Para mí, improvisar es contar una historia. A veces una historia mía, a veces una historia de alguien más. Esta es la historia de un guía turístico del Norte de África que fue retratado en el siglo XIX, y cuya foto me llevó a hacer una canción, una improvisación, y finalmente todo un disco.
***
Ella venía desde un lugar lejano, aunque yo nunca supe de cuál. Su piel y su pelo eran pálidos -no sabían vivir bajo el sol-, y sus manos eran frágiles, eran manos que no habían trabajado la tierra. Ella no caminaba como las mujeres de aquí, no hablaba como las mujeres de aquí, y no miraba como las mujeres de aquí.
Nunca pude mirarla por mucho tiempo a los ojos. Cuando lo hice, sus ojos se metieron tan dentro de mí, que averiguaron todo lo que yo había hecho y había dejado de hacer. Me saquearon por dentro, y yo quedé rendido y sentí pena. Por eso creo que ella viajaba sola, porque nadie puede aguantar por mucho tiempo que lo estén viendo así.
Por eso creo que venía al desierto; porque entre esta arena, este sol y este cielo, no se puede esconder nada, y a lo mejor ella quería ver esas cosas que no guardan secretos. Vino aquí varias veces, y siempre me buscó a mí. Desde la primera vez me pidió que la llevara hasta el Sahel, y siempre que vino, quiso recorrer ese mismo camino.
Yo al comienzo me negué a llevarla, porque ese viaje no es para las mujeres. Es un camino largo de poca agua, y muchas veces para sobrevivir en el desierto hay que hacer cosas que no todas las personas están dispuestas a hacer. Pero ella insistió; se plantó en la arena frente a mí, y se quedó en silencio. Yo la miré a los ojos y supe que ella no era como las mujeres de aquí, no caminaba como las mujeres de aquí, no hablaba como las mujeres de aquí, y no miraba como las mujeres de aquí. A ella no le daba miedo no regresar, así que decidí llevarla.