esa frase. Es sólo un modo de señalar a los personajes, de encapsularlos y convertirlos en estereotipos, en puro papel.

Sí, Henry Miller — autor de ‘Trópico de Cáncer’ y ‘Sexus’— hacía lo mismo, pero sabía bien que el sexo era parte de su naturaleza, no su única parte.
Para el autor, todos sus personajes son maricones irredentos; parafraseándolo: «militantes activos de la cofradía fálica». Sus hombres son máquinas sexuales, algunos de ellos más apropiados para una clásica película porno con una trama que, en últimas, siempre los llevará a la cama. Salvo Rogelio Briceño y el padre Casimiro Rangel, los únicos personajes que tienen contenido más allá del sexo, los caracteres que inventa Álvarez Gardeazábal son planos y bien podrían describirse en un capítulo para que «la generación del dedo gordo» —como él llama a los jóvenes actuales, sin matiz alguno, con la misma mirada altiva— los lea a gusto.

En capítulos alternos, Álvarez transcribe una serie de cartas del presbítero Efraín al “autor” de la novela en que le pide que no la publique y, poco a poco, reflexiona sobre los deberes de la Iglesia Católica y de sus críticos. En otros más, el presunto autor reflexiona de un modo más abstracto sobre la religión y llega a conclusiones interesantes. «Los seres humanos necesitan dejar al arbitrio de lo desconocido lo que no pueden controlar y explicar racionalmente y la imagen de dios les ha servido para ello”, dice en una parte. Y también: «Si no se sufría en vida, no se podía entrar al reino de los cielos. Era necesario torturarse, huir de la felicidad». Una última: «Si el mundo fuera el estadio en donde el bien y el mal coexistieran o se enfrentaran, ¿para qué tanto universo?».

Esas reflexiones dan cuerpo al debate de fondo, al papel de la Iglesia Católica en la formación de un pensamiento que, en últimas, ha dañado la aceptación de un ser humano con vicios y virtudes, luces y sombras. Allí está la esencia de la narración; Álvarez Gardeazábal, sin embargo, no da luces a través de sus personajes sobre estos asuntos, como suele hacerlo una novela.

No es, claro, porque su mecánica sea nueva: el narrador, la mayor parte del relato, es una tercera persona, y la estructura corta de sus capítulos no es sólo suya. También Faulkner la utilizó en Mientras agonizo y Hemingway en El viejo y el mar. Todo esto sucede, más bien, porque el mecanismo clásico de la novela aquí está maltratado —y también la edición con algunos errores ortográficos—: las voces de los personajes son casi inexistentes y la dominación de esa voz narrativa lejana ahuyenta cualquier acercamiento a la realidad de sus caracteres.

‘La misa ha terminado’ no es una novela: es sólo un embrión de ella.

 

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